Cuento de Navidad del siglo XXI

Desde siempre le pareció de mala educación preguntar la fecha de nacimiento. De manera que cuando la informática apareció en su vida exigiendo el tributo de sus datos más íntimos, mintió deliberadamente. La cosa parecía funcionar meridianamente bien, no necesitaba usar sus datos personales, se podía inventar un personaje, adoptar la piel de un alter ego. Y tampoco tuvo ningún escrúpulo en llenar los formularios con datos ficticios. Estuvo así durante varios meses hasta que de pronto le fue imposible acceder a determinadas páginas: “no tiene edad para visualizar estos contenidos”. Soltó una carcajada divertida ante la impertinencia. Pero el caso es que desde ese momento ya no pudo usar skype, ni seguir gestionando las cuentas en las redes sociales. Le estaban cancelando todos los formularios que pacientemente había abierto tiempo atrás.

Empezó a sentirse inmersa en una extraña pesadilla que estaba tomando una forma monstruosa en la red. Había perdido su identidad para adoptar la de un personaje de diez años. Alguien que no había cotejando sus datos, creía que esa era su verdadera identidad. Y por si no bastara con ello, dejó de tener acceso a sus cuentas corrientes. Le fue imposible seguir comprando por Internet. ¡Diantre llegó a pensar que había perdido su identidad!. Aquello resultaba diabólico. Hizo dos reclamaciones infructuosas. No admitían sus nuevos datos, aquel nombre ficticio con la fecha inventada parecía cobrar vida por obra y gracia de la cibernética. Lo terrible es que se había asociado a su verdadera identidad.

Se acercaban las fechas navideñas y Sara sólo podía navegar en la red, pero el acceso identificativo estaba completamente bloqueado. No tenía más remedio que cancelar todos sus datos. Y entonces surgió otro problema. Desaparecer de la red era tan difícil como dejar de existir para el Registro Civil sin tener por medio una partida de defunción. De manera que intentó una nueva estrategia, si cabe más alocada que la anterior. Puso como fecha de nacimiento el día 24 de diciembre y estuvo dudando sobre la edad para escribir el año. Decidió que no podía volver a arriesgarse y aplicó el cálculo numérico para alcanzar la mayoría de edad. Aquel aparato no podía tener la última palabra respecto a su vida.

Al parecer aquella estrategia funcionaba. Recuperó el control de su vida en la red y se sintió exultante, sin embargo el día veinticuatro de diciembre comenzó a recibir mensajes spam en todas sus cuentas. Era ganadora de varios premios sorteados aleatoriamente y que la señalaban por su fecha de nacimiento. Le pedían introducir sus DNI para recibir el premio, así como la dirección postal para poder hacer llegar el paquete premiado. Sara sospechó desde el primer momento de los ladrones de identidad y no respondió a ningún requerimiento de datos personales.

El ordenador seguía medio loco, le saltaban mensajes con canciones, con felicitaciones, con requerimientos publicitarios. Su fecha celebraba el máximo acontecimiento de la cristiandad, el nacimiento de Jesucristo, y ese dato no pasaba desapercibido para los crakers de la red, cuyos sistemas eran cada vez más sofisticados para apropiarse de datos secretos y paswords sofisticados. El veinticuatro de diciembre era una de las fecha secretas más utilizadas en la red. Algo que Sara desconocía pero que no resultaba ajeno a quienes navegan para descubrir puntos débiles de internautas sin malicia. Sara lo decidió adoptar una actitud estoica, sufriría con resignación la embestida publicitaria e inoportuna de la red. Al fin y al cabo nacer el mismo día que el Redentor del mundo conllevaba una cruz, cuyo símbolo era la marca de la casa. La casa del pan, Belén, hogar de la cristiandad. Paz a los hombres de buena voluntad. El siglo XXI seguía celebrando la Navidad.

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Acerca de Carmen Bellver

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