¿Existe el cielo y el infierno?

Cuando estamos en el año de la Fe, me ha parecido oportuno hablar del cielo y el infierno. Y no sólo voy a traer a colación el libro «Cielo e infierno: verdades de Dios», publicado por Libros Libres de la escritora María Vallejo Nájera. La ensayista y novelista ha recopilado información diversa a través de personas que habían padecido un trance similar a la muerte. Podría decirse que son quienes regresan del Más Allá. Como es lógico existen numerosos estudios al respecto desde diversos ámbitos académicos. No entraré en esa materia. Porque desde el punto de vista de la fe está todo dicho en el Evangelio y en el Catecismo de la Iglesia.

Para quienes duden, les puedo asegurar que yo no concibo un mundo donde la maldad y el egoísmo puedan triunfar. Y no podría soportar la existencia si no tuviera la certeza de que quienes han sacrificado sus vidas por los demás, tendrán ganada la dicha eterna. Como es lógico pienso que somos muy débiles y que la misericordia de Dios suplirá parte de nuestras deficiencias, siempre que estemos dispuestos a suplicar su intercesión. Pero sigo afirmando que el problema ontológico del mal en el mundo no se resuelve en esta tierra.

Hay quien tiende a pensar que todo se acaba aquí. Que no existe el cielo ni el infierno. El abismo de esta proposición es tal, que probablemente quien piense de ese modo, no tenga muchos escrúpulos por utilizar a los demás en beneficio propio. En cambio, para quienes consideramos que vencer las propias debilidades proporciona actos de bondad que repercuten en el bien común. El sacrificio es un acto de nobleza que nos humaniza. Por supuesto no es un sacrificio masoquista, sino un acto que se une por la redención del mundo.

Cuando uno busca lo mejor para sí mismo y para los demás, encadena actos de bondad y crea un cielo en la tierra. En ese sentido estoy completamente convencida de que hay infiernos en este mundo y de alguna manera cielos parciales, donde si nos comparamos con otras vidas, llegamos al convencimiento de que hemos de estar agradecidos por lo que tenemos. El amor siempre es un preludio del cielo, el amor que es donación y oblación, no mero instinto o pulsión sexual. Un amor que vive para donarse sin que le pesen las pequeñas renuncias y comodidades que pueda tener que realizar.

Si Dios es el sumo bien, también tiene que ser la máxima justicia. El hombre tiene el soplo divino y de algún modo ha sabido desde siempre que hay líneas que no se pueden cruzar. Para los creyentes los mandamientos son sólo un camino que muestra qué es lo que agrada al Señor y qué es lo que le desagrada. A Dios los actos de maldad y perversión le deben ocasionar un dolor inmenso, porque sus criaturas se abandonan al mal, renunciando a la posibilidad de crear el Reino de Dios aquí mismo, entre nosotros.

Y a lo largo de todo el Evangelio se nos va repitiendo que el Reino de Dios ya está entre nosotros. Si nuestros comportamientos fueran reflejo del rostro de Dios, sin duda conseguiríamos evangelizar a todo el mundo. En ese sentido llama la atención como vivían los primeros cristianos que se sentían como una gran familia, en la que todos eran corresponsables unos de otros.

Pues bien, les dejo con la presentación del libro de María Vallejo Nájera, tal vez les interese sumergirse en su lectura y descifrar así el misterio que abarca nuestra vida presente y futura. Puede servir para plantearse aquello que algunos sin apenas reflexión consideran un cuento más propio de mentes crédulas.

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Acerca de Carmen Bellver

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