Desde que estoy de vacaciones me ha dejado de interesar el debate político de este país y he olvidado encender el televisor y confieso que soy feliz, inmensamente feliz, mi calidad de vida ha mejorado, incluso creo que he generado suficientes defensas para combatir esa gripe aviesa que se cierne sobre nosotros. No hay nada como leer, pasear y dedicarse a la cocina de 1.200 calorías y sin sal. Si además aprovechas para abrir el Evangelio y empaparte de la palabra y orar con ella, aumenta el nivel de serotonina en el cuerpo.
La gente te pregunta ¿pero oye tú no haces vacaciones?. Qué entenderán por vacaciones, los días siguen siendo de veinticuatro horas. Y no hay nada como disfrutar de lo que te gusta. Y a mí me gusta lo que hago, así que me siento realizada, no necesito más que un lápiz y una cuartilla; una máquina de escribir y folios; ni tan siquiera eso, un ordenador de la generación prehistórica me basta. ¿Y la conexión a Internet?. Para nada, no hace falta, pero la aprovecho porque tengo tarifa plana.
Ayer entró de rondó un comentarista preguntándome por la fe. Sospecho que tiene mucha, aunque aparentaba ir de pardillo; sin embargo me preguntó cómo es que no nos aclaramos entre nosotros, los cristianos, y hay tanta variedad de iglesias. Un buen puntazo para seguir con el ecumenismo según el mismo catecismo de la Iglesia católica:
843 La Iglesia reconoce en las otras religiones la búsqueda “todavía en sombras y bajo imágenes”, del Dios desconocido pero próximo ya que es Él quien da a todos vida, el aliento y todas las cosas y quiere que todos los hombres se salven. Así, la Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que puede encontrarse en las diversas religiones, “como una preparación al Evangelio y como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan la vida” (LG 16; cf NA 2; EN 53).
Pero no acaba ahí el tema, hay que seguir leyendo para encontrar dónde está la Verdad, esa pregunta tan frecuente en los buscadores de Dios:
849 “La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todo los hombres” (AG 1): “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. (MT 28, 19-20).
De manera que preocuparnos por volver a llenar las Iglesias es indispensable, forma parte de nuestra esencia de discípulos. Y la Eucaristía se convierte en el alimento que nos da la fortaleza para emprender ese camino.
Digo yo, que a lo mejor esto sirve para algún despistado que recale este verano en esta ensenada mediática y le pique la curiosidad para volver a leer el Evangelio; o le sirve para entrar de nuevo en una Iglesia con otra mirada. Buscando la Palabra de Dios que se lee todos los días; confesando que tal vez le dio la espalda, creyendo que bastaba con ser buenas personas. Seguro que esto último es posible y reflejo de la bondad de Dios. Pero nosotros creemos en todo el pack completo, sin rebajas.
Y además estamos convencidos de que nuestra fe es la Verdadera, sin menospreciar al resto de creyentes, pero con el convencimiento de que debemos seguir proclamando “que el amor de Cristo nos apremia…” (2Co 5, 14; cf AA 6; RM 11). “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 TM 2, 4).
Pues eso también me hace feliz: saber que todos somos enviados y que la misión es una exigencia de la catolicidad de la Iglesia
