Después de leer que un jesuita residente en Japón, exige un estado laico en España, me fui a ver “Los sonidos de Tokio” de Isabel Coixet. Película que no recomiendo por mucho que la eleven a la categoría de cine de autor revelación. Espantosa introspección en los sentimientos íntimos de las personas y su vacío existencial. Salí completamente convencida de que Isabel tiene algún problemilla que azuza su vena creativa. Pero entendí profundamente al jesuita Masiá.
Andar en medio del vacío existencial en una sociedad plural y budista, formalmente más rigurosa en sus costumbres que las que pueda sobrellevar Masiá de su educación nacional católica, es más que suficiente para subirse al carro vanguardista. Y las vanguardias del mundo globalizado son por narices laicistas, sincretistas y consumistas. Lo difícil es convencer a una sociedad milenaria que cambie su cultura por un Dios crucificado y escarnecido, que viene a redimir a la humanidad. Pero eso no parece preocupar a Masiá.
Supongo que lo tiene tan crudo como el pescado que suelen desayunar los japoneses. Pero en este país, la reforma de la Ley de Libertad Religiosa no puede ser laicista, entre otras cosas porque somos un estado aconfesional con separación rigurosa de Iglesia Estado, y con unos acuerdos que este jesuita quiere revocar. Bonita manera de predicar el Evangelio. Subversión ante la Iglesia y adoración al poder Legislativo. Lo de menos es que se vayan por el sumidero trocitos pequeños de feto, ni la posibilidad aún remota de que en una residencia al Sr. Masiá le eutanasien para evitar cargas a la sociedad del bienestar.
Me asombra su confianza en el César de turno. No entiende la polémica de los crucifijos en los espacios públicos. Si quiere se la explico: no hay tal polémica, en los colegios públicos se encargaron todos los izquierdosos de retirar los símbolos del antiguo régimen, incluido crucifijos e imágenes piadosas. Es decir que si ahora se debate el crucifijo en el espacio público, se está refiriendo a los actos oficiales que preside la Iglesia católica.
Siguiendo el desmadre general algunos han querido retirar la imagen del Pilar del cuartel de la guardia civil, aunque sea su patrona oficial. Es decir que unos mezquinos irracionales y ateos, quieren suprimir cualquier vestigio religioso católico de cualquier lugar oficial. Sin tener en cuenta que pertenecemos a una sociedad cristiana con mayoría católica. Es ganas de poner el dedo en el ojo. Y el resto, asiste indiferente, y los conciliadores se bajan los pantalones para que les den cuatro azotes por malos.
¿Cuándo se les van a ir los complejos?. La Iglesia ya pidió perdón por sus errores, no hay porque dejar que pisoteen nuestra cultura. Que de eso se trata ahora, de establecer una nueva cultura mundial con unas reglas muy marcadas para todos los países, donde la Iglesia quede relegada, aniquilada. Hasta incluso eliminada. Algo muy parecido a los totalitarismos del pasado siglo. Sólo que ahora vienen con talante.
Ayer hablábamos de las procesiones, pues bien, ahí tienen la muestra de nuestra cultura religiosa repartida por toda la geografía española. Y esto molesta y mucho a quienes no quieren ver crucifijos ni misas de campaña en la calle. Aunque les permitan manifestarse con subvención incluida a ese mínimo porcentaje de tendencias sexuales peculiares, que sí parece tener derecho a salir mofándose de todo. Pero dejar como símbolo un crucifijo en un espacio público es ofensivo. ¿Y saben a quién ofenden?, pues a ese porcentaje ínfimo de ateos confesos y anticlericales radicales. Entre algún grupo de ellos debe andar el jesuita Masiá y sus recuerdos de infancia.
He creido necesario clarificar que esa España nacional católica ya no existe y la del futuro todavía la estamos construyendo. Y en esa construcción lo católicos tenemos algo que decir a esta sociedad, aunque sólo sea para defender la civilización cristiana por encima de la Alianza de las Civilizaciones.
