No hay nada como disfrutar de un pacífico verano. La gente está de vacaciones, se nota mucho en el goteo de noticias. Me llama la atención que han intentado prender fuego a una parroquia. Y por el tipo de artefactos según detalla la prensa, estamos ante un vandalismo irreverente. No me atrevo a calificarlo de atentado, en principio no hubo víctimas, aunque sí parece que había intención de provocarlas. Y en qué mente cabe la idea de soflamar al personal un domingo mañanero de verano. Perdonen pero el odio a la fe no me lo creo. A la Iglesia, vale. Y si me apuran puede haber venganza personal en lo que se intenta recrear como indicio de algo que recuerda años pasados. La fe es una cosa que suele preocupar muy poco hoy en día y así nos luce el pelo. En cambio avivar el anticlericalismo ancestral de este país le viene bien a cierto grupo de merluzos. Que invariablemente se identifican por su extremismo. Yo propongo calma y serenidad. No aventemos las pavesas o terminará ardiendo todo. Si bien es cierto que la irreverencia ha ido en aumento a lo largo de dos o tres generaciones, lo cierto es que la gente tienen muy claro lo que es un delito y otra cosa son las gamberradas.
Deduzco que si se ha puesto la correspondiente denuncia corresponde a los peritos expertos en dilucidar si hay algo más detrás de este hecho. Provocaciones diarias a la Iglesia son de dominio público. Pero cuando se las magnifica se corre el peligro de ver fantasmas donde sólo hay un par de desequilibrados. Cierto que se están organizando campamentos infantiles de ateismo. Que se publicita el ateismo como pose ideológica contratando buses que niegan la existencia de Dios. Fehaciente también que se intenta relegar la religión al ámbito de lo privado, como si pudiéramos situar en compartimentos estancos lo que forma parte consustancial del creyente.
El católico lo es las veinticuatro horas y en todos los ámbitos de su vida, tanto en la esfera pública como privada. Por tanto, no podemos quedarnos indiferentes ante hechos de esta naturaleza o de otra. Por ejemplo cuando se oye que no hay libertad de conciencia es difícil que no se ponga en duda la malicia de esa futura Ley de reforma de la Libertad Religiosa. Convendrán conmigo que exhibir la palabra libertad para declarar sin rubor que la objeción de conciencia no es factible tiene bemoles. Una entiende que se deba acatar la ley y otra es que esa ley esté a la altura de la propia Constitución. Y hoy sucede que en España se vive en materia de leyes muy por debajo de los derechos fundamentales enumerados en la Carta Magna.
La demagogia forma parte consustancial del manual de primeros auxilios del político. Yo siempre he dicho que creo que los burros vuelan cuando los montan en Iberia. Pero nada más, en general los borricos no vuelan. Y no me harán comulgar con ruedas de molino, por mucho que sea palabra de Ministro. Por utilizar a los clásicos la conciencia es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios. Si bien Calderón de la Barca hablaba del honor, no es menos cierto que la conciencia es recinto sagrado para cualquier creyente. Más difícil es explicar el término a quien no tiene escrúpulos en delinquir, prevaricar o mentir. Cosa que evidentemente no hace el Ministro.