Curiosa cultura la nuestra. El título del post es una frase que he leído hoy, a un intelectual que me parece un ciego que va de guía de ciegos. Enseñamos que el aborto es un derecho y la eutanasia también. Nos mueve una extraña compasión. Tenemos lástima de las jovencitas que deben ejercer de madres hipotecando su libertad; y tenemos pena de los enfermos que sufren sin encontrar sentido a su existencia. Paradojas de este extraño mundo que intenta confundir el bien con el mal. Ninguna vida se puede arrebatar sin escrúpulos, porque es el principal derecho del ser humano: defender y respetar la vida propia y la de los demás. Claro que hay situaciones angustiosas, al límite de la razón. Para ellas será necesario la mayor ternura y compasión, pero con responsabilidad. Esa palabra que va desapareciendo difuminada por la fuerza de los decretos ley que confunden los derechos. Porque no hay derecho a matar, hay derecho a vivir; en condiciones dignas, desde luego, pero nadie debe tomar esa decisión y presionar a la opinión pública. Nos están confundiendo los valores, vamos hacia una sociedad asesina donde la vida se manipula desde su comienzo hasta su ocaso.
Mal asunto dejar en manos de irresponsables sin conciencia ni moral, la vida del género humano. Al menos quienes creemos en Dios, sabemos que el amor es el motor que mueve el mundo. No hay amor cuando se quita una vida, la hay cuando se la mima y cuida desde sus primeros latidos. Libertad de conciencia ¿dónde estás?. Pobres de quienes tienen a su cargo la responsabilidad de impartir por decreto la vida o la muerte; o de quienes deben obedecer por consigna el pensamiento gubernamental.
Y algunos son como niños jugando con cerillas y cuando despierten esto será Troya ardiendo. No, amigos, no tenemos derecho a imponer ningún pensamiento, pero sí a no doblegarnos frente a lo que consideramos un salto en el vacío. La parábola del buen samaritano que acoge al desconocido y lo trata como si fuera de su propia familia, es nuestro camino, la de todos los creyentes. Por eso nos indigna que el levita y el sacerdote den un largo rodeo, como si con ellos no fuera el asunto.
Luego nos dirán que no debemos juzgar a los demás, que quiénes somos para imponer una moral. ¿De qué hablan?. Domestican las conciencias y adormecen la capacidad crítica de la juventud. Les están obligando a pensar por consigna y luego nos llamar ortodoxos a los creyentes. Nosotros creemos en la vida, respetamos cualquier vida, no legislamos para favorecer a los minusválidos y luego hipócritamente, abrimos una puerta oculta para eliminar a los deficientes. Leyes que no obligan a nadie, dicen con mansedumbre de lobos con piel de oveja. Mentira, se impone una cultura.
Hemos llegado a unos niveles de desarrollo que nos permiten repartir con mayor justicia los bienes de este planeta; pero algunos actúan como dioses decidiendo quienes deben vivir o morir. Y nos hacen cómplices al resto, promulgando leyes salvajes y asesinas que disfrazan de derechos. Claro que son tan sutiles que dicen no obligan a nadie; tampoco obligan a la anorexia, pero la promueven con esas figuras de pasarela que parecen salidas de un campo de concentración.
La Europa laica avanza con una moral y unas imposiciones temibles y nosotros mirando hacia otro lado. El lavado de cara de estos últimos años nos indica la brújula de los siguientes. No hay ética, ni moral, vivimos en una sociedad decadente donde la responsabilidad y la honestidad han sido sustituidas por la desfachatez y la chabacanería. Hasta que no vuelva la sensatez, mejor proclamar que no queremos formar parte de esa sociedad que nos van construyendo por decreto ley, pero eso sí de manera muy democrática