Las sombras del nuevo Cónclave acechan en el Vaticano

Como en las mejores novelas de Dan Brown brotan en los rotativos las sombras de oscuras conspiraciones y escándalos secretos sobrevolando los aleros del Vaticano. Si el tema da para muchos libros, todos ellos con su correspondiente sello de intriga, lo cierto es que la renuncia del Papa ha levantado la sospecha de oscuras intrigas. Seguiremos oyendo de todo hasta la elección del nuevo Pontífice. Pero tal vez consigamos algo bueno de esta ebullición mediática. El vértigo de las nuevas tecnologías imprime otros aires en la Ciudad Eterna, necesita de una maquinaria bien engrasada, no anquilosada por el peso de los años. La Curia no tiene sentido si no está para secundar la mano de Pedro. Y los puestos no son eternos, están para servir y dejar paso a otros. El camino lo ha trazado el mismo Benedicto XVI.

Pero todos sabemos de qué está compuesto el material humano, las mismas situaciones se repiten en empresas, organismos oficiales, sindicatos, partidos, o entidades benéficas. La condición humana es pecadora por naturaleza, por tanto, no debemos escandalizarnos si la cizaña convive con el trigo. Ya dijo el maestro que no las separaría hasta el final de los tiempos (Mateo 13:24-30). No me cabe duda de que hay sacerdotes santos y también pecadores. Por eso no me extraña que los lobos convivan con los corderos. Sin embargo, lo urgente y perentorio es crear los filtros adecuados para cribar en la medida de lo posible el trigo. Algo que ha desgastado a Benedicto XVI y que parece dejar en manos de su sucesor.

La silla de Pedro no está para luchar contra conspiraciones humanas, sino para ser el espejo donde se refleje la gloria de la fe, la fuerza del Espíritu, la impronta del Reino de los Cielos. Si hay que podar, se poda. Lo que no entienden los medios comunicativos en general, es que a la Iglesia el pecado no le asusta y al pecador lo trata con misericordia, porque todos somos débiles y sujetos disponibles a caer en las redes del mal. Lo que tampoco entiende la sociedad es que se predique el amor y se abuse del poder o del cargo. La doble moral suele colarse ahora en las páginas de las redes sociales y quedar expuesta a los ojos de todos. Si cabe, es más imperioso que nunca ser honrada como la mujer del César y además parecerlo.

La imagen lo es todo en este siglo mediático, donde los rumores y los escándalos llenan la pequeña pantalla, sin que nadie se moleste en contrastarlos. Hoy puede haber dimitido el Papa porque lleva un marcapasos y se lo cambiaron hace poco, y mañana nos enteramos que eso le corresponde a su hermano y no a Benedicto XVI. Pero da lo mismo, la noticia ya ha corrido como la espuma y salta de un medio a otro. La diplomacia Vaticana estaba acostumbrada a seguir un ritmo a paso de elefante, madurando las cosas, dejando pudrirse muchos temas, antes de tomar una decisión. Hoy nadie puede seguir esa dinámica, no lo permite el ritmo de las nuevas tecnologías.

En ese sentido la Iglesia puede aportar mucho, en su experiencia de madre que acoge a los hijos, que les concede el beneficio de la duda, que les deja explicarse, que les consiente que la ofendan sin que se le altere un músculo. Necesitamos educarnos para los tiempos de vértigo, no dejar que la noticia nos arruine el día. Acostumbrarnos a contrastar fuentes, a una tener prudencia antes de emitir una sentencia pública que puede arruinar a una persona.

Y por otra parte, debemos confiar también en el buen hacer de los profesionales. La Iglesia sabe preparar bien a quienes ocupan cargos en su casa y la mayoría es gente de probada virtud. Eso no implica que existan diferencias entre ellos, enfrentamientos y opiniones diversas. Pero ante todo, prima el servir a Dios, no al mundo. Por tanto, los revolcones que nos puedan dar en la arena mediática tenemos que aceptarlos, sin renunciar a defender la Verdad que le ha sido confiada a la Iglesia. De las miserias personales que se ocupe el Señor, pero una mano recta llena de misericordia tampoco debe olvidar que hay que actuar desde la raíz para sanar lo podrido.

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