Y ahí precisamente reside el problema, que muchos no consideran humano lo que se gesta en el vientre de una mujer. Pero la técnica se empeña en demostrar su monstruosidad, hoy se puede seguir la evolución del feto mediante las ecografías que nos presentan como se gesta en el vientre materno. Es difícil rechazar que no hay un ser humano en gestación, los hechos se empeñan en demostrar lo contrario. Y en una sociedad llena de derechos, el ser más indefenso ha perdido defensores. Entramos en un contrasentido de la humanidad que evoluciona hacia una calidad de vida mejor, mientras suprime de manera egoísta el relevo generacional. No es que falten argumentos contra el aborto, basta con considerar abominable que la vida se convierta en una moneda que se puede rechazar porque no nos conviene o no nos interesa. Una sociedad que no cuida de los seres más débiles, no es una sociedad humana.
Por eso ante el clamoroso asesinato de miles de bebés, se mira hacia otro lado. Se permite cuidar a los disminuidos psíquicos, pero a su vez se consiente suprimirlos rechazando que puedan llegar a vivir. Rozamos la paradoja y no nos sonrojamos de nuestras contradicciones. Lo primero que debe cuidar una sociedad es de la familia y su bienestar, porque ellos constituyen los pilares en los que se sustenta la vida. Y permitir facilidades para procrear y educar a los hijos, debe ser la máxima aspiración de cualquier sociedad evolucionada. La naturaleza se encarga en su perfecta armonía de regular la existencia. Nacemos, crecemos y morimos, en tandas sucesivas que van dando lugar al relevo generacional. Pues bien, a este paso, tendremos dentro de unos años una sociedad envejecida. Y frente a la evidencia de tener una población que necesita muchos recursos sanitarios y de ayudas sociales, alguien puede decidir que esa vida tampoco es humana, ni digna.
De esa manera tan paradójica nos arrastramos hacia el vacio. La vida humana es sagrada, y es un milagro maravilloso que merece respetarse. El sólo hecho de meditar unos instantes en la complejidad de la existencia, hace levantar exclamaciones de admiración. Para quienes gozamos del don de la fe, Dios aparece en cada rostro humano, en cada ser viviente. Y ante ello sólo cabe la reverencia y el respeto. Cuando perdemos la noción del bien y el mal, podemos construir una sociedad enferma que camina hacia su propia disolución. Os invito a celebrar el día de la vida. Pido oraciones por cada ser despreciado desde el primer momento que bombea su corazón. Y reclamo el derecho de reivindicar una sociedad que respete el don de la vida, que facilite la conciliación laboral con el cuidado de los hijos. En definitiva una sociedad más humana y no deshumanizada.





