Este título lo utilizó Hemingway para contar en una novela su versión sobre la guerra civil en España. Los personajes de la película eran Ingrid Bermang y Gary Cooper. Se pudo ver por primera vez en España cuando llegó la democracia y los partidos, incluido el comunista, entraban en el arco parlamentario. Hablar hoy de aquello es hacer un viaje al pasado. Desde entonces ha llovido tanto que ni la épica republicana nos parece tal, ni el franquismo ha dejado de pesar como una losa para muchos españoles.Pero es que hoy el título viene a propósito de ese pistoletazo que ha reflejado el parlamento con 186 votos en contra de la Ley de Salud y Reproducción o para entendernos la reforma de la de la Ley del aborto, mientras a favor lo hacían 162 con una abstención. Una votación impregnada de polémicas en el que las caras de satisfacción de un grupo de mujeres me han hecho sentir vergüenza ajena. No quiero ser una progre de salón que brinda por el aborto. No, mientras se siga considerando a la mujer culpable de la muerte de un inocente. Porque no es ella quien desmiembra al feto, ni la que le aplica el tormento de una muerte inhumana. Lo son en primera instancia los diputados que hoy han votado a favor de la nueva ley del aborto.
Cada diputado debe cargar en su conciencia la muerte de los miles de seres que dejan de venir al mundo. Despenalizar el aborto para evitar muertes de mujeres en condiciones infrahumanas es una cuestión, felicitarse por matar a un inocente, es otro tema, que parecen tener superados muchos abducidos. Seguimos siendo las hijas de Eva pecadoras y asesinas y los saludables varones que han contribuido a la procreación, siguen estando al margen, con la cabeza bien alta.
No, señores, vean el resultado de sus juegos eróticos y no contribuyan a ese crimen nefando del aborto. Asuman su responsabilidad mejorando las condiciones de vida de toda mujer embarazada, para darle la oportunidad de criar y educar a ese niño que otros están dispuestos a eliminar. Se ha acabado el supuesto de daño psicológico como excusa para abortar, dicen las feministas de hoy contentas por haber superado la primera barrera. Lo siento chicas, seguiréis penando por ese ser que pudo ver a la luz y que alegremente otros se apresuraron a eliminar.
No se puede imponer una moral, cierto. Pero tampoco se puede educar para violentar la vida. El respeto a la vida desde su nacimiento hasta su ocaso es un signo de humanidad y civilización. El extermino de los inocentes corresponde por derecho a los regímenes totalitarios de cualquier signo. Violentar la moral de la sociedad con eufemismos no es ninguna liberación de la mujer. Si el feminismo quiere ser en realidad lo que pretende, deberá posicionarse a favor de la vida, como lo estuvo en sus comienzos.
Considerar que una niña de dieciséis años puede abortar es tan hipócrita como afirmar que si tiene quince se la envía a la cárcel. Y ese detalle parece encontrarse fuera del debate. La vida es un don y las feministas dicen que como tal debe ser gozosa. Pero al parecer la naturaleza nos ha dotado de esa especie de poder sobre los hombres. Nosotras parimos, nosotras decidimos, suelen afirmar las más radicales. Yo diría que siempre deciden ellos. Deciden dar la espalda a la mujer o hacerla responsable del crimen mas nefando. Si esto les parece horrible, es que no han entendido nada. Están jugando con nosotras, ahora podéis abortar así que yo te exploto cuantas veces quiera y si hay consecuencias toma la píldora chica, espabila, no seas mojigata. ¡Menuda liberación, cargar con las consecuencias de los actos de dos personas!.
Me pido la objeción de conciencia para no tener parte ni arte en este desaguisado general que va invadiendo la mentalidad de todos los países, uno tras otro. La vida está en manos de quienes deciden las leyes y manipulan para que sus intereses se beneficien. Cualquier día nos dirán que no se puede tener más de un niño como en China, pero mientras eso llega van poniendo vaselina para que matar resulte aceptable jurídicamente. Yo me niego a entrar en ese juego. Estoy escuchando por quién doblan las campanas.




