Yo perdí la oportunidad de visitar la tumba del Apóstol Santiago un verano en el que el resto de mi familia decidió hacer turismo en Galicia. Fue la primera vez que me vi sola en casa, dueña y señora del cortijo, sin voces dirigentes. Aquel verano resultó fabuloso y agotador, porque tenía la idea, ilusa y fantasiosa, de conseguir un trabajo en la Administración, que es el sueño de todo escritor adolescente. Algo de medio día que pueda permitir doble jornada. Una para el bolsillo y otra para las Musas. Me quedé con mal cuerpo y un enorme sentimiento de culpa por haberme perdido la excursión a la tierra más occidental de la península. Y desde entonces purgo mi pecado a la espera de un año santo que me permite pedir disculpas al Apóstol. Mi padre no volvió a ser el mismo desde aquel viaje, que por causas que no se deben atribuir al santo quedó parapléjico durante dieciocho años. Algo de resquemor quedó dentro de mí y el encono duró largos años.
Por eso cuando llegó el turno de llevar de peregrinación al resto de mi familia tuve la osadía de retar las tradiciones y marché hacia Covadonga. Y por tierras astures me reconcilié con el Apóstol. Le di gracias a la Santiña e invoqué la protección de toda la familia que llevaba tras de mí. Y desde los Picos de Europa me pareció que la osadía era mucho mayor y el reto más alto visitar Covadonga que pasar por Galicia. Hoy debo decir, que cualquier peregrinación puede ser de indulgencia. No hace falta ir a Santiago. Pero el trabajo realizado por la página web del Arzobispado, merece la visita virtual a la tumba del Santo y conocer la tradición arraigada en aquella tierra. Una visita que da ganas de ganar la indulgencia, que abre el espíritu penitente del peregrino y además nos ofrece la ilusión y el trabajo de cientos de generaciones que dejaron en la Catedral la impronta de su religiosidad.
Hoy no es fiesta en España, por mucho que Santiago Apóstol sea su patrón. Nos hemos vuelto tan laicos y paganos que algunos se van antes a ver las culturas precolombinas que Compostela. Se pierde el deseo de conocer lo propio para seguir la moda exótica de los países lejanos, con culturas ajenas. Sin explorar el significado profundo y arraigado que Santiago tienen en toda Europa. Tiempos recios que diría la Santa de Ávila, donde el empuje musulmán y el peligro turco, se abatía por todo occidente. Justo en Covadonga se inició la Reconquista que duró largos años. Hoy no se permite en el lenguaje de lo políticamente correcto llamar a Santiago Matamoros. Estamos más próximos a considerar un árbitro de la cultura y la elegancia a Almanzor frente a los reyes hispanos.
Ahora vivimos también un periodo curioso en la historia de la humanidad, una cultura eclética y sincretista donde “nada es verdad ni es mentira y todo es según el cristal con que se mira”. Tiempos de Alianzas de Civilizaciones que se caen a trozos y se quieren recomponer en un puzle que sirva al poder del “príncipe de este mundo”. Da mal fario nombrar lo cierto, que las orgias y bacanales paganas ya forman parte de la sociedad actual, donde se olvida que el mundo, el demonio y la carne, son los enemigos del alma.
Todos podemos ver que los jóvenes son corrompidos por series que exacerban los instintos. Me gustaría pedir a Santiago que proteja esta tierra de la embestida hedonista. Que vuelva a elevarse la cruz y los valores cristianos como garantes de una cultura más justa y humana. No sé ustedes, pero yo no me resigno a establecer comparaciones con nuestra historia pasada, para elevar un lamento al cielo. Como cristiana no pierdo la esperanza. Si Dios está de nuestra parte, de la parte del ser humano y del bien, el César de turno no ganará la última batalla. ¡Santiago y cierra España!.
