La caridad es superior a la justicia

He leído varios artículos sobre el tema. Algún que otro comentarista ha dejado su bilis opinando del mismo modo. Humillación y caridad, titula el periodista Pascual Serrano, en un artículo que clama contra las ayudas que está crisis está generando y también contra la Iglesia. Porque ahora resulta que la Iglesia con su caridad solapa la justicia. Y entiendo bien la frase porque yo misma la he dicho en muchas ocasiones: no se puede dar por caridad lo que corresponde en justicia. Y con esa frase entramos en la lucha de clases, en la lucha dialéctica. Criticamos la beneficencia y olvidamos lo elemental. Que la Iglesia con su caridad supera con mucho la justicia. Porque la caridad es amor y el amor no tiene medidas. La justicia en cambio es caprichosa, desconoce el corazón humano, es fría y distante y nunca llega a cumplir bien su cometido.

Por eso en la cárcel se consumen ladronzuelos cuya vida está marcada por las penurias y la miseria. Mientras que en los Consejos de Administración se sientan ladrones de guante blanco, que nadie llevará entre rejas. Y puesto que conocemos estas contradicciones, sabemos que no podemos dar unos kilos de arroz y dejar dormir nuestra conciencia, pensando lo buenos y generosos que somos. Pero amigo, si no estuviera la caridad qué le quedaba a esa gente. Ningún político o sindicalista les iba a llenar su cesta de compra y solucionar de momento lo más perentorio.

La caridad siempre superará a la justicia porque esta última está manos humanas, que no son precisamente justas al carecer de la omnisciencia necesaria. La justicia es un sistema creado por el ser humano para paliar en cierto modo la terrible maldad del ser humano. Buscamos en la justicia resarcir a la sociedad de los desmanes que otros comenten. Pero olvidamos sanar los corazones que enfermos de ira, envidia, odio, rencor, son abocados a las cunetas de la sociedad, casi impelidos a cometer tropelías por falta de oportunidades.

Un sistema justo, es aquel que brota de un corazón bueno. Un sistema justo no conocería la corrupción en todas las escalas de la sociedad, desde el electricista que trapichea sin facturas; al comerciante que manipula las básculas de peso; al industrial que no paga las horas extra; al financiero que está incentivado para vender unos productos de manera engañosa como rentables y seguros. No hay justicia en el mundo aunque el hombre saque desde lo más hondo sus mejores iniciativas para paliar las desigualdades. Sin embargo, la caridad brota del manantial de un corazón compasivo, no mide, ni pesa su ayuda. Dona generosamente, de tal manera que incluso algunos intentan aprovecharse de ese sistema de dádivas.

La picaresca propia de las novelas de Cervantes sigue en vigor siglos después. Por eso no es justo que se esté condenando a la Iglesia por ejercer lo que su propia naturaleza le exige, una caridad sin reservas. Cierto que ello no puede ser la excusa perfecta para justificar una sociedad desigual. Sin embargo, ha sido la caridad la que movió a crear las primeras escuelas para niños pobres, la que abrió orfelinatos, la que edificó hospitales para los más necesitados. Y luego la sociedad, ha ido asimilando esa caridad como un derecho que debe reclamarse a los poderes públicos.

De manera que está bien defender los derechos básicos del ser humano: la sanidad, la educación, el trabajo, la vivienda. Pero seamos coherentes, incluso con ellos hay injusticias que sólo la caridad es capaz de restañar. Porque no sólo se ocupan de los demás como funcionarios solícitos, sino como hermanos que comparten y curan un corazón herido.

Sin embargo no todo está mal en el artículo que señalaba al principio de este post. Es cierto que debemos vigilar y denunciar las prácticas engañosas que a cuenta de la miseria vienen ofreciéndose como balsas de salvación, cuando de lo que se trata es de manipular a los demás en beneficio propio. Pero no confundamos a la sociedad clamando contra las monjitas que se alegran de las donaciones para su comedor social.

No son ellas las que han creado una situación injusta, sino más bien son las que intentan remediar una situación de extrema necesidad. Otros deberán reivindicar por los cauces oportunos, los derechos que son derribados por la codicia. Mientras tanto dejemos que los corazones sigan curando las heridas abiertas por esta crisis.

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Acerca de Carmen Bellver

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