Los miserables del siglo XXI

Llegan las fechas entrañables y cansinas de la Navidad, por aquello del bombardeo consumista que se dispara hacia cuotas vergonzosas, en tiempos donde muchos tienen que recurrir a los comedores sociales. El vértigo de vivir realidades diferentes: la riqueza insultante de unos pocos y la pobreza absoluta de muchos, no deja de pasar factura. Y así veremos que frente a una mesa preparada opíparamente, algunos optarán por rebajar su cesta de la compra a productos de primera necesidad, para compartir algo con sus vecinos menos afortunados.

Estas fechas, nos traen imágenes impactantes a lo Frank Capra, como la del policía neoyorquino que en mitad de una gélida Parck Avenue compró unas botas al mendigo descalzo inmortalizado en una foto que corrió por la red como las bengalas de artificio. Una foto que hablaba de caridad, pero también de miseria a las puertas de las tiendas de diseño. Una imagen que provocó numerosos comentarios. Especialmente cuando se volvió a ver al mendigo descalzo y sin las botas, por miedo a los robos y los celos de otros “miserables del siglo XXI”. Y digo “miserables” en honor a Victor Hugo y su obra que veremos próximamente en pantalla, donde la miseria de Paris es descrita con el mismo vigor que Charles Dickens proporcionó a Londres en sus libros.

Y cuando la literatura se hace carne, descubrimos que el hombre es un ser raro y paradójico, capaz de la ternura y la solidaridad, pero también de la más terrible mezquindad con sus congéneres. Y así podemos escuchar a diputadas que proclaman sin vergüenza que algunos utilizan las prestaciones sociales para comprar televisiones de plasma. Mientras ella abusa de su posición y cargo para vivir a cuenta del erario público, sin recortes ni penurias, propios de esos vagos y maleantes que abren contenedores para coger los despojos que otros no quieren.

En ese caótico mundo con móviles de última generación al alcance de las mucamas ecuatorianas que se visten en los roperos de Cáritas, todo parece posible. Lo increíble cobra carta de naturaleza y algunos donan su paga de navidad a las ONG, mientras a otros se la sustrae el gobierno que no deja de mimar a los de su tribu pretoriana y privilegiada. Y hacen recortes para castigar a los más débiles y desprotegidos, mientras justifican corruptelas y evasiones de impuestos entre los de su misma cuerda.

Lo cierto es que una piensa que la situación nos llevará a la insurrección de Espartacos dispuestos a luchar frente a la poderosa Roma, aunque con ello firmen su propia sentencia. Tal vez porque siempre hubo gente dispuesta a morir de pie, antes que vivir de rodillas. Pero en estos tiempos crueles, también surgen gotas de esperanza. Tímidos conatos de que pese a todo, el hombre es un ser privilegiado, capaz de grandes cuotas de altruismo y sacrificio. Y así celebraremos el misterio gozoso de un Dios hecho hombre que no dudo en hacerse uno de tantos, mostrándonos el verdadero sentido de la vida.

Esa vida no consiste en atesorar tesoros que se quedan aquí, por mucho que la gente bonita nos produzca cierta envidia al comparar su calidad de vida y la nuestra. Esos bienes que crecen para la eternidad, no se miden en cuentas corrientes, ni pagan impuestos. Son los bienes que hacen progresar a la humanidad en derechos humanos y sociales. Son los bienes que otorgan una buena convivencia familiar y social. Los que se preocupan de los otros y buscan ayudar. Esos bienes están escritos con la sangre del Redentor que vino a salvarnos de nuestras mezquindades. Ojalá en estas fechas podamos descubrir a nuestro alrededor los bienes que no caducan ni cotizan en bolsa. Que el Niño Dios ilumine las mentes mezquinas que tanto daño están ocasionando a la sociedad.

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Acerca de Carmen Bellver

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