“El Fraude”

Estos días atrás estuve viendo la película El Fraude de Nicholas Jarecki, con Susan Sarandon y Richard Gere como protagonistas. No voy a entrar en detalles de crítica cinematográfica, pero sí de una realidad aplastante que nos tiene secuestrado el ánimo.

Me refiero a la facilidad para transgredir las leyes o adecuarlas a nuestros intereses, gracias a unos bufetes de abogados que están al tanto de todas las triquiñuelas legales. Cuanto más poderoso y rico es el personaje, más influencia tiene, más contactos y más posibilidades de que su manera de actuar tenga lados oscuros. Esa sería la moraleja de la película. Defrauda a Hacienda el millonario, el trabajador con una nómina y una retención por IRPF tiene menos posibilidades de hacer trampas. Primero porque no hay un profundo conocimiento de la ley, de manera que tampoco sabe dónde debe invertir sus ahorros para desgravar.

Eso es más propio de los millonarios, que hacen Fundaciones o SICAV para ocultar ingresos y rentabilizar sus beneficios con pingües desgravaciones. Por el mismo motivo, los ricos donan a la caridad millones que les son rentables, porque desgravan de sus ingresos, haciendo redonda la jugada. Todo ello permite que el gran fraude del mundo sea inaguantable. No puede ser que un político reciba tres nóminas cuando la crisis está dejando en el paro a cerca de cinco millones de trabajadores. A una le gustaría que sus representantes en el Parlamento firmasen un código ético, por el que es imposible beneficiarse de ninguna comisión bajo mano. Pero todos somos conscientes de que la realidad supera la ficción y con ello, vamos perdiendo la inocencia y se crea una brecha social, un caldo de cultivo peligroso. Me refiero al de la impotencia que hace revelarse de indignación al desahuciado que ha sido timado con las preferentes y no puede pagar su hipoteca.

El gran fraude de esta sociedad es que unos pocos viven a costa del resto de los trabajadores. Me refiero a que todos los políticos viven de los impuestos de todos los españoles. Y siguen defraudando su confianza y haciendo falsas promesas. Por supuesto creo que hay buenos políticos y empresarios, honestos y justos. Pero la montaña de las inmundicias hace que no brillen como lámparas encendidas en la oscuridad.Por eso cuando se acerca el día de la huelga general nos queda un sabor amargo en la garganta. ¿Vale la pena seguir las consignas de la oposición?. Cuando sabemos que los sindicalistas están vendidos a la subvención y el enchufismo. Cuando les hemos visto con mariscadas a cuenta de la ciudadanía. Cuando viajan en primera clase y no quieren renunciar a ninguno de sus privilegios.

Tal vez lo que debamos reivindicar es un plus de honestidad por parte de todos. Y hacer efectivos filtros que no permitan el pelotazo y la mamandurria general. Esa misma mamandurria a la que muchos se subieron y ahora no son capaces de renunciar, mientras exigen sacrificios leoninos al resto de los ciudadanos. ¿Por qué permiten sus señorías el cobro de tres salarios y jubilaciones blindadas?. ¿No se está haciendo efectivo que los políticos son ciudadanos de una categoría especial al resto de los españoles?.

Dejemos claro que mientras se consienta a la economía dominar la política, nada bueno podemos esperar como sociedad. Porque por encima del dinero debe estar el bien común y la dignidad de la persona. Es decir que la política no puede venderse a los mercados, sino ajustar el cinturón a los mismos. Ese es su objetivo. Lo contrario es la dictadura financiera con la convivencia desinteresada de una casta privilegiada que vive de la cosa pública.

Nos sobran chorizos. Nos sobran defraudadores. Nos sobran políticos complacientes con el estatus actual de los mercados. Hacen falta hombres y mujeres con ideales superiores a los de llenarse los bolsillos. Por eso la política hoy es un cero a la izquierda que no sirve para regular el bien común. Y si me apuran, nos está haciendo cada día la vida más difícil a la inmensa mayoría.

Pero queda siempre una esperanza en el horizonte. La regeneración social es posible cuando todo se destruye y hay que resurgir desde las cenizas. Hacia ese precipicio parece que estamos condenados por haber volado demasiado tiempo hacia el sol como Icaro.

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Acerca de Carmen Bellver

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