Ayer celebramos a Santa María Magdalena la mujer admirada por toda feminista teóloga que se precie de tal, la tienen en un altar y la veneran no sólo como santa, sino especialmente por ser apóstol, enviada, elegida por El Maestro para que dé testimonio de su resurrección. Una mujer en una época donde sus palabras no eran dignas de tener en cuenta, es enviada a dar la noticia al resto de discípulos. Y esta escena basta para hacer las exégesis más sesudas, no exentas de su parte de razón. Porque la verdad es que el Evangelio presenta una relación de Jesús con las mujeres que se sale fuera de lo normal, no sigue la tradición, ni las costumbres judías.
Y como ahora las mujeres también son estudiosas y eruditas, están desempolvando el material que interpreta en clave femenina el Evangelio. Cuentan que son muchos los textos antiguos que hablan de un discipulado femenino al mismo nivel que el de los varones. Sacan textos que yo no voy a citar, ni tampoco pretendo discutir, esa hermosa labor de fundamentar según el mismo Pablo: “Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,28). Porque a continuación existe una variedad de párrafos donde se somete a la mujer a la autoridad del varón en boca también del mismo Pablo, ciudadano romano y judío.
Esa relación de sujeción tiene sus raíces en la tradición judía. Pero después de la revolución feminista del siglo XX, se discute la validez de dichas afirmaciones, poniendo como modelo al mismo Jesucristo. Es cierto que éste transgredió muchas de las normas judías, comiendo con pecadores, dejándose lavar los pies por mujeres, y tropecientas actitudes que delatan una transgresión radical de los valores imperantes en el siglo I.
Como no soy experta en la materia no debería meterme en estos berenjenales, pero es que como mujer, no dejo de preguntarse exactamente lo mismo que otras tantas teólogas. ¿En qué clave interpretamos en los hechos de la resurrección esta primera aparición a una mujer como María de Magdala?. Cada vez son más los teólogos que admite la posición relevante de un grupo de mujeres en el entorno de Jesús. Se deduce que estuvieron en la última cena, que pudieron ser testigos de las palabras en las que Jesús instituyó el memorial de su sacrificio. Aquella relación especial con algunas mujeres, el profundo respeto del círculo de discípulos de Jesús hacia ellas, permaneció muy vivo en los primeros años. Luego el tiempo se encargó de devolver a la mujer al recinto sagrado del hogar.
¿Y ahora qué sucede?. Pues que algunos quieren convertir el feminismo en enemigo de la fe, y hablan de él como ideología de género en una mezcla de conceptos a los que se aferran con obcecada fijación. Temen perder la vara de mando y acusan de desear el poder a la mujer. Pero en mitad de esa lucha absurda de extremistas radicales por ambos lados, está la verdad del Evangelio, que nos pide unas relaciones de iguales.
¿Somos iguales?. Es obvio que no, que cada uno tiene un papel específico, sin embargo lo somos a los ojos de Dios, cada uno complementando al otro, hombre y mujer. Hoy Juan José Tamayo, hace una aproximación a la figura de María de Magdala que comparto. En otras ocasiones he discrepado de él. Me parece que su postura es interesante, más próxima al mensaje liberador del Evangelio, que nos pone en relación fraterna unos con otros. Lo que no tienen sentido es empecinarse en mantener la pátina de machismo que la Iglesia ha profesado durante siglos. Es hora de no hundirnos en tendencias extremistas de ningún lado. Cabe desear mayor serenidad para aceptar que la mujer y el varón son iguales a los ojos de Dios y por tanto a los de Jesucristo. Creo que el mundo, en general, sale ganando con la incorporación de la mujer al trabajo y la vida pública
