He pasado unas horas en el Congreso de Acción Católica que se está realizando en Cheste (Valencia). Después de la ponencia hemos podido tomar un refrigerio en la cafetería del Campus Universitario. Mucha horchata y poca gente. He podido contar dos prelados, uno de ellos monseñor Elías Yanes, afable y cercano. Daban ganas de aproximarse y darle la mano. Pero una paseaba palmito a título personal y no quería interrumpir la interesante conversación de su mesa.
El discurso bien hilvanado sobre lo que debe ser la pertenencia a la Acción Católica, me ha dejado buen sabor de boca. Los cristianos somos minoría significativa, formamos parte de la Iglesia que es Santa y pecadora. Santa porque mantiene los Sacramentos y la fe, pecadora porque está constituida con el mismo material de barro que sirve de imagen para identificar al ser humano.
Han sido múltiples las referencias a una vida de fe que es don, gracia y camino no exento de noches oscuras o simas profundas. Lo que digan los teólogos puede ayudar en ese recorrido, pero la lectura del Evangelio y la Eucaristía son el alimento fundamental de cualquier cristiano, sin eso, el resto es vana palabrería. La fe se hace presente si se vive y fundamenta en la Palabra de Dios.
Citas de la última encíclica de Benedicto XVI “Caritas in Veritate”. El resto de nombres, como se puede suponer correspondía a quienes vivieron aquella primavera del Vaticano II. Teología que sigue siendo fecunda y dispar. Admitir la pluralidad es también comprender que estamos en camino. Me ha gustado la cita, pensando en la cantidad de hermanos que no tienen en común más que la fe en Jesucristo, pero que discrepan del Magisterio de la Iglesia.
En ese sentido se puede considerar que la Iglesia es polivalente. No sólo muestra el camino de la salvación del ser humano, sino que constituida por la pintoresca variedad de individuos que somos acogidos en su seno, mantiene el camino de la Verdad. Si la acción católica no es evangélica quedará en un grupo más de la Iglesia, en un coto cerrado para elaborar discursos y congresos, como tantos otros movimientos. Lo fecundo de la Acción Católica debe estar en el día a día en cada parroquia.
Lo bueno del apostolado católico es que está constituido por laicos con ímpetu evangélico. No para amuermarse en la parroquia sino para irradiar en todos los ámbitos de la sociedad. Me ha parecido sintomático que en esta ponencia se ocupase sólo un tercio de la sala. Y me he dicho a mí misma que había una ingente labor para muy pocas manos.
En cualquier caso proponer y no imponer, no supone callar frente a una sociedad que se aleja de la Verdad. Dar razón de nuestra esperanza sin acritud pero con firmeza, sin complejos, sin prisas, pero sin pausas. El resto debe andar en manos de quien todo lo puede. Y no tiene que preocupar. En realidad los verdaderos creyentes realizan con su santificación de la vida ordinaria el misterio de la Redención del género humano.
Me imagino que no debió ser muy diferente en otras épocas, aunque ahora nos parezca que el pasado siempre fue mejor. La verdad, es que hoy hay más posibilidad de llegar hasta el último rincón de la tierra para proclamar la palabra. Pero la fe no se impone es una gracia que se nos da y debemos saber trasmitir. Palabras que se hagan vida. Eso es lo que espera con afán el incrédulo que se acerca a los cristianos. Que el Señor guíe a la Acción Católica para que dé frutos de Vida que interpelen a todos. Que puedan decir como en las primeras comunidades: ¡Mirad cómo se aman!

Mucha Acción Católica pero la "acción" se demuestra actuando y las jerarquías parecen dormidas. Pongo el ejemplo de la monja Teresa Forcades que se pasea por los platós predicando que abortar es sano, y sigue siendo monja, aquí hay algo fundamental que no funciona. No se trata de enviar a nadie a la hoguera simplemente echar a fuera del convento a quien no cumple.