El Corpus Christi y la poesía

La fiesta del Corpus Christi era considerada históricamente la fiesta grande de Valencia, especialmente desde el último tercio del siglo XIV. En esta época la fama de las conocidas como Rocas, los majestuosos carros que participan en la procesión, y en general de todas las fiestas del Corpus valenciano se extendió por toda Europa.

En el año 1263 Urbano IV instituyó la fiesta del Corpus Christi mediante la bula “Transiturus hoc mundo”, en toda la cristiandad. Fijó su celebración en el primer jueves tras la octava de Pentecostés, esto es entre el 21 de mayo y el 24 de junio (actualmente se celebra el domingo siguiente). La bula de Urbano VI fue confirmada por Clemente V en el Concilio General de Vienne de 1311 y por el Juan XXII en 1317.

Mi pequeña contribución con unos versos a esta festividad cuya tradición se remonta a cientos de años.

Pan trillado en el esfuerzo,
sangre de cuerpo dolorido
milagro de la Pasión de Cristo
porción y manjar del cielo
Sin Ti, nada somos ni podemos.

Viniste a enseñarnos a partirnos
a darnos como cuerpo consagrado
a servir a los otros con esmero
Señor, somos contigo algo divino
Sin Ti, nada somos ni podemos

Danos la gracia de ser Eucaristía
juntos y unidos todo lo alcanzamos
para perdernos hay muchos caminos
pero tu cuerpo y sangre son sendero
Sin Ti, nada somos ni podemos.

Que me alcance tu gracia al recibirte
y transforme mi vida Tu presencia
que al tenerte muy dentro yo te ame
y al amarte aprenda a repartirme
Sin Ti, nada somos ni podemos.

Cuerpo de Cristo en forma permanente
que al recibirte sepa yo servirte
y que al servirte sepa como amarte
en el abrazo al otro que es mi hermano
Sin Ti, nada somos ni podemos.

Pasión de Cristo en Hostia derramada
Sagrario de vida permanente
Adorable y místico alimento
Milagro Eucarístico, verdadera joya
Sin Ti, nada somos ni podemos.

Carmen Bellver

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Desvelando el esoterismo en la red

Recomienda el Papa que debemos cuidarnos de hablar mal de nadie. Se entiende que la maledicencia es un pecado que abunda en nuestro mundo. Pero no debemos confundir el hablar mal del otro por envidia, celos, o simple estulticia. A realizar una crítica sobre lo que dicen o hacen los demás. Una crítica que es a su vez denuncia y puesta en conocimiento al resto del mundo.

En este caso yo deseo denunciar el abuso de esoterismo en la red. Ese clicar para saber qué significa tu nombre, qué significa el color que irradia tu mirada, qué significa tu fecha de nacimiento. Todo un comecocos en el que muchos caen por pura curiosidad. ¿Qué pensarían si supieran que la Iglesia considera estas tonterías pecados que ofenden a Dios?. Claro que siempre saldrá quien diga que Dios no se ofende de aquello que hacemos los mortales. Que a Dios no le preocupan estas tonterías. Pero lo cierto es que hay gente que cree en ellas, que las trasmite, la promociona y con ello, sufrimos quienes vemos caer en el juego de la red a gente que está comprometida con su fe, pero que desconoce su propia religión.

Las adivinanzas, los pasatiempos que desvelan el futuro, la quiromancia, y otros jueguecitos que nos van a descubrir facetas insospechadas de nosotros. No son más que tonterías que juegan con nuestros datos para captar información. En el mejor de los casos. Y que además nos llevan por la cuesta del pecado. Me dirán ustedes que la gente se lo toma todo a broma, que no tiene mayor importancia. Yo sólo indico lo que dice la Iglesia, este tipo de pasatiempos es pecado.

Y cuando la gente pregunte por qué es pecado una curiosidad tan simple como saber qué significa mi apellido. Les responderé que porque nos hace caer en la tentación y la vanagloria, y además nos acerca un poco más a lo esotérico a lo oculto, al lado oscuro del ser humano.

Nadie que desee saber su porvenir por el color, la forma de sus manos, la fecha de nacimiento o a combinación de sus apellidos, está exento de ofender a Dios, ya nos advirtió Jesús que adivinos y profetas vendrían a confundir a los creyentes. Hoy es fácil que esa confusión se revista de una vana afición o curiosidad en la red. Hoy es más peligroso que nunca compartir estas aficiones sin denunciarlas.

Son en esencia tentaciones hacia la confianza en la voluntad de Dios. Ponen en duda su omnipotencia, transmiten la idea de que ciertas casuísticas condicionan al ser humano para siempre, por tanto son contrarias a la libertad inherente que Dios nos ha dado a cada uno de nosotros.

El esoterismo se ha colado en la red, se multiplica como la esporas y ya nadie está a salvo, incluso si no juegas a estas ocurrencias, sigues apareciendo clasificado por una serie de condicionantes absurdos. Yo les invito a no ensuciar la páginas que visitamos, a mantenernos limpios de estos jueguecitos, a salvaguardarnos de la tentación de querer saber el futuro, el destino, las características, etc. Porque todo ello nos aparta de la gracia que es en esencia lo que nos mantiene unidos a Dios.

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El precio de la fama

Siempre he pensado que debería ser horroroso depender de los demás al estilo de los artistas. Se la juegan diariamente y si tienen un mal día, son capaces de hundirles. No deja de llamarme la atención el grado de autoestima que deben tener, tan grande como su ego, cuando sufren el aplauso general por su actuación. Me pongo en su piel y entiendo que no se puede ser una persona normal, tras ese club de fans que te persigue por todo el mundo, que adora tus fotos y pide tu autógrafo, ahora directamente un selfie. Que con esto de los anglicismos nos hemos pasado a la estupidez. Ya lo dice la Real Academia, tenemos un lenguaje que no necesita palabrejas inglesas. Pero ahí andamos.

Pues como iba diciendo los artistas son unos personajes espectaculares que viven de su imagen y que aman a muerte a quienes promocionan su rostro o pregonan sus ocurrencias.

La fama tiene sus propios demonios interiores, no poder soportar un fracaso, vivir pendiente de que suene el teléfono, gestionar tu vida al compás de lo que otros dictaminan, dejar tu piel en el escenario y pasar a la soledad de la habitación del hotel. Porque no me dirán que lo de las giras, bolos, o como se llame, no tiene su coste. Ese tener que apartarte de los tuyos para recorrer el mundo en gira teatral o musical.

Siempre he pensado que esos altibajos emocionales les afectaba directamente en su vida familiar. Que no podían ser como el resto de los mortales, tienen una pastas especial y naces con ella o no puedes seguir el ritmo. No hay vuelta de hoja. Por eso les admiro, al tiempo que siento cierta pena por su vida, Ya que dependen de lo que digan los demás, pendientes siempre del éxito o el fracaso.

Vamos que la vida de un artista me parece inconcebible en mi piel de ciudadana de a pie, con pánico escénico y ganas de pasar siempre desapercibida. Por eso el glamour de esta gente me intriga. No concibo que deseen vivir acaparando portadas y fotos. No entiendo que cuiden su dieta al milímetro para seguir siendo admirados y deseados. Me da escalofrío cuando lo pienso. Y es que una, jamás ha querido ser actriz, y no se concibe arriba de un escenario. Tampoco me gustan los disfraces y mucho menos posar para nada. De manera que mientras tantos jóvenes desean ser actores de cine o televisión, yo sigo observando el fenómeno con inquietud de sabueso. ¿Qué les falta en su vida para desear ser un personaje?. ¿Qué carencias afectivas soportan para soñar con tener miles de fans dispuestas a lo que sea por ell@s?.

En definitiva el arte es algo muy complejo, pero ser artista tiene unas reglas específicas cuyo peaje hay que abonar y alguien debiera advertir a nuestros jóvenes que esos peajes sólo son capaces de pagarlos gentes con piel de elefante, con una piel especial muy especial, capaz de soportar el altibajo efímero de la fama. Y pasar por las sombras del anonimato durante largas temporadas.

Hago un recuento de actores y actrices que ya no veo en la pantalla y me da escalofrío que se hayan desvanecido por ahí en teatros de provincias hasta que les llegue un nuevo papel para encumbrarlos al Olimpo de los dioses del celuloide. Como dijo alguien: lo difícil hijos míos no es llegar, sino mantenerse. Y sólo los grandes logran mantenerse a lo largo de los años. Son los menos y arrastran tras de sí penurias de todo tipo que no aparecen en las portadas de las revistas. Mi respeto hacia ellos y mi más sentido pésame por una vida tan voluble.

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“Llena de gracia”, los últimos días de María

Ayer estuve viendo Llena de gracia. Un silencio casi sagrado durante todo el metraje. Una música que invita a la contemplación. Unos paisajes maravillosos. La historia de los últimos días de María se recrea en esta pequeña perla cinematográfica, mostrando la visión de unos seguidores de Jesús, sobrepasados por su misión. En ella Pedro, titubea, se siente inseguro, no ve claro su papel de líder de la Iglesia. Ni siquiera es capaz de resolver los problemas que surgen entre los nuevos seguidores del Galileo.

María nos invita como siempre a la confianza, al milagro de su FIAT que hizo posible la Encarnación y a sabernos portadores de una fe que va en vasijas de barro, que muchas veces parece diluirse, desvanecerse, pero como ella dice, siempre queda la luz. Una pequeña luz encendida que nadie puede apagar, porque proviene del recuerdo de ese primer encuentro con Dios, de ese toque profundo en nuestra interioridad. Y eso es lo que hay que rescatar en cada momento de crisis.

No hay una dormición al uso, siguiendo las leyendas que nos han sido trasmitidas. Hay un despedirse del mundo sabiendo que se parte hacia el mejor lado. Y unos apóstoles tan sencillos y humanos como debieron serlo en la realidad. A veces los diálogos se hacen intensos, densos, no hay acción en la película, todo es pura meditación viva del Evangelio, de los recuerdos que perviven en esa pequeña comunidad de María.

Asistí a la película con gente que no practica nuestra fe, pero que mantiene cierto sentido de la espiritualidad. Y les gustó. Y a mí me gustó que fuera así, que pudieran sobrepasar el dogma la fe sencilla de unos personajes vulnerables y fuertes a la vez. Curtidos en una experiencia única haber visto milagros, haber presenciado multitudes siguiendo a Jesús, haber llegado al pie de la cruz para ver cómo todo se desvanecía durante tres largos días de oscuridad y dolor.

Y sin embargo, también fueron testigos de la Resurrección y del poder que se les había sido concedido, capaz de sanar enfermos con solo tocarlos con su mano invocando la presencia de Jesús. En la cinta está presente el memorial de la Eucaristía invocado con la sencillez de quienes vieron realizarlo como un signo más que les ponía en unión con el Padre y el Hijo.

Una cinta para ver sin prejuicios y que fue aplaudida tras su proyección. Mucha gente de fe en la sala, otros escépticos, ya digo. Llena de gracia es un canto al Fiat que todo creyente debe guardar en su corazón.

No muy bien catalogada por la crítica, es sin embargo recomendable su visión. Tras la proyección queda una música excelente que acompaña a la meditación de la palabra que hemos escuchado, y la sensación de haber presenciado un retiro de orantes en mitad de un paisaje que recuerda siempre la Ascensión del Señor. Y la presencia permanente de ese “no tengáis miedo, yo siempre estaré con vosotros”. Las mismas palabras que María dirá a los discípulos de Jesús, yo siempre estaré con vosotros.

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El futuro que se nos impone

En tiempos convulsos se suele decir que hay que construir puentes. Es una frase engañosa que nos desliza por el tobogán del relativismo más ramplón. En tiempos recios, como diría la Santa abulense, lo que hay es que jugar el todo por el todo y tener muy presente la verdad, como brújula que rige la vida.

Hemos aparcado los sentimientos tradicionales de la familia y el respeto, por ese ir de colega con coleta, por ese dar todo por bueno, sin más discernimiento que el que blasonan los púlpitos mediáticos. Y claro, perdemos la identidad por el camino y llegamos a situaciones verdaderamente dantescas. No imagino una copa del Rey pitando al Rey. ¿Habrá mayor contrasentido?. Ese ondear banderas republicanas por el aire, ese pitar al representante de un país, en un evento deportivo, muestra la deriva cerril de quienes confunden la tolerancia con la falta de respeto.

Esa falta de respeto lleva a los tribunales a quienes osen llamar al orden y defienda los valores tradicionales de la familia. Le ha pasado a monseñor Cañizares, hay temas que no se pueden tratar, es como mentar a la bicha, y la cornada está asegurada
.

Pero esos tiempos recios necesitan personas de temple como el desaparecido Miguel de la Quadra Salcedo. Personas con una impronta que dejan huella y una herencia de saber hacer las cosas con rigor, con profesionalidad. Por eso defender los valores básicos de la convivencia no es ir contra nadie, es sencillamente apostar por la verdad.
Los que van contra los demás, son quienes se sienten heridos por ser diferentes, por querer acaparar un espacio que no les pertenece. Se puede respetar todo, pero no se puede claudicar ante lo obvio, que se nos quieren imponer ideologías de cariz totalitario con la coartada de los derechos humanos como fondo. Confundiendo al personal con la demagogia barata y de merengue.

Tiempos de posicionarse a favor o en contra con diálogo sí, pero sin claudicaciones hacia la galería. Por eso tenemos presente la imagen de un Jesús misericordioso, tolerante, pacífico. Y sin embargo, capaz de coger el látigo y expulsar a los mercaderes del templo; capaz de llorar por aquellos que van buscando la manera de comprometerlo. Un Jesús, que nunca claudica ante la verdad. Y ahí es donde debemos mirarnos en el espejo. En defender la pluralidad, sin romper con los principios que sustentan nuestra fe y en tener claro que son los otros quienes persiguen al disidente.

No somos nosotros quienes vamos contra nadie. Sencillamente hacemos un llamado a la conciencia antropológica del ser humano, a la esencia de sus valores, y ese llamado molesta a quienes tienen como blasón el relativismo más ramplón como compañeros. Ser tolerantes, no nos convierte en cómplices de políticas que van contra la esencia de la familia. Y en eso debemos ser cautos, porque se están aprobando leyes que socavan los cimientos de esta sociedad, tal y como la conocemos desde hace muchas generaciones.

Nuestra civilización peligra por las ideologías totalitarias que quieren imponer el blanco y negro para todos, en nombre de los derechos humanos. Olvidando que antes se encuentra una antropología milenaria que sustenta nuestra civilización. Y que todos debemos defender, va en ello nuestra propia supervivencia.

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Mes de María, mes del Rosario

En el mes de María no podía dejar de recordar el rezo del rosario. Estoy convencida que a muchos les resultará una devoción decimonónica y casi sin sentido. Pero la realidad de las apariciones de la Virgen en miles de lugares, predican el rezo de rosario por la conversión de los pecadores y para alcanzar múltiples gracias.

Para quienes no están acostumbrados a este desgranar padrenuestros, avemarías y glorías, les puedo asegurar que son la puerta por donde se entra a otro tipo de oración más mística o mental. La meditación de los misterios del rosario, cada día, es un Evangelio viviente que nos recuerda los principales acontecimientos de la vida de Nuestro Señor.

Recientemente los misterios Luminosos fueron añadidos por San Juan Pablo II y no tienen desperdicio. Son en esencia la conmemoración del Bautismo de Nuestro Señor; la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná; La proclamación del Reino de Dios; La Transfiguración y la institución de la Eucaristía.

Para muchos meditar sobre cada misterio es un recuerdo permanente del Evangelio y sus escenas más importantes. La promesas al quienes recen el rosario, son siempre una puerta de esperanza para el alma. Se puede rezar por una intención particular, o por las intenciones del Santo Padre. También se puede pedir una petición distinta al inicio de cada Misterio.

En cualquier caso, rezar el rosario de manera mecánica, nos lleva a meditar en las oraciones más hermosas que tenemos: El Padre Nuestro , el Ave María y el Gloria. Las principales oraciones de la vida cristiana, junto al Credo y la Salve.

Entre las promesas ofrecidas a quienes recen el rosario se muestran las siguientes:
1.- El que me sirva, rezando diariamente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida
2.- Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.

3.- El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.

4.- El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la misericordia divina; sustituirá en el corazón de los hombre el amor del mundo al amor por Dios y los elevará a desear las cosas celestiales y eternas.

5.- El alma que se encomiende por el Rosario no perecerá.

Hay que recordar que fue Santo Domingo de Guzmán, el fundador de los dominicos, a quien se atribuye la devoción del Santo Rosario. Se cuenta que Domingo de Guzmán veía a la Virgen sosteniendo en su mano un Rosario y que le enseñó a recitarlo. Le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

Según Roma Reports, al menos 100 santuarios participarán en un rosario global el día del Sagrado Corazón de Jesús, por los sacerdotes de todo el mundo. No lo olvidemos y si tenemos ocasión oremos con este poderoso instrumento de conversión que se nos ha donado de manos de María.

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Indigna lo del toro de la Vega

Nunca creí que llegaría a decirlo, pero me indignan las temáticas recurrentes que se repiten monótonamente cada día. Me indigna la discusiones sobre el derecho a la vida del ser humano y la defensa a ultranza del Toro de la Vega. Que los animalistas triunfen ante la barbarie del aborto, me indigna. Y lo reitero, es un tema recurrente, matamos indiscriminadamente a fetos que son seres vivos, pero defendemos al toro de una muerte que es su sino. Toros que terminarán en el matadero si o si. Cierto que no voy a hacer una defensa del ensañamiento con el animal. Pero cuando lo comparo con el aborto, me sublevo. ¿Qué es lo que hace que alguien defienda a muerte a los animales y condene al ser humano?. ¿Qué sociedad es la que crea un lobby abortista con todo su entramado comercial, de cremas elaboradas sobre los fetos abortados. ¿Negocios de la internacional de la muerte podríamos decir?.

¿Por qué no se defiende el derecho a la vida?. ¿Por qué se tiene miedo de ir contracorriente, contra el pensamiento dominante, contra la cultura del descarte, de la que tanto habla Francisco?. Y me aburre sacar el tema, pero es que si no se habla de esto, la gente ni siquiera es consciente del abismo del mal que nos envuelve en esta sociedad corrupta desde la cúspide al pie de la pirámide.

El feminismo, no es defender el aborto o el matrimonio homosexual. Ni creer en la ideología de género al estilo de Simone de Beauvoir. Ni consiste en ser animalista a ultranza o ecologista de fin de semana. El feminismo es algo más complejo, defiende de la dignidad a la mujer y entre las muchas indignidades que hoy hay se encuentra el del aborto, que suprime una vida humana con radicalidad, cuando muy bien podríamos estar dejando de alumbrar un genio para la humanidad.

El feminismo no está en contra del Toro de la Vega, pero tampoco entiende que se monte semejante jaleo por una animal, noble, pero que es sacrificado y puesto en nuestras mesas, cuando miles de fetos son asesinados habiéndoles negado el derecho a la vida. Cuando se sabe del sufrimiento que provoca un aborto en todos los sentidos. Por eso indigna volver a nombrar estas cosas. Y que pasen sin pena ni gloria por los ojos de los lectores.

Aburre el partido animalista, aburre el lobby gay y el lobby abortista. La publicidad hace que nadie se cuestione sus actuaciones, como en su época no se cuestionó la esclavitud durante miles de años. Y hoy nadie es capaz de argumentar a favor de semejante disparate de la humanidad.

Indigna saber que se sacrifican miles de fetos todos los días. Y no hay conciencia de defender la vida por encima de cualquier otra consideración. Porque las casuísticas que han hecho posible la legislación abortista no son de recibo, son una mala interpretación de la misericordia, esa palabra que también está en boca de Francisco y de la que todo el mundo habla con simpleza.

No señores, la misericordia está en las raíces profundas del ser humano, en su dignidad como persona. Y cuando se manipula la vida, algo de esa dignidad se destruye sin remisión. Ser progresista es defender el progreso que va a favor de la vida y del respeto de todas las personas. Pero no confundir nunca el culo con las témporas. Como decía con aire castizo Don Camilo José Cela. Por eso también hay homosexuales que no creen en el matrimonio gay, ni en los vientres de alquiler, ni en las adopciones por parejas homosexuales. Y lo repito, el tema aburre, de tanto reiterarse en los medios de comunicación. Las salvajadas que las legislaciones actuales están aprobando son un dislate sin parangón en una sociedad que se dice defensora de los derechos humanos. Pero que no los respeta, porque confunde el contenido con el continente.

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De escritores inadaptados y otras falacias

“La primera condición para ser escritor es ser un inadaptado”. Lo dice Juan José Millás en Levante. Para continuar leyendo hay que ser suscriptor y yo no lo soy. De manera que sobrevuela en mi cabeza el titular. El escritor maldito, ese que está condenado a vivir una angustia vital que le lleva de la depresión al suicidio, es sólo una muestra representativa de la variedad de personalidades creativas. Yo no creo en la aseveración de Juan José Millás.

No apuesto por la inadaptación como condición sine qua non. Hay escritores muy adaptados y sensatos. Los hay casados o solteros, viudos o en pareja de hecho. Y a nadie se le ocurre que para ser escritor se tenga que ser un inadaptado. En realidad la labor de escribir es más bien solitaria y necesita de grandes dosis de fuerza de voluntad para llenar la página en blanco, la pesadilla de cualquier escritor. Pero reconozco que entre los ilustres convidados de piedra que nos dejaron sus obras inmortales, hay de todo como en botica. Y nadie tiene por qué creer que un escritor es un inadaptado.

No hay nada mejor que tener vocación por las letras, juntar palabras es una afición que además elabora sinapsis neuronales positivas, ayuda a pensar con claridad, facilita la comunicación, gratifica a quien practica el arte de la escritura. No se necesita ser un primera línea para vivir de las letras basta amarlas con toda la pasión de que uno sea capaz.

Pero ser inadaptado para escribir, es casi ya una novela por sí misma. Hay escritores felices y otros que no lo fueron tanto. Sin embargo no me imagino el camino tortuoso de la escritura como una péndulo hacia el desarraigo social. En realidad muchos de los escritores que consiguieron una vida agradable gracias a sus obras, hubieran finalizado, precisamente en la inadaptación social Ha sido la escritura la que les salvó de convertirse en un despojo de la sociedad. Y gracias a ella sobreviven con dignidad.

La crónica social nos deja escritores suicidas, tortuosos, mala gente, viciosos, ahítos de experimentar todo tipo de sensaciones. Esa imagen nos ha sido trasladada en el papel y también en el celuloide. Pero las hermanas Brontë parecen de lo más sensatas que uno pueda encontrar en su camino. Imagino a un padre de familia como Miguel Delibes y no encuentro ningún atisbo de inadaptación en su vida. Que fue labrada con esfuerzo y dedicación.

Lo que sí que precisa cualquier escritor es esa pasión por crear de la nada toda una historia, los hay que novelan su vida como es el caso de Vargas Llosa con La tía Julia y el escribidor. Los hay que crean mundos fantásticos como Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, y luego cuando se les sigue la pista resulta que se nutrieron de una realidad muy cercana que les dio la idea para crear sus personajes.

Es cierto que muchos escritores sufren neurosis, depresiones y otros trastornos, pero en igual grado que ciento de profesiones liberales. Tendríamos que desmitificar la idea del escritor maldito, porque en justicia no es real, proviene de la misma literatura. Y si bien es cierto que hay casos de suicidio y desgracias familiares, tendremos que reconocer que los hay también en otras parcelas de la vida social.

Considerar al artista o creador un ser inadaptado es una quimera más que alumbra el imaginario colectivo. De entre los miles de escritores que hay, sólo fueron malditos o suicidas un puñado de ellos. No seamos agoreros y reconozcamos que para escribir además de las musas se requiere oficio y dedicación, dos virtudes de fortaleza moral poco propias de seres inadaptados.

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Pentecostés y sus siete dones

Hoy toca hablar de Pentecostés. Esos cincuenta días tras la Pascua que finalizan con la llegada del Espíritu Santo. El dador de dones. El Consolador. El gran desconocido para muchos. Vengo de una comunión multitudinaria, como viene siendo habitual en estas fechas. Una comunión donde el sacerdote se sabía portador del mejor regalo, para los niños. Sabía que les entregaba la mejor parte El Sacramento de la Eucaristía que les incorporaba a esa vida adulta del cristiano. Un sacramento que es preludio del de la Confirmación, que parece como más solemne como más comprometido. Sin embargo, es la Eucaristía en sí misma toda una gracia.

Que sea en Pentecostés cuando estos jóvenes reciben el regalo del cielo debiera quedar grabado en su memoria como una casualidad maravillosa, para recordar toda su vida. Es el Espíritu quien nos asiste en la vida diaria, en las dificultades. Es soplo, aliento, fuego, vida. Es quien seguirá animándonos en los momentos de conflicto.

Que esas comuniones que parecen una etiqueta social, se conviertan de verdad en la puerta que abre un Sacramento de Vida a los niños. Un sacramento para crecer junto con el hálito del Espíritu en todos los dones que hoy se derraman en la Iglesia de manera conmemorativa. Veamos cómo se realiza este milagro.

Sabiduría:
gusto para lo espiritual, capacidad de juzgar según la medida de Dios.
El primero y mayor de los siete dones.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 9-IV-89

La sabiduría “es la luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios… Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en ellas. … “Un cierto sabor de Dios” (Sto Tomás), por lo que el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive ”
Además, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios. Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.
Ejemplo: “Cántico de las criaturas” de San Francisco de Asís… En todas estas almas se repiten las “grandes cosas” realizadas en María por el Espíritu. Ella, a quien la piedad tradicional venera como “Sedes Sapientiae”, nos lleve a cada uno de nosotros a gustar interiormente las cosas celestes.

Gracias a este don toda la vida del cristiano con sus acontecimientos, sus aspiraciones, sus proyectos, sus realizaciones, llega a ser alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con la luz “que viene de lo Alto”, como lo han testificado tantas almas escogidas también en nuestros tiempos… En todas estas almas se repiten las “grandes cosas” realizadas en María por el Espíritu Santo. Ella, a quien la piedad tradicional venera como “Sede Sapientiae”, nos lleve a cada uno de nosotros a gustar interiormente las cosas celestes.

“La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza” Sb 7:7-8.
Por la sabiduría juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas por sus últimas y altísimas causas bajo el instinto especial del E.S., que nos las hace saborear por cierta connaturlidad y simpatía. Es inseparable de la caridad.

Inteligencia
(Entendimiento): Es una gracia del Espíritu Santo para comprender la Palabra de Dios y profundizar las verdades reveladas.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 16-IV-89

La fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es también búsqueda con el deseo de conocer más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior nos viene del Espíritu, que juntamente con ella concede precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad divina.
La palabra “inteligencia” deriva del latín intus legere, que significa “leer dentro”, penetrar, comprender a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que “escruta las profundidades de Dios” (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?” (Lc 24:32)

Esta inteligencia sobrenatural se da no sólo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores que, como sucesores de los Apóstoles, son herederos de la promesa específica que Cristo les hizo (cfr Jn 14:26; 16:13) y a los fieles que, gracias a la “unción” del Espíritu (cfr 1 Jn 2:20 y 27) poseen un especial “sentido de la fe” (sensus fidei) que les guía en las opciones concretas.

Efectivamente, la luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también mas límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro. “¡signos de los tiempos, signos de Dios!”.

Queridísimos fieles, dirijámonos al Espíritu Santo con las palabras de la liturgia: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo” (Secuencia de Pentecostés).
Invoquemoslo por intercesión de Maria Santísima, la Virgen de la Escucha, que a la luz del Espíritu supo escrutar sin cansarse el sentido profundo de los misterios realizados en Ella por el Todopoderoso (cfr Lc 2, 19 y 51). La contemplación de las maravillas de Dios será también en nosotros fuente de alegría inagotable: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (Lc 1, 46 s).

Consejo: Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 7-V-89

2. Continuando la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo, hoy tomamos en consideración el don de consejo. Se da al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone.
Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina «reconstrucción de las conciencias». Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos.

En este empeño de recuperación moral la Iglesia debe estar y está en primera línea: de aquí la invocación que brota del corazón de sus miembros -de todos nosotros para obtener ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos. Y en realidad la experiencia confirma que «los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas», como dice el Libro de la Sabiduría (9, 14).

3. El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma (cfr San Buenaventura, Collationes de septem don is Spiritus Sancti, VII, 5). La conciencia se convierte entonces en el «ojo sano» del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor que hay que hacer en una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil. El cristiano, ayudado por este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña (cfr Mt 5-7).

Por tanto, pidamos el don de consejo. Pidámoslo para nosotros y, de modo particular, para los Pastores de la Iglesia, llamados tan a menudo, en virtud de su deber, a tomar decisiones arduas y penosas.
Pidámoslo por intercesión de Aquella a quien saludamos en las letanías como Mater Boni Consilii, la Madre del Buen Consejo.

Fortaleza: Fuerza sobrenatural que sostiene la virtud moral de la fortaleza. Para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente. Supera la timidez y la agresividad.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 14-V-89

1. En nuestro tiempo muchos ensalzan la fuerza física, llegando incluso a aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. En realidad, el hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente en el campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre el ejerce el ambiente circundante.

2. Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la fortaleza es la virtud de quien no se aviene a componendas en el cumplimiento del propio deber.

Esta virtud encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y la dureza en las relaciones económicas, sociales y políticas. La timidez y la agresividad son dos formas de falta de fortalezaque, a menudo, se encuentran en el comportamiento humano, con la consiguiente repetición del entristecedor espectáculo de quien es débil y vil con los poderosos, petulante y prepotente con los indefensos.

3. Quizá nunca como hoy, la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad de ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no solo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.

Cuando experimentamos, como Jesus en Getsemani, «la debilidad de la carne» (cfr Mt 26, 41; Mc 14, 38), es decir, de la naturaleza humana sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: «Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12, 10).

4. Son muchos los seguidores de Cristo -Pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos, comprometidos en todo campo del apostolado y de la vida social- que, en todos los tiempos y también en nuestro tiempo, han conocido y conocen el martirio del cuerpo y del alma, en íntima unión con la Mater Dolorosa junto la Cruz. ¡Ellos lo han superado todo gracias a este don del Espíritu!

Pidamos a Maria, a la que ahora saludamos como Regina caeli, nos obtenga el don de la fortaleza en todas las vicisitudes de la vida y en la hora de la muerte.

Ciencia: Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 23-IV-89
1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo, que hemos comenzado en los domingos anteriores, nos lleva hoy a hablar de otro don: el de ciencia, gracias al cual se nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.

Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo.

2. Para resistir esa tentación sutil y para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar, he aquí que el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de la ciencia. Es esta la que le ayuda a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador. Gracias a ella -como escribe Santo Tomás-, el hombre no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida (cfr S. Th., 11-II, q. 9, a. 4).

Así logra descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y como consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias. Esto es lo que tantas veces y de múltiples modos nos sugiere el Libro de los Salmos. ¿Quien no se acuerda de alguna de dichas manifestaciones? “El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18/19, 2; cfr Sal 8, 2); “Alabad al Señor en el cielo, alabadlo en su fuerte firmamento… Alabadlo sol y Luna, alabadlo estrellas radiantes” (Sal 148, 1. 3).

3. El hombre, iluminado por el don de la ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa.
Esta ha sido la experiencia de los Santos… Pero de forma absolutamente singular esta experiencia fue vivida por la Virgen que, con el ejemplo de su itinerario personal de fe, nos enseria a caminar “para que en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegria” (Oración del domingo XXI del tiempo ordinario).

Piedad: Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre. Clamar ¡Abba, Padre!
Un hábito sobrenatural infundido con la gracia santificante para excitar en la voluntad, por instinto del E.S., un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad universal para con todos los hombres en cuanto hermanos e hijos del mismo Padre.

S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 28-V-1989.

1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva, hoy, a hablar de otro insigne don: la piedad. Mediante este, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.

La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vació que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda y perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno. En este sentido escribía San Pablo: «Envió Dios a su Hijo…, para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo…» (Gal 4, 4-7; cfr Rom 8, 15).

2. La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su Corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano «piadoso» siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto el se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.

El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.

3. Invoquemos del Espíritu Santo una renovada efusión de este don, confiando nuestra súplica a la intercesión de Maria, modelo sublime de ferviente oración y de dulzura materna. Ella, a quien la Iglesia en las Letanías lauretanas Saluda como Vas insignae devotionis, nos ensetie a adorar a Dios «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23) y a abrirnos, con corazón manso y acogedor, a cuantos son sus hijos y, por tanto, nuestros hermanos. Se lo pedimos con las palabras de la «Salve Regina»: «i… 0 clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria!».

Temor de Dios: Espíritu contrito ante Dios, concientes de las culpas y del castigo divino, pero dentro de la fe en la misericordia divina. Temor a ofender a Dios, humildemente reconociendo nuestra debilidad. Sobre todo: temor filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de “permanecer” y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).
S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 11 -VI-1989.

1. Hoy deseo completar con vosotros la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo. El Ultimo, en el orden de enumeración de estos dones, es el don de temor de Dios.

La Sagrada Escritura afirma que “Principio del saber, es el temor de Yahveh” (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de que temor se trata? No ciertamente de ese «miedo de Dios» que impulsa a evitar pensar o acordarse de El, como de algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a «ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín» (Gen 3, 8); este fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cfr Mt 25, 18. 26).

Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto del temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime: es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda malestas de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser «encontrado falto de peso» (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el «espíritu contrito» y con el «corazón humillado» (cfr Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación «con temor y temblor» (Flp, 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley.

2. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva con el don del temor de Dios. Ciertamente ello no excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Sin embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de “permanecer” y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).

3. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos.Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: “Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios» (2 Cor 7, 1).

Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos. Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo. Invoquémoslo por intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste o se conturbó» (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad que se le confiaba, supo pronunciar el fiat» de la fe, de la obediencia y del amor.

Que estos siete dones se mantengan permanentemente en nosotros, para mayor gloria de nuestro Señor.

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Diaconisas. Sí, pero no, al estilo de Francisco

Cuando los titulares conforman una realidad paralela que en nada se corresponde con la verdad, entramos en una dinámica peligrosa. El Papa Francisco se va a caracterizar en su pontificado por la cantidad de esperanzas que alumbra en cada una de sus intervenciones, y por la tozuda realidad que se empeña en situar a la Iglesia a la cabeza de una institución que salvaguarda la Tradición.

Por eso llama la atención que el Papa esté dispuesto a estudiar el papel de las diaconisas, como lo estuvo en el caso de los separados y vueltos a casar. Una ya está viendo venir un nuevo papel para la mujer en la Iglesia dentro del diaconado, del servicio, pero no del orden sacerdotal, como algunos se atreven a afirmar. Y es que es imposible contradecir al Papa Juan Pablo II que habló sobre el tema de manera clara y rotunda.

El Papa genera numerosas expectativas, pero también enormes contradicciones. Tantas que los mismos cardenales andan divididos por las declaraciones de Francisco y tienen que venir con goma de borrar a rectificar o matizar aquello que ha dicho el Santo Padre.

No hace mucho yo hablaba del papel de la mujer en la Iglesia y de esa necesidad de que hubieran mujeres diaconisas. El mismo Francisco parece querer sugerir ese camino, pero a la manera gallega nos deja caer que se estudiará en qué consistía el diaconado de la mujer en la Iglesia. Algo que no está en absoluto claro según los monseñores y algunos teólogos de la vieja guardia.

Por tanto, ni hay que esperar mujeres diaconisas, ni otra cosa que “mucho ruido” que es lo que el mismo Francisco pide que haga la Iglesia. Lo que Sandro Magister y otros Vaticanistas se preguntan es si no estaremos ante un Papa que arma más bien lío, que confunde más que aclara. Que suscita lagunas enormes en la Tradición de la Iglesia y cuyo estilo espontáneo y descuidado, da lugar a declaraciones que no se sostienen ni dentro de la Tradición, ni dentro de la teología.

Yo no sé si esto es así, pero al parecer el Papa está dispuesto a que se titule de cualquier manera sus palabras, dando lugar a confusiones de bulto que avergüenzan a la propia institución eclesial, siempre tan comedida en sus declaraciones.

Tenemos por tanto un reto muy grande en este Papado, un aventar esperanzas que no se corresponden con la realidad cotidiana. Un conseguir titulares que llevan a la laxitud moral, al relativismo más ramplón. Un perseguir la misericordia a riesgo de hacer perder el sentido de la fe a muchos fieles. Que se preocupan y con razón del sensus fidelium, alborotado por tanta declaración que parece contradecirse en sí misma.

Esta primavera de Francisco está dando lugar a un navegar por aguas pantanosas. La enorme alegría de ser hijos de Dios se ve empañada por las travesuras dialécticas del Papa Francisco que abre la puerta al sí, pero no. Algo de este cariz me espero con el tema de las diaconisas, una larga y profunda reflexión del gran papel de la mujer en la Iglesia, para concluir que estamos en la misma para servir, no para buscar cargos de poder. Sin que se les caiga la cara de vergüenza a los monseñores con capelo y mitra especial.

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