Un poco sensibilizada por las últimas noticias que explican la ola de indiferencia religiosa de la sociedad, sustituida por otro tipo de fe, en la ciencia, en la técnica, en los ídolos. Me pregunto: ¿Cómo se puede hacer un mundo más humano y más cristiano?. Lo primero es algo que toda sociedad desea, ser más humanos, más justos; lo segundo ya es prohibitivo. Nadie podría hoy salir a la calle a predicar en las plazas. Eso está reservado a los púlpitos. Una sociedad plural impone sus códigos. La futura reforma de la Ley de Libertad Religiosa proviene de esa mentalidad relativista en la cuál todo vale siempre que no se saque de contexto. Hay que regular en igualdad de condición la fe mayoritaria, por partida de bautismo, y el resto de las confesiones que vienen creciendo, así como las diferentes asociaciones que se acogen al amparo de la libertad de culto.Sin embargo las estadísticas nos dicen que el porcentaje de creyentes es sensiblemente inferior al de los indiferentes. ¿O tal vez son esos indicadores los que hacen que se atrevan con la citada ley?. No lo sé. Pues bien la diferencia entre un ateo y un cristiano cabal es abismal. El creyente sabe que vive por la gracia de Dios. Y su fe es un don recibido que debe trasmitir. Pero ¿cuántos son conscientes de ello?. La sociedad actual no es cristiana, ni por ideología ni por hábitos o costumbres. Hoy se está perdiendo la fe cristiana sustituida por una fe a la carta. Creo, sí, pero según en qué cosa. Se suele escuchar. Creo en Dios, y en Jesús, pero eso de la Iglesia, de los curas, de las monjas, todo eso, pues como que no.
Y sin embargo Dios espera a todos con los brazos abiertos, como un mendigo de amor, dejándonos la libertar para aceptarle o rechazarle. Y el mal y el pecado existen, claro que existen, a poco que leamos un periódico se nos caen las escamas de los ojos, y descubrimos que algunos pecados se han convertido en hábitos adquiridos a lo largo de un largo proceso de adoctrinamiento social. ¿Y el ateo?. El ateo es un hombre que ha dado la espalda a Dios, pero sigue siendo llamado por Él, porque para Dios no hay creyentes y ateos. La humanidad entera es su obra y nosotros los bautizados deberíamos ser instrumentos para la propagación de su Amor.
Y algo falla en esta sociedad de la globalización, donde la ciencia y la técnica toman el relevo a Dios. Ya no se cree en la confesión, leíamos ayer. Y eso no es cierto, la gente se confiesa delante del televisor, lo hace por dinero, por salir en la tele, porque busca ayuda y no sabe dónde encontrarla, porque necesita hablar. Lo que sí que es cierto es que se ha perdido la conciencia del pecado. Y el pecado estructural es inmenso. Yo a veces me siento mal por tener un ordenador y una vida que para muchos es puro lujo, aunque solo consista en un salario fijo, una vivienda propia y un vehículo. Si además tienes algunos ahorros en el banco, ya es el acabose.
Y por qué me siento mal, pues porque sé que hay muchos que no tienen sus necesidades básicas cubiertas, incluso que no tienen un trabajo digno para vivir. Por eso creo que debo colaborar en una sociedad más justa y solidaria, donde se ponga límite al exceso y al mismo tiempo exista la libertad. No, no es socialismo, aunque su raíz provenga de esa justa redistribución de la riqueza. Se trata de crecer como personas, como creyentes y estar convencida de que mi fe es la fe que salvará a la humanidad. Si no creo en ello, si no firmo por ello, es que estoy en esa mayoría indiferente y silenciosa.
Supongo que en general está cuestión no se debate a pie de calle, no interesa más que a unos pocos. Por eso hay que llevarla al ágora pública. La fe salva al ser humano y la caridad es su consecuencia. Caridad y Verdad, dice Benedicto XVI. “Tengo por misión ser testigo de la verdad, para eso nací yo y vine al mundo. Todo el que está por la verdad me escucha”. Juan 18, 38. ¿Está claro o no que Cristo es la Verdad?. ¿Está claro o no que somos corredentores, en la medida que nos ofrecemos como otros Cristos?. Y no es un camino de rosas lo que se nos ha prometido, ni mucho menos. Es un completo salto en el vacío donde no podemos decir, si Señor te seguiré a donde vayas, pero con condiciones.
Volvamos un poco la mirada al mundo afligido por tantos males, y pensemos un poco en que somos ovejas en medio de lobos. “La humanidad es una gran familia”, afirma Benedicto XVI. Entender como familia a la humanidad, cuyas autoridades deben velar por el bien común, como un padre o una madre vela por sus hijos, sólo es posible cuando se tiene por padre y madre a Dios. El sumo bien, la suma perfección. Yo así lo creo y por eso lo proclamo.