Hoy como ayer. Que el futuro se lo demande

Ayer volví a disfrutar del cine clásico de televisión. La proyección de “Vencedores o vencidos” sobre el juicio de Núremberg hace vibrar ante la fragilidad humana capaz de convivir con el horror y adecuarse a las circunstancias. Estamos frente a la pregunta que todo el mundo se hace tras una guerra: ¿Cómo es posible que padres de familia, respetables ciudadanos se dejen succionar por el mal en toda la extensión de la palabra?. Si no la han visto, no duden en buscarla y tenerla entre su filmoteca de solera. Basta recordar el cartel de lujo de sus protagonistas:

Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift, Edward Binns, Werner Klemperer, Torben Meyer, Martin Brandt, William Shatner, Kenneth MacKenna, Alan Baxter, Ray Teal

Realizada en 1961, sobre un guión espléndido de Abby Mann, bajo la dirección de Stanley Kramer, consiguió dos Oscars, pero la virtud de esta película reside en la economía de fuerzas que va tejiendo como una maraña inteligente las historia que nos cuenta. En 1948, tres años después del final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuatro jueces, cómplices de la política nazi de esterilización y limpieza étnica, van a ser juzgados en Núremberg. Sobre Dan Haywood (Spencer Tracy), un juez norteamericano retirado, recae la importante responsabilidad de presidir este juicio contra los crímenes de guerra nazis.

Nos encontramos lejos de la visión maniquea y simplista de condenar a todo el pueblo alemán por la barbarie del nazismo y lo que supuso para el mundo. La virtud de la película es presentar a esos mismos alemanes corrientes que tuvieron que vivir dentro de un totalitarismo donde no era posible inhibirse. Jueces honrados que dictan sentencias injustas, obligados por el Estado para hacer cumplir la ley. Leyes injustas que les llevan a cometer arbitrariedades lamentables. Pero también están los ciudadanos alemanes íntegros que se opusieron al sistema y que pagaron las consecuencias de su rebeldía. Mientras otros muchos simplemente se dejaron llevar para no tener problemas.

El tono general de la película siempre nos lleva al mismo lugar. Es fácil estar con los vencedores, emocionalmente rechazamos la barbarie nazi. Lo curioso es como todo un pueblo pudo llegar a sucumbir a esa barbarie. Y entonces es cuando llegan las comparaciones. Porque ayer como hoy se dictan leyes injustas que hacen claudicar a los ciudadanos. Ayer como hoy hay unos responsables políticos que cometen tropelías de las que de momento están saliendo indemnes. Ayer como hoy, el pueblo no tiene más remedio que soportar todas las modificaciones legales, aunque aborrezca en sus fueros más íntimos la corrupción y el engaño de la casta política.

La historia se ocupa de poner a todos en su sitio. Y no duden que también nuestra época llena de oportunistas que han hecho de la política su particular campo de latrocinio, tendrán que ser juzgados por las generaciones venideras. Y es posible que nos interpelen diciendo cómo fue posible que toda la sociedad cediese frente a la barbarie. Y entonces caeremos en la cuenta de la fragilidad humana, que pacta con quien sea para subsistir. Nos daremos cuenta que no es tan fácil oponerse a un sistema corrupto desde sus bases. Que las leyes hechas por los señores diputados para su propio beneficio y mantenimiento en el poder, a costa del sufrimiento de la ciudadanía, nos han gobernado como Hitler gobernó Alemania. A golpe de propaganda facilona que esconde realidades terribles. Familias enteras dedicadas a la corrupción y evasión de impuestos, amigos enchufados para vivir de las arcas del Estado, prebendas y beneficios que se aplican sin escrúpulos. Y bajo esa basura que afirma trabajar para el servicio público, está la causa y consecuencia de los seis millones de parados, los cientos de desahuciados, los miles de pobres de solemnidad, la ruina de un país que deberá juzgar a sus gobernantes en el futuro.

La película de Núremberg nos muestra como respetables ciudadanos convivieron con el crimen y el delito sin inmutarse. La locura se apoderó de todo un pueblo hasta llevarlo al suicidio colectivo. Ojalá nuestros políticos actuales no jueguen las mismas cartas que otros usaron en el pasado. Políticos que bajo el paraguas de un nacionalismo patriótico esconden la propia miseria personal y la de sus cómplices. Gente así, es capaz de arruinar un país con tal de seguir manipulando a la opinión pública.

Si tuviéramos que examinar la gestión de todos los cargos públicos imputados en delitos y de todos aquellos que no se sienten responsables de la situación actual, estaríamos presenciando la repetición del estupor en la mirada de los acusados, mientras les hacían visionar los horrores del Holocausto. Hoy los horrores de la crisis tienen nombre y apellido y han sido absorbidos por el caos social del momento. Debemos exigir que los privilegios acumulados por los señores diputados y senadores, junto a la de los Consejeros de Entidades financieras quebradas finalicen por responsabilidad social. Y si no lo hicieran, señores míos que el futuro se lo demande.

Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a Hoy como ayer. Que el futuro se lo demande

  1. idebenone dijo:

    Todos ellos, con el Complejo PRISOE de los Gonzalez-Guerra, Polanco-Cebrian y sus socios imponiendo la agenda y la pauta, han dado un paso más en su política de juego sucio a tope, de todo marketing y vale todo, de puro humo, viva el show y la gran intoxicación-contaminación-confusión mediático-política.

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