Estos días de descanso son muy propicios para la oración. Y siempre me gusta sentir que soy barro en manos del alfarero. Cuando te preguntas qué sentido tienen todo. Es inevitable dejar caer los brazos con impotencia. No hay más sentido que ofrecer el día con su racimo de alegrías y también las dificultades para que sea una oblación agradable a Dios. No creo que sea mejor persona que muchos de quienes me rodean, pero tengo una gran tendencia a buscar el bien. Y creo que eso es un regalo que me viene de arriba. De la misma manera que mis “heridas de guerra”, por llamar de alguna manera al sufrimiento y la contrariedad con la que te tropiezas, dejan de ser importantes desde el momento que puedo ofrecerlas a Dios. Me gusta pensar que poco a poco se va forjando en mi interior la forma que El desea para mí.
Hay cantidad de teólogos hablando sobre la Verdad o sobre otras cuestiones de fe. Pero es en el Padre Nuestro, en la oración más sencilla, donde mejor se puede descansar. La oración vocal, cuando todo se ve negro, es el mejor guía del camino, aunque no se sepa la dirección donde se camina. Y las palabras que salen del corazón, bien sean quejas o agradecimientos, son la oración más sincera que se pueda realizar. La cabeza tiende a divagar en el propio círculo de nuestra miseria. ”La imaginación en la loca de la casa”, decía Santa Teresa. Por eso recurrir al rosario y meditar los misterios del día, sirve también para llevarnos de la mano del Evangelio, allí donde Dios se encarna como ser humano.
Toda la vida es un camino, también el de la fe, donde aprendemos día a día; a veces volvemos la cabeza y parece que entendemos algo del camino recorrido; en otras ocasiones, seguimos sin comprender pero confiamos más allá de nuestras dudas e incertidumbres. Todo el mundo necesita reposar la cabeza, dejar de estar aturdido por las noticias. Desconectar de la rutina del año es sano. Sin embargo hay ocupaciones a tiempo completo, como la de ser madres o padres. Ahí la jornada es continua, aunque viene siendo cada día más frecuente, que se ofrezca a los niños unos días de campamento. Bendita tregua, debe decir más de uno.
La familia debería aprender a orar junta, a ofrecer la jornada diaria. La fe es una gracia y no hay mejor manera de trasmitirla que viviéndola día a día. Ahora que no se lleva hablar de Dios, que se menosprecia a quien profesa un credo. Que se insulta al cristiano que no se doblega ante el pensamiento dominante, no hay otro camino que el de ofrecer incluso ese desprecio. En la seguridad de que sea para el bien de aquellos que nos ofenden.
Si esto le supone a alguien un escándalo, o le lleva a pensar en el masoquismo, que se olvide. No me habré expresado bien. Llevo toda una vida de conflicto tras de mí, así que de no hablo de oídas. Con el Evangelio en la mano he logrado intuir que todos formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo. Nos ofrecemos como hostias vivas. Ese es un misterio como el de la Eucaristía, donde se conmemora una presencia en la que de nuevo es ofrecido el inocente. Y hay que pensar en los miles de inocentes que hay por el mundo.
Pero no es mi objetivo hacer un tratado de cristología en cuatro líneas, ni tampoco lo pretendo. Es que la realidad supera la ficción, y a veces cuesta aceptar lo que nos toca vivir. En esos momentos te revelas, más tarde aprendes que hay que seguir sacando lo mejor de dentro y buscando soluciones, pero mientras éstas llegan qué bueno poder reposar la cabeza en las manos de Alguien que nos es fiel de modo incondicional. En los brazos de Dios, que desea lo mejor para nosotros y que no nos privará ni un segundo del sacrificio de la cruz.
Y cuando todo el mundo busca el rollo guay, presentar la cruz como paso inevitable, no es doctrina acorde a los tiempos. Sin embargo ahí está el camino la Verdad y la Vida
