El derecho a la vida no se negocia, decía en un post pocas fechas antes de la manifestación del 17 O. Y la respuesta de un comentarista me ha dejado hoy reflexionando un buen rato. Leamos lo que dice:“que asco que dais los fachas tanta moral y tanta palabreria cuando lluego haceis todo lo que criticais que habla la señorita esta sobre la credibilidad de los politicos si en sus filas se suceden los casos le corrupcion y mangoneria!!la gran mayoria de familias adineradas que predican esta retaila constante a cerca del aborto seguramente llevarian a su hija embarazada tras una “accidente” del que no conocen ni quien es el padre a abortar a un barco en aguas internacionales.Si vosotros no quereis abortar no hacerlo estais en vuestro derecho pero dejar que lo haga aquel que le desee o lo necesite.clones que sois todos unos clones seguis a pies juntillas aquello que promueben las cupulas conservadoras del país”
He querido ser literal sin corregir las faltas ortográficas, porque creo que merecía expresarse como le permite su libertad aunque al resto nos duela la vista.Lo primero que le debo responder es que yo no me siento facha. Tampoco voy a permitir que se asocie mis creencias personales con un determinado bando político. Mi credibilidad no puede ser puesta en duda por un clon del pensamiento débil, por utilizar sus mismos estrechos argumentos.
El derecho a la vida tiene que estar por encima de los intereses particulares y de los egoísmos personales. No me vale que me digan que dejemos hacer a los demás. Esa pasividad forzosa no existe cuando se hace daño a otra persona. Yo no puedo evitar auxiliar a un accidentado, porque si lo hago estoy denegando la ayuda que como ciudadana debo proporcionar. Tampoco puedo mirar hacia otro lado mientras un joven se lanza al vacío, sin intentar al menos disuadirle.
En el primer caso, no tengo la culpa del accidente, pero sí de la omisión del auxilio. En el segundo, el joven podrá ser libre para suicidarse, pero yo también lo soy para impedir que cometa una locura. Y entre ambos se sitúa el aborto, donde una vida es eliminada por la decisión de otra persona. Esa vida tiene derecho a vivir. Eso es un principio irrenunciable, que nada tiene que ver con la corrupción de los políticos. Por supuesto que aún negando el derecho al aborto, éste se puede despenalizar en unos determinados supuestos. Siempre que no se convierta en un coladero, como ahora con la aberrante concesión de un psiquiatra para atestiguar daño psicológico.
Y digo que se puede despenalizar porque es evidente que hay situaciones donde el aborto puede ser cuestionado con razones que aluden a la libertad de conciencia. Son supuestos muy concretos que no tienen por objeto el aborto como planificación familiar, sino en casos de violación o peligro para la madre. Lo que se hace insoportable admitir es que se pueda suprimir una vida porque tenga algún defecto. Especialmente a quienes creemos que todos los seres son dignos e hijos de Dios.
Digo que la despenalización está prácticamente aceptada por numerosos países. Pero eso no convierte en derecho el aborto. Yo no tengo derecho a matar una vida porque a mí me moleste hacerme cargo de ella. Por otra parte el Estado debe ser menos hipócrita y frente a la despenalización del aborto, debe ofrecer medidas favorables para que las madres se hagan cargo de los hijos, facilitando ayudas. Si todo funcionara bien, el aborto sería lo que debe ser una excepción rarísima cada miles de casos. No una sangría permanente que va in crescendo.
Y las cúpulas conservadoras de este país les resbala lo que pueda hacer una mujer con su hijo. Pero la Iglesia cuenta entre sus deberes el de respetar la Ley de Dios. Uno de los mandamientos es el de no matarás y, por tanto nunca estará a favor de eliminar una vida. Sin embargo, tal vez si admitiese supuestos de conflicto quedaría reflejada su postura con meridiana claridad. En ese sentido el debate sigue abierto en bioética. Y lo más razonable sería cerrar filas de una vez todos contra el aborto, al mismo tiempo que se permitía gracias a los avances científicos que se utilizará la píldora postcoital dentro de un protocolo médico muy pautado.
Pero el tema da para mucho y generalmente terminamos tirándonos los trastos a la cabeza. Admitir la píldora post coital sin receta y el derecho al aborto, son medidas que atentan contra el bien común de la sociedad, y exigen una determinación firme para oponerse a las mismas. Nuestros descendientes nos lo agradecerán. Y los que siguen el dictado de la moda, que revisen la historia.




