Con sinceridad, que un enfant terrible de la progresía como Albert Boadella escriba su “Adiós a Cataluña”, desmenuzando todas las tropelías que el nacionalismo ha realizado estos últimos treinta años, me llena de satisfacción. Si el cerebro de “Els Joglars”, sin pelos en la lengua y catalán de pura cepa, prefiere ahora pasarse al castellano, es que algo grave funciona en Catalunya y los listos se abren. Porque lo cierto es que Boadella reconoce haber perdido tirón después de su apoyo a Ciutadans. Y Ahora se encuentra muy cómodo en Madrid. Toda una declaración de guerra que promete una saga interminable.
Dejen que les cuente lo hermosa que siempre me ha parecido Barcelona: abierta, plural, cosmopolita. Eso cuando iniciábamos la Transición. Cuna de la movida cultural mucho antes que los chicos de Almodóvar sitiasen Madrid. Por allí pasaba lo mejor de lo mejor. Buena música, buena gente y una manía persistente en la memoria, la de una lengua propia y su idiosincrasia nacionalista. Ya por entonces, lo que era provocación con la nova cançó, se veía en otras latitudes como soberbia cultural e imperialismo. Ahora ya son más quienes entienden que la inmersión lingüística ha sido bestial. Y otros temas no menos sangrantes que son un verdadero agravio a quienes dejan su sudor en esas tierras.
No quiero hacer comparaciones porque a todos nos parecerían injustas. Pero hay dos nacionalismos que han hecho su modus vivendi de espaldas al resto de los españoles. Y como la vida da muchas vueltas, resulta que hemos recibido una generosa savia de diferentes países que ha cambiado nuestra imagen. Hoy hablar catalán o euskera es una imposición que sólo tiene sentido en unos miles de kilómetros a la redonda. Y pierde todo interés saliendo de esa ruta. La lengua cultural impuesta por la rueda de la vida, es el inglés, y el español tiene salida en varios países al otro lado del océano. De modo que el consumo cultural propio de esas dos regiones se reduce considerablemente. Les guste o no les guste lo suyo es localismo, con todo el derecho a cultivar su cultura, pero también respetando la de los demás.
Así que Albert Boadella ha saltado al gran mercado, dejando als patufets con dos palmos de narices. Que ellos se lo coman y se lo guisen en “pa i tomaca”, que la compañía del genio catalán prefiere brindar con Don Perignon. Y es que hay clases para todo. Por la zona norte tenemos otro enfant terrible aliado de Rosa Diez, me refiero al teatrero Fernando Arrabal que ha demostrado tener un par haciendo frente a mucho más que una lengua o idiosincrasia. Estas dos figuras señeras se merecen un diez, por seguir siendo libres y transgresores. Se podrá o no coincidir con ellas en muchas otras cosas, pero en plantar cara a los dueños del cortijo nadie les gana.
Y mientras estos dos personajes de la cultura española van de vuelta. Otros quieren copiar una fórmula que hace agua, para desgracia de todos los españoles. La verdad es que treinta años son suficientes como para que mañana 1 de abril, pasemos página y volvamos a sentirnos todos españoles. Si Rosalia de Castro levantase la cabeza probablemente se lamentaría con versos de su tierra que olvidan a la otra mitad de su yo. Porque lo cierto es que todos los españoles estamos hechos a pedazos de regiones. Unos tenemos ancestros en Navarra o Cataluña y otros se remontan a la nobleza andaluza o extremeña. ¡Qué más da!. Lo cierto es que debemos reconocernos todos hermanos y no dejar que una lengua nos separe, ahora que todo el mundo busca alianzas de civilizaciones, parece que otros se empeñan en un autismo suicida, volviendo su mirada al pasado.Nos falta revisionismo histórico de la Transición, dejando lo caduco para iniciar la senda de una consolidación democrática que haga verdadero país en España. Ustedes ya me entienden.

Albert Boadella tiene razón, el nacionalismo catalan se ha exacerbado y hasta cierto punto se nos vuelve contra nosotros los que somos catalanes. Conviene que haya críticos como Boadella que por ser un personaje famoso tiene mucha garra en la opinión.