Estábamos tomando unas cervezas junto a la playa, catequista a tiempo parcial, profesora de historia, amante de la buena conversación y fiel con sus amistades; Mari Puri me dijo que la reforma litúrgica es puro fuego de artificio, el día a día destaca una realidad, la pastoral con los jóvenes no llena las iglesias. Es un tránsito hacia la vida adulta, un club social que les sirve, pero no echa raíces. “Te veo muy desanimada, yo creo que la actividad parroquial mejora la dinámica y la unión entre todos”. “Ni lo sueñes – responde- para nada, me oyes, para nada. La gente acude a la Iglesia por costumbre”.Tuve que reconocer que cada vez menos. Lo veo en las clases, la mitad de mis alumnos no van a religión y sus padres son seres estupendos. No se advierte ninguna diferencia entre unos y otros. Entonces aventuro la respuesta: ¿Oye no crees que esto mismo debió pasar en otros tiempos?. Y ella inclina la cabeza, está segura que sí, que en otra época la iglesia era el lugar donde se podían juntar ricos y pobres, honrados y ladinos, crápulas y santos. Pero la vida no difería mucho de ahora, en cuanto a la calidad religiosa de las personas.
Como soy de ideas fijas le volví a insistir que ahora la televisión hace el mismo papel que los libros de caballerías tuvieron en la vida de Santa Teresa o de San Ignacio. Una especie de despiste colectivo que deja a la gente vacía y los lleva por caminos inciertos. Algunos vuelven, saben que ahí está la Verdad, otros no tienen oportunidad de conocer a Cristo ni al Evangelio. Ahora que la religión sociológica está muerta, nos vendría bien aprender que hemos de salir por ahí a hablar de Cristo aunque nos muelan a palos.
Mari Puri me mira sonriendo, tampoco apuesta por la reforma de la reforma litúrgica, ha visto demasiados curas funcionarios. “Creo que siguen porque no saben hacer otra cosa- añade con decisión- Cumplen como un oficinista”. ¡Mujer, habrá de todo!, le replico un tanto mosqueada. Y es que después de cuarenta años desde el Vaticano II que se supone iba a acercar Dios a los hombres de su tiempo, resulta que cada día se abren más museos en antiguas Iglesias.
Le pregunto qué es lo que ha fallado. Y es categórica: “ Fallamos nosotros- responde- El hombre tiene sed de Dios pero la apaga con sucedáneos y es capaz de olvidarle. A Dios se le encuentra y cuando lo descubres en serio, pasa como cuando encuentras el amor, que hay que cultivarlo. No puedes dejarlo para los fines de semana, tiene que estar presente orante todo el día. Ese es el camino que pocos, pero que muy pocos, son capaces de indicar con claridad”. Me estremezco porque tiene razón, no podemos incorporar a Dios media hora semanal y luego vivir como si no existiera.
Total, que la reforma de la reforma, no va a solucionar nada, le digo. Porque o Dios se encarna en cada ser humano y vive dentro permanentemente, haciéndose compañero de las dificultades y alegrías, o seguirá siendo un reducto exótico para la mirada de mucha gente que no termina de entender cómo somos capaces de creer. El laicismo es ese odio extremo hacia lo bueno, querer apartar a Dios de nuestro camino ha sido siempre una constante en la historia. ¿No te parece?.
“Pues si quieres que te sea sincera- responde Mari Puri- creo que la geriatría es el alma de la Iglesia de hoy en día. Están viejos, añoran tiempos pasados, y no saben trasmitir la fe a los jóvenes. Una fe que no esté aguada, sino que sea viva. Que les haga sentir que vale la pena nadar contracorriente. Y sobre todo una fe, donde unos a otros nos apoyemos y no vayamos despellejándonos entre nosotros”.
Amiga mía, eres un lince. La Iglesia buscaba ser atractiva hacia el hombre de su tiempo, dialogar con todas las religiones y se olvidó de salir a convertir pecadores y mostrarles el rostro de Jesús. Le entraron ganas de cambiar el mundo, sin cambiar por dentro a los hombres. Y claro sin un mínimo de vida espiritual lo que se hace es lo mismo que el hombre corriente de la calle, una actividad que ha dado frutos de solidaridad y poca fe y santidad. Pues acudamos a fuente, la eucaristía y la lectura de la Palabra de Dios.