Me han llegado numerosos testimonios a favor del padre Masiá, todos ellos tenían implícitos el mismo razonamiento: No necesitamos una Iglesia Inquisitorial, rígida, llena de formulismos. Lo que importa es el Evangelio, la primacía del amor a Dios y a los hermanos.
Dejando al margen, que toda trayectoria espiritual es una trayectoria vital a la que cada uno tiene derecho y, en este sentido el padre Masiá debe seguir su propia ruta, no termino de entender por qué hay tanta inquina hacia la Iglesia. Yo amo a la Iglesia que compone la comunión de los santos. No siento que me imponga ningún corsé en la lectura del Catecismo o de las Encíclicas. Es más, ¿cómo puedes amar de manera concreta y no dejar todo en mero sentimentalismo buenista, si no te ciñes a los hechos?. En este sentido no robar implica respeto y amor a la propiedad privada; no abusar del otro como un objeto para mi satisfacción personal, nos lleva al control de la libido.
No se trata de argumentar contra normas, sino de entender que éstas forman parte de la reflexión llevada a cabo en el seno de la Iglesia durante miles de años.Cuando se levantan voces que gritan por la libertad de conciencia, en realidad son conciencias rebeldes a la voluntad de Dios, que depositó la fe en manos de una comunidad, cuyos miembros han ido estudiando y discerniendo. Claro que es difícil someter la propia conciencia, pero no he visto un camino de huída cuando tengo alguna dificultad, sino más bien la necesidad de estudiar el problema de manera racional y de orar la búsqueda de la solución. Y paradójicamente, siempre estaba orientada a seguir dentro de la Iglesia.
Me resulta vergonzoso que existan portales dispuestos a destruir la comunión entre los mismos creyentes. Imponiendo su visión sesgada, acusando a otros de lo mismo que ellos padecen. Podría escribir mucho sobre el tema, pero terminaríamos en cualquier frase hecha. Hay que partir de lo concreto, libertad de expresión siempre, pero ajustándose al sentido común. Libertad de expresión no es profesar una religión a la carta, cogiendo aquello que no me produce ningún problema y atacando a la jerarquía por mantenerse firme ante la avalancha de críticas.
No es cierto que la Iglesia deba adecuarse a los tiempos modernos. Porque no se trata de una ideología sino de una Verdad revelada que custodia en depósito. Podemos entender y superar las dificultades de la vida moderna, pero sin rebajar precisamente el principal mandamiento. Ya que dicen que lo principal es el amor, tal vez convenga señalar que cabe la castidad entre la pareja, de manera que el amor no se reduce sólo a sexo. Quien desee adecuar su pulsión sexual de acuerdo al momento actual caerá en la dictadura del pensamiento hedonista. El amor, lo sabe bien quien vive su matrimonio como sacramento, está muy por encima de las relaciones sexuales, aunque éstas sean un componente importante dentro del mismo.
Podríamos seguir con la “muerte digna” y dejar de manipular lo que es el ensañamiento terapéutico y la eutanasia. En ese sentido no valen las vísceras, sino la fe, la oración y el asesoramiento de personas adecuadas. Dejarse llevar por un mar de fondo que manipula la opinión pública para aprobar la eutanasia como solución fácil y rentable a las arcas del Estado, me parece bochornoso. No se puede entrar en el juego de descalificar el diálogo o en el simplismo de oponerse a la doctrina de la Iglesia porque se la ve desde el dogmatismo y no desde el corazón.
Esos grupúsculos que adoctrinan desde postulados que intentan evitar el conflicto y por tanto caen rendidos a satisfacer las apetencias personales, son el camino equívoco que utilizan algunos para oponerse a la Iglesia. La compasión y el amor al prójimo no pueden utilizarse como ariete para simplificar el catolicismo en un mundo ideal. La opción por Cristo madura con el tiempo y no obedece a imposiciones dogmáticas o catequéticas. En una apuesta incondicional que lleva sus dificultades implícitas y demonizar a la jerarquía no elude ese compromiso personal.
Creo que dentro de la Iglesia católica hay mucha mayor diversidad de la que algunos están dispuestos a aceptar. Y esa diversidad no consiste en negar los dogmas o la exigencia de la vida cristiana. Sino en las peculiaridades de la vida espiritual que cada cristiano realiza.Lo otro, las dos Iglesias progresista u ortodoxa, enfrentadas, es la excusa que algunos utilizan para demonizar a la Iglesia católica. Una simple pose que viene muy bien, pero que no aporta nada al crecimiento en la vida espiritual del creyente.
