Mañana celebraremos el día del libro recordando la efeméride del manco de Lepanto. Y también recibirá su homenaje el reciente premio Cervantes, Juan Marsé, un hombre hecho a sí mismo que aprendió a leer tarde y de modo autodidacta. Me gusta rendir un pequeño homenaje a ese escritor catalán que se atreve a seguir publicando en castellano, sin tener ninguna vergüenza nacionalista. Amante de la Barceloneta y de una ciudad cosmopolita que supo atraer a todo tipo de gente. Marsé tiene una literatura clara y diáfana, fuera del barroco de otros autores literarios. Pertenece a la generación de los cincuenta y ahí estará siempre junto al ramillete de voces poéticas y narrativas que han marcado a los actuales escritores.A mí me gustaría hacer una semblanza de la vida espiritual que todo artista lleva consigo mismo. Si recuerdo a Terenci Moix me queda la imagen de Alejandría su amor a la ópera, su pasión por el cine y sus fetiches confesados. Junto a él puedo ver a Carlos Barral mirando con aire nostálgico el mar desde cualquier rincón de la Costa Brava. Y no quiero olvidar a Juan García Hortelano que me trae hermosos recuerdos con un libro que ahora probablemente no me gustaría. Cuestión de paladar, va cambiando con el tiempo.
Junto a esta generación está el boom hispanoamericano que desembarcó en Barcelona: Cortazar, Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, y tantos otros. Seguro que todos ellos conspiraron contra el franquismo, era lo que se llevaba en una España de blanco y negro cubierta por la sombra de la dictadura y el puritanismo del nacionalcatolicismo. Todos estos escritores vivieron el florecer del mayo francés y bebieron escuchando a Jacques Brell, Moustaki y otros existencialistas, revolucionarios, transgresores. Viajeros de ida y vuelta a la ciudad de la luz, embriagada con la voz de Edith Piaff en los cafés de Montmartre.
Pero hay algo que nos han dejado estos escritores catalanes, especialmente los de la generación de Marsé, o más bien exclusivamente Marsé, el color y el sabor de una época. El espíritu de una década o dos o tal vez tres. Cronistas de la actualidad, del pensamiento y de la vida. Si hay algo que se aprende en los libros es a descubrir a los otros, aunque sean seres ficticios. Podemos intuir cuales son las luces y las sombras de su autor y también, qué hay detrás de cualquier personaje de novela.
Los actores hablan maravillas de la catarsis que supone ponerse en la piel de otro. Pues eso mismo es lo que hace un creador, situarse en un lugar de la mente desde donde proyecta y fabula. Quien no lee pierde la oportunidad de aprender qué es la empatía, una disposición de ánimo que nos aproxima a los demás. Esa es la virtud de los libros, que nos hacen reflexionar sobre unas vidas ajenas que aunque sean ficticias siempre parecen cobrar vida.
Mañana será el día en el que podremos escuchar de nuevo las palabras de obertura de esa sinfonía que es El Quijote, libro de libros, creador de la novela, inventor de dos arquetipos de un imperio donde nunca se ponía el sol. Seguir la biografía de los escritores a veces es descorazonador, porque tras una bibliografía desmesurada y prodigiosa se esconden las miserias de su autor. Y es que el escritor no deja de ser como los demás, aunque se encierre en su torre de marfil, por eso Juan Ramón Jiménez era un insoportable huraño y Marcel Proust escribía siempre en la cama. Y tantos otros singulares prosistas y poetas a quienes no les pegan ni en cola sus propias palabras.
Regalen un libro, el mejor compañero en una isla desierta, siempre que les guste leer. Si lo que quieren es hablar y comunicarse bis a bis, tendrán que esperar a encontrarse con Viernes el personaje de Robinson Crusoe de Daniel Defoe.