Hoy es una fecha que no debe pasar desapercibida, aunque pocos recuerden que el 1 de abril de 1.939 finalizó la guerra civil española. Desde entonces hemos pasado por sucesivas oleadas de formación cívica: la de Franco durante cuarenta años y la de la Transición hasta llegar a la edad que puede considerarse de madurez democrática. Tras treinta años de democracia podríamos decir que ya estamos preparados para replantear caminos y mejorar el futuro. Debería servir de algo la experiencia de quienes nos precedieron en tiempos bastante más convulsos que los actuales.Pero yo no quería hablar hoy de la guerra y sus fantasmas, sino de la cultura, esa que nos impregna de manera sibilina moldeando nuestra mente. “Muerte a los curas” es un libro de José Luis Martín Vigil que no sé si andará descatalogado, porque su primera edición corresponde a 1.968. Unos años convulsos pero suficientemente lejanos de la contienda española para no dejarse llevar por la propaganda y dar lugar a una mirada serena. Por su título sabemos bien en que lado se sitúa el argumento y con quien simpatiza.
Junto a esta obra que leí en mi adolescencia tengo en la memoria otra mirada al pasado en otro libro, “El asesinato de Federico García Lorca”, del historiador Ian Gibson. Dos visiones diferentes de una misma contienda. En ambas aprendí a valorar que cualquier guerra sólo genera desolación, muertes y víctimas inocentes de ambos lados. Yo me siento solidaria y cercana a los protagonistas de los dos dramas. Para mí son personas envueltas en las circunstancias de su tiempo que sucumbieron víctimas de la situación. Sus verdugos me parecen abominables en ambos lados. Sus muertes son asesinatos y las víctimas tan inocentes como la de los millares que sucumbieron en las cunetas de nuestros campos.
Lo trágico de ambas historias es que no hay un frente de batalla. No están en la guerra, sino en la ciudad, son ciudadanos sacados de sus casas por denuncias cuyo origen por sí mismo merecerían otro libro. Reyertas por tierras, por herencias, por envidias, por creencias, por ideología. En ambos lados cayeron los civiles indefensos. Y muchos de ellos antes de morir pidieron que su sangre fuera la última derramada.
Hoy es un buen día para la memoria histórica, para reconciliarnos una vez más, con el mismo espíritu de la Transición donde se pedía libertad sin ira, donde se hizo borrón y cuenta nueva. Y la cultura tiene un valor muy importante en esa reconciliación, porque dependiendo de cómo sea su mirada podremos ser imparciales o caer en fanatismos propios de otra época. Es tiempo de los historiadores para depurar los mitos acumulados por el polvo de los años. Pero también es el momento de seguir dándonos la oportunidad de construir un país democrático sólido.
Se siguen contando historias de ambos lados, “Soldados de Salamina” es otra muestra de ese revisionismo cultural, quizá el mejor que he leído hasta la fecha. Novela del extremeño Javier Cercas, originó una película que nos devuelve al pasado desde la óptica de un joven que mezcla ficción con realidad. Porque Javier Cercas su creador, nació en 1962, de manera que su edad encuentra la equidistancia necesaria para mirar hacia atrás sin perjuicios. Y lo hace con una honestidad que se agradece, fantaseando sobre la figura del falangista y escritor Rafael Sánchez Mazas.
Me viene a la memoria otra película que es apropiada a esta fecha, una película que aquí no pudo estrenarse por la censura hasta que llegó la democracia, me refiero a “¿Por quién doblan las campanas?”. Basada en una obra de Ernest Hemingway que como es bien sabido estuvo de corresponsal en la guerra civil española, está interpretada por Gary Cooper e Ingrid Bergman, y tuvo nueve nominaciones a los premios Oscar en 1943. Pues esta de hoy es mi contribución a pasar página desde la literatura, el cine y la historia. Dejando al pasado lo que es pasado y mirando hacia el futuro
Despues de la guerra cuando las fuerzas de Franco empezaban a gobernar y continuaban fusilando a los convictos de sangre izquierdistas, la sociedad funcionaba en que a veces se hacian denuncias como medio de venganza contra quienes se oponian con litigios legales a propiedades y herencias, de esta forma si fusilaban a los oponentes se libraban de enredos legales los que denunciaban. Una forma de quitar de enmedio a los que molestaban, chivando denuncias para que los fusilaran. En las guerras los listillos de siempre hacen su agosto a costa de vidas ajenas. Historias pueblerinas que he oído de viejos excombatientes.