¿Por qué tengo que pagar por las personas que sólo comen y beben y no hacen ningún esfuerzo?

Hay días que nos llenamos de negros presentimientos, de horizontes turbios y opresivos. Es entonces cuando urge retomar la fe con el sentido de esperanza que realmente tiene. De otro modo podríamos quedar bloqueados ante la inhumanidad presente en nuestro mundo. Hemos leído que “el ministro de Finanzas japonés pide a los ancianos que se den prisa en morir”. Y un escalofrío ha recorrido mi espina dorsal. Porque es obvio que la esperanza de vida actual nos da un periodo de aproximadamente veinte años de supervivencia tras la jubilación. Al parecer la vejez no resulta rentable para las finanzas. Es un estorbo mantener gente improductiva. Y los cálculos de un capitalismo salvaje e inhumano, van indicando una dirección preocupante en el horizonte.

Sin embargo para los creyentes toda vida es digna, también la de los ancianos con múltiples achaques. Pensar que están de sobra quienes no producen ni cotizan, es convertir al ser humano en un instrumento de producción dentro de una gran cadena de montaje, completamente contraria a la voluntad de Dios. Nuestro Dios busca a los más débiles y se vuelca con los indefensos. Pide proteger a la viuda, dar cobijo al peregrino, asistir al enfermo, consolar al afligido. Nuestro Dios nos pide convertir el mundo en un Reino de paz y de amor, donde el servicio de unos a favor de otros repercuta en el bien común.

Cuando perdemos a Dios del horizonte, el mundo se vuelve un infierno donde cualquier arbitrariedad es posible. Entonces se pueden legislar soluciones como las del Holocausto, comenzar a elaborar leyes absurdas, que eliminan a los deformes, enfermos, o ancianos. Es un mundo donde no hay luz ni esperanza. Y contra ese mundo debemos oponernos. Porque lo cierto es que tenemos la promesa de que el bien triunfa sobre el mal. Y tenemos la constancia de que gracias a Dios se le ha entregado un corazón tierno y palpitante que desea obrar con justicia y bondad.

Me gusta pensar que los crímenes contra el bien común, cometidos muchas veces mediante leyes injustas, que permiten la exterminación de los menos dotados física o psíquicamente, son el reflejo de una sociedad enferma. Y que el cristiano presenta otro modelo social, donde la protección a los más desfavorecidos es la moneda de cambio. Donde se protege a los enfermos, los ancianos, los débiles, los menos dotados. Y se hace porque sabemos que detrás de ellos se encuentra la mano amorosa de Dios que nos ha hecho a todos hijos suyos.

La horrible frase del ministro de Finanzas japonés pone sobre el tapete el coste que cada ciudadano le ocasiona al Estado, sin pensar que todos contribuimos con nuestro trabajo a que ese coste se pueda cubrir. Y es posible que así sea, siempre y cuando figure en primer lugar el respeto a la vida y la lucha por mantener los servicios sociales, la sanidad, la educación, la asistencia social. Eso que ahora algunos cuestionan, es reflejo de la bondad de unos hombres que antes que nosotros, legislaron para el bien común, pensaron en mejorar la sociedad.

Si ahora otros hombres, dan la espalda al ser humano y su propia dignidad como persona, es que hemos llegado al peor de los escenarios. Y quiero pensar que no, que eso no va a ser posible. Que seguiremos buscando lo mejor para todos, rompiendo la dinámica del mal y el egoísmo de unos pocos que sólo buscan construir su propio futuro. Mientras tanto los cristianos tenemos la esperanza de que Dios nunca va a abandonar al ser humano, ocurra lo que ocurra, El siempre está a nuestro favor y sólo nos pide que colaboremos en construir su Reino ya aquí en este mundo. Y también que cuando los negros nubarrones aparezcan por el horizonte, devolvamos la esperanza a quienes se siente afligidos por el devenir de los acontecimientos.

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Acerca de Carmen Bellver

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