Eutanasia y financiación de la Iglesia

Los chicos de Podemos y sus adláteres piden legalizar la eutanasia, es decir el suicidio asistido. Una nueva puerta al abismo del mal, donde se legaliza el derecho a morir “dignamente”. Estamos ante el mismo dilema que supuso la despenalización del aborto, cuyo paso siguiente fue “el derecho al aborto”. Los legisladores son muy cucos, la semántica de las leyes es tan espesa que sólo la comprenden quienes llevan toga. Pero lo que sí tenemos muy claro es que los cuidados paliativos no hacen la muerte menos digna, que ese supuesto coladero para la eutanasia.

Se han puesto también farrucos con la cuentas de la Iglesia. Llevan muy mal que se financie voluntariamente con una cruz en la declaración de la renta. Ya quisieran ellos poder subsistir de esa manera tan democrática, pero no es así, se les permite según el número de votos una financiación. Y ya sabemos qué pasa con esas financiaciones opacas de partidos, todos ellos con cuentas pendientes. Pues bien, aunque ellos no se autofinancian a sí mismos, ponen plazo a la Iglesia para que lo haga, sin caer en la cuenta que la x en la declaración de la renta es absolutamente voluntaria.

Los alternativos chicos de Podemos son anticlericales casposos del tipo clásico en la España del siglo XIX y XX. Si de ellos dependiera vendría otra desamortización como la de Mendizábal. Y así con aires de libertad volveríamos a ser un poco más esclavos de la intolerancia y la malicia soterrada en consignas buenistas y liberales.

Pues miren, yo no soy partidaria de liberalizar la eutanasia. En Holanda los ancianos huyen precisamente a España para vivir con tranquilidad sus últimos años. Temen  ser una carga para la sociedad y que los incluyan en afiliados a las lista de la muerte digna, con psicólogo pagado por el Estado para aleccionar, que no vale la pena vivir según cómo.

Lo cierto es que la cultura de la muerte se impone de manera visceral en nuestra sociedad. La defensa del derecho a la vida y la gratitud permanente hacia quienes hicieron posible nuestra educación y crecimiento, debería llevarnos a luchar por mejorar las condiciones de vida de todos aquellos que dejaron sus lomos curvados al servicio de la sociedad. Es de bien nacidos ser agradecidos. Y no, no valen los casos patéticos para dar barra libre a la eutanasia o el aborto. Pero parece que caminamos hacia una sociedad que confunde el culo con las témporas como hubiera sentenciado Camilo José Cela.

Yo me permito dirigirme a los chicos de Podemos, llenos de ideales y consignas revolucionarias, para que reposen su mirada en frío, sin resquemores alimentados por tantas demagogias como nos han hecho tragar determinados medios. Lo cierto es que la Iglesia es una Institución milenaria, que ha cubierto las necesidades de la sociedad más paupérrima y lo sigue haciendo, con las aportaciones voluntarias de sus fieles. Cáritas no es una cuestión de privilegio social, sino de entrega generosa por parte de muchos. Los hospitales y colegios que llevan un ideario religioso, miren por dónde alimentan a esos señoritos de Podemos. Les han enseñado la opción preferencial por los pobres y fuera de misticismos, encuentran que sirviendo al partido lograrán cambiar el mundo.

Sin embargo, los católicos de a pie que creemos en la doctrina social de la Iglesia y en el principio de subsidiariedad, estamos por permanecer fieles al Evangelio y predicar a tiempo y destiempo que es la conversión del ser humano el mayor efecto de revolución que habrá jamás en la historia. Esa conversión nos lleva a preocuparnos por la misericordia y pone nuestras esperanzas por encima de las leyes que paulatinamente nos están llevando a una sociedad socialmente totalitaria, con una ideología perversa que llama a las puertas de lo que en el siglo XX se denominó “la banalidad del mal”.

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Del activismo a la interioridad

Parece que el activismo es el testigo de nuestro tiempo. Los frutos por los que se reconocerá al cristiano. Sin embargo, no son nuestros frutos, sino lo que Dios obra en nosotros, lo que realmente cuenta. Por eso, la soledad y el silencio es un lugar de encuentro.

“La conduciré al desierto y le hablaré al corazón”, dice Dios por boca del profeta Oseas (OS 2,14). Se decía de San Benito que vivía dentro de sí, centrado y concentrado.

Se nos llama al activismo, al compromiso, a ser testigos. Pero nos olvidamos que uno puede dispersarse en miles de actividades y ser como decía Pablo VI del hombre moderno “el gran distraído”. El trabajo como fuga de sí mismo, como evasión de nuestro yo profundo.

Hoy es un imperativo el que todo el mundo viva conectado a la red, desde países lejanos con carencias básicas, hasta occidente, somos una aldea global. Sin embargo, se impone mantener un tiempo de silencio también en estos artilugios que nos han construido para nuestra supuesta felicidad. El exhibicionismo que algunos manifiestan en la red viene a identificar su ser con su hacer. Y de esta manera seguimos viviendo fuera de sí. Tenemos miedo al silencio. Nos sentimos asustados si tenemos que caminar solos. Preferimos que nos acompañe el ruido, que nos distraiga.

Perdemos el sentido de la quietud, de la mirada interior. Tener experiencia de desierto, no se reduce a hacer unos ejercicios quincenales. A veces se necesita más tiempo, meses, años. Hay que recordar a la primera comunidad creyente, con María a la cabeza, reunidos en aquellos tiempos, para evocar e interpretar la vida y el mensaje de Jesús. Y reconocer que aquello culminaría con la explosión llameante del Espíritu.

Luego saldrían renovados, aquellos hombres y mujeres sencillos, pescadores, recaudadores de impuestos, trabajadores de su época, se lanzan sin más equipaje que ese fuego encendido en su corazón. Y van a llevar el Evangelio por todo el mundo de su tiempo. Pero unidos siempre en la fracción del pan y la oración.

Nuestro mundo suele oscilar como un péndulo y va de la pasividad al activismo, de las devociones a la entrega a fondo perdido a los demás. Sin un equilibrio básico que una en la misma dirección, que discierna las actitudes de los sentimientos y de los deseos profundos. Porque de los que se trata no es de hacer sino de ser, incluso en la aparente inutilidad de una vida que no parece ser diferente de quien no cree.

Por eso es tan necesario el silencio, para saber oír la voz de Dios, para afinar el oído y escuchar e interpretar los signos de los tiempos. Pablo tampoco reconoce a Jesús en aquella voz que le interpelaba: “Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?. Es Jesús quien se presenta: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues (He 9, 4-6-).

Y luego viene aquello de ser humildes, de reconocer que somos siervos inútiles, de aceptar nuestra propias limitaciones, para encontrar al Señor, hasta en el propio fracaso.

Dicen algunos medios religiosos que la Iglesia no sabe vender su producto. Olvidando que la esencia no está en lo que se hace, sino que toda su actividad tiene por objetivo llevar al encuentro de Jesús, acercar al otro a esa interpelación personal, como Samuel y Pablo: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sam 3,9), porque en eso consiste la conversión: en saberse llamado y responder Amén.

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Semana de oración por la unidad de los cristianos: tipos de oración

Enseñar a orar es algo tan difícil, como conseguir la unidad de todos los cristianos. Elegimos caminos alternativos, oraciones vocales, oraciones leídas y recitadas durante generaciones. Pero no hay nada mejor que elegir las lecturas del día en el Evangelio y meditarlas en el corazón. El camino de la oración necesita mucha fuerza de voluntad, porque no siempre estamos con el ánimo predispuesto para el silencio interior, para el recogimiento que nos lleva al encuentro con Dios.

Pero sucede en ocasiones que una breve oración de apenas una frase repetida mecánicamente, acompasada con el ritmo de la respiración, produce esa unión necesaria que da fuerzas para sobreponerse a los acontecimientos diarios. Repetir por ejemplo: “A ti Señor elevo mi alma, Tú eres mi Dios y mi Salvador”, mientras caminas, mientras vas en el metro, mientras preparas la comida.

Claro que hay que hacer espacios para ese silencio necesario en nuestro interior, por eso muchos deciden elegir un tiempo determinado del año para retirarse al encuentro con el Señor. Un tiempo de mayor profundidad que permita el sosiego suficiente para entrar en el espacio de lo divino. Y estamos en una época que precisa de esa desconexión, porque la tecnología y los estímulos exteriores embotan nuestras mentes.

Y qué pasa con los que tenemos una vida activa trepidante, que sólo permite la oración de la mañana, y la oración de la noche, con cuatro frases mecánicas, sin pausas apenas para tomar conciencia de que se está en la presencia del Señor. Pues realmente, que se necesita la suficiente fuerza de voluntad y el compromiso de hacer oración vocal con serenidad, esperando tiempos mejores.

Acercarse al rosario siempre es un refugio que nos permite meditar los principales pasos de Jesús en la Tierra, un resumen completo del Evangelio y sus acontecimientos más importantes. Y cuando no es posible silenciar a la mente, es camino seguro de buena oración.

Estamos en la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos. Creemos que la fuerza del Espíritu hace posible lo imposible. Pero no confundamos las cosas, existen notables diferencias entre los cristianos. Orar por su unidad es un deber al que nos llama el mismo Señor, determinados un tiempo al año para que las intenciones sobre la unión de los cristianos se presenten en la Iglesia con la fuerza de la comunión de los santos, de todos aquellos que rogamos juntos en las preces. Y está bien que así sea.

Hoy vivimos tiempos convulsos en la Iglesia, facciones de diversa índole que no están conformes por cómo se desarrollan los acontecimientos, creyentes que tienen pensamientos que otros consideran pura herejía. Pero nadie puede juzgar la fe con la que se acercan a la oración y los sacramentos. Sin embargo, la Iglesia en las obras de misericordia se impone la obligación de corregir al que está confundido; enseñar al que no sabe. Y hoy cuando los medios de comunicación nos permiten acceder a la lectura de tantos eruditos de la teología, vivimos no obstante con más confusión que aquellos que se sientan a adorar el Santísimo con la simplicidad del cristiano de a pie.

Oremos por tanto, también por la unidad de los cristianos católicos que tan diversamente expresamos la fe y que producimos a veces perplejidad en los hermanos.

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Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado: ¿Dónde está tu hermano?

Este domingo la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Las imágenes de los campos de refugiados en diversas naciones, sometidos a las inclemencias de una terrible ola de frío, son tan desgarradoras como aquellas otras que Europa vivió en la contienda de la segunda guerra mundial. El Holocausto se presentaba ante los europeos con enormes filas de desplazados hacia los trenes de la muerte. Hoy no sabemos solucionar un conflicto que ha sido creado paulatinamente con la aprobación de los poderosos, ávidos de riquezas en países con gobiernos proclives a todo tipo de desmanes.

Resumiendo, podríamos decir que la avaricia y el poder mueven los hilos de la emigración, que no son de ahora, también existieron en el pasado ante hambrunas y deseos naturales de superación. Los hombres que hoy se juegan la vida arrastrándose miserablemente en un éxodo patético, forman parte del derecho natural de buscar refugio en tiempos de guerra y de tratar de dar mejores condiciones de vida a sus familias.

¿Qué se puede hacer, cuando lo que se vio como un intento de repoblar la Europa seca de nueva savia generacional, se transforma en una avalancha difícil de controlar?. Yo estoy segura que nadie sale de su país con alegría, que dejar atrás las propias raíces, les cuesta a todos los exiliados del mundo. Pero cabrían soluciones factibles si se suprimiese la avaricia de los grandes lobbies que esquilman las riquezas naturales de tantos países. Si la corrupción intrínseca en tantos gobiernos, diera paso a unas democracias plurales y respetuosas con el bien común.

Sería tan fácil como finalizar los conflictos que provocan la inmigración. Pero lo cierto es que las leyes creadas para facilitar el desplazamiento por toda Europa, también provocan que sea difícil controlar el terrorismo global que amenaza al mundo. Y por otra parte es un hecho que el relevo generacional proviene de fuera. Nuestra tasa de natalidad es parte de un problema que va aumentando con el paso de los años. La pirámide de población está envejecida, la solución viene de fuera.

En definitiva lo que ahora nos preocupa es precisamente el derecho humanitario de dar cobijo al inmigrante y refugiado, de proporcionarle las ayudas necesarias para que salga adelante. De fomentar la convivencia con reglas que señalen puntos que no deben ser rebasados. Y todo esto, no es una cuestión de enviar ayuda puntual que las mafias controlan con avidez. Es más bien un clamor hacia nuestros gobernantes para que consensuen medidas que finalicen el drama migratorio, o al menos palíen las guerras y las hambrunas de tantos países cuyo dolor gime a las puertas de Europa.

Pero no seamos ingenuos, estas emigraciones masivas están controladas como peones en un tablero de ajedrez. Son de nuevo un arma de guerra en manos de los islamistas, y nos ponen entre la espada y la pared. Los asesinatos terroristas han golpeado las ciudades hasta convertirlas en lugares de ocupación de las fuerzas de seguridad del Estado. Basta pasear por las calle para ver que cualquier lugar puede ser elegido para proclamar el terror.

Me pregunto si no hay un interés por parte de los señores de la guerra para ocupar todas las ciudades de Europa como si estuviéramos en un estado de sitio permanente. La fragilidad de nuestras democracias queda reflejada en los rostros de nuestros gobernantes. Y es más necesario que nunca que las raíces de Europa sean defendidas, porque lo que se otea en el horizonte es un conflicto de culturas a corto plazo.

Mientras, el mundo está cambiando vertiginosamente en todos los sentidos y los cristianos nos sentimos interpelados por la misericordia: ¿Dónde está vuestro hermano?. grita nuestra conciencia y el testimonio que nos toca dar es sin lugar a dudas el del samaritano, aún a sabiendas de que puede ser aprovechado por los enemigos de la paz.

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“Silencio” una película dolorosa

Es tiempo de silencio, pero no del Silencio que Martín Scorsese ha reflejado en su última película. El silencio de Dios puede ser extremadamente doloroso, especialmente cuando el sufrimiento y la muerte afecta a otros seres. La fragilidad humana se contempla precisamente en dos personajes: el apóstata persistente que siempre pide perdón al sacerdote y el apóstata sacerdote que renuncia a su fe por salvar la vida de otros. Las triquiñuelas de los temibles japoneses que desean a toda costa destruir una corriente occidental que cambia sus costumbres de siglos, son maquiavélicas y sutiles para llevar a la desesperación de dos jesuitas formados y probados hasta beber el cáliz de la Pasión.

Sin embargo el discurso del apóstata Ferreira con el padre Rodrigues es estremecedor, como si la sangre de los mártires fuera totalmente en vano. Como si su fe careciese de la fuerza del Espíritu. La larga agonía del protagonista se traduce en una atmósfera asfixiante pese a la belleza de las imágenes. La música apenas repercute en la emoción del espectador centrado siempre en el dolor y la angustia del martirio Se nos quiere ir llevando a la justificación de la apostasía por compasión, por elucubraciones mentales sobre la peculiar fe de los catecúmenos japoneses. Sin embargo presenta la grandeza del sacerdocio manifestada en cientos de ocasiones: en las confesiones, en los bautismos, en la Eucaristía. No obstante, la sombra de la duda persiste como una arista que se clava dolorosamente en el corazón.

Una película religiosa que enfrenta al espectador con su fe y su capacidad de oblación hasta perturbar lo más profundo de nuestra interioridad. Una película para comentar con gente formada. El resto sólo ve el fanatismo y el sin sentido de un martirio que es fácil eludir con un simple pisotón a la imagen de Cristo. Me gusta ver las películas con tintes religiosos con gente que no cree en la Iglesia católica y al final el discurso siempre nos lleva a que la religión provoca sufrimiento, muerte y odio entre los seres humanos. Una visión alejada completamente de la realidad, en la que precisamente la fe en Dios produce, fraternidad, solidaridad, amor oblativo, entrega en una dinámica de pecado y perdón continuos, porque la debilidad del ser humano imprime carácter.

No, no me gusta Silencio. Y he tardado en hablar de la cinta porque aunque la belleza cinematográfica es evidente, los enfoques y encuadres, los primeros planos, no dejan el corazón en paz. Salí del cine con una triste amargura en mi interior, por la publicidad que se le ha dado a la película, por la promoción que se le ofrece desde la misma Compañía de Jesús. Por la entrevista de Scorsese con el Padre Francisco.

El título es lo más acertado del film, porque el silencio de Dios se vuelve aplastante para el padre Rodrigues en su soledad y su miedo constante de no ser capaz de soportar las penalidades que ve con admiración como sus catecúmenos las aceptan con el valor y la fuerza de la fe.

Espero que otros espectadores encuentren más puntos positivos que los he yo haya podido vislumbrar. No es una película que quisiera volver a ver. Si la Misión nos arrastró a la épica de las reducciones jesuiticas con una banda sonora que nos envolvía en la atmósfera de la cruz y la espada. Aquí tenemos que lamentar que la fe quede reducida a una pequeña cruz escondida entre los pliegues de la túnica del padre Rodrigues al final de su vida de colaboracionista en la persecución religiosa en el Japón

La realización es magistral y la interpretación de los personajes merece un elogio. Es una gran película, sin duda. Al estar basada en un libro cabe decir que habrá que leer la obra de Shusaku Endo.

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Ideología de género: el nuevo totalitarismo

Es fácil escribir a inicios de un nuevo año, basta desear a todos lo mejor, bendecir a la gente conocida y desconocida. Salvar la distancia para estar presente en el corazón de todos aquellos que también forman parte del tuyo propio. Pero una vez realizado este gesto de bonhomía, ya que es de bien nacidos ser agradecidos, pasamos a la realidad apabullante de un mundo en permanente conflicto y de aquellos que azuzan en los medios para llevar el agua a su molino.

No me gusta hablar de la ideología de género porque lleva implícita una serie de contradicciones insalvables. No se trata de la igualdad de hombres y mujeres en derechos y deberes, eso forma parte ya del acervo cultural de nuestra época, aunque medio mundo lo ignore e incluso quienes se las dan de feministas, no dejen de apostar por estar siempre un peldaño arriba de la mujer.

El caso de la ideología de género es perverso porque conlleva una antropología torcida. No es que se trate de respetar el amor entre seres del mismo sexo. Nadie puede juzgar el amor, se trata de educar en un pensamiento errático donde ser hombre y mujer forma parte de un constructo social. De manera que la identidad de los jóvenes está a merced de las modas sociales, dejándolos huérfanos de referentes en unos momentos cruciales de su vida.

Se trata de apostar por caprichos, a veces sólo caprichos y nada de transexualidad, que ocasiona tantas disfunciones mentales, tantas decisiones irreversibles, tanta angustia personal. Y dejar que la infancia juegue con algo tan serio es un verdadero despropósito.

Pero la realidad se impone como la nueva ideología de una sociedad que ha perdido sus referentes cristianos y en nombre de la misericordia confunde el bien con el mal. Digamos alto y claro que la convivencia no puede ser imposición ideológica desde la más tierna infancia, la convivencia es enseñar el respeto al diferente, pero no educar para ser corruptores de menores en potencia.

Se han levantado voces de supuesto prestigio teológico para mezclar la ideología de género exclusivamente con el feminismo, cuando lo cierto es que eso es distorsionar la verdad. La realidad se vive no en los papeles y los libros sino en el día a día con los jóvenes y las personas que tienen orientación sexual diferente. La realidad se empeña en ser cruel con el débil y es nuestra obligación como cristianos defender su causa, pero sin retorcer la verdad. Que emana y fluye del amor entre seres de diferente sexo, que es la más hermosas de las causas que defiende Amoris Laetitia, en la voz del Papa Francisco.

Retorcer sus palabras para dar significados nuevos es la especialidad de la demagogia, tan frecuente en nuestros tiempos. Dar ejemplo de respeto a la diferencia no consiste en promocionar desde los púlpitos mediáticos esa diferencia, que se ha vuelto ahora tan de moda, tan sin parangón que la gente inmadura, puede relativizar de tal manera el sexo que lo que sucede es un pansexualismo bisexual de dudosa curación.

No respetar la inocencia de los jóvenes y confundirlos con videos o películas que prometen educar en la diversidad sexual, es la nueva oleada de un totalitarismo asfixiante en este siglo XXI Nos estamos jugando una sociedad que es capaz de sodomizar a la infancia con la pose de la igualdad de géneros y de identidad sexual. Una sociedad no más libre sino más bien confusa y dispuesta a experimentar con gaseosa.

Pues estas son mis primeras palabras del año que comienza con el pie equivocado en tantos reinos de taifas que nos envuelven con sus semánticas liberadoras de pacotilla.

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La magia de la Noche de Reyes y el esplendor de la Epifanía

Me gusta pensar que esa noche especial es una caja de sueños y no un carnaval atípico, como viene siendo habitual en ciertas ciudades, regidas por una pléyade de agnósticos que desean convertir la tradición en unas simples fiestas de invierno.

Afortunadamente la Epifanía es algo más que unos cuantos regalos recibidos el día 6 de enero. La Epifanía manifiesta con esos tres adoradores del Niño Dios a toda la humanidad expectante ante la maravilla que ha tenido lugar. Manifestación de Dios a los hombres de toda clase y condición: humildes pastores y supuestos hombres sabios con la suficiente hondura espiritual para seguir una señal en el cielo. Hombres que representan diversas razas y que ofrecen sus presentes al Niño.

También nos quieren arrebatar este relato de la realidad para convertirlo en una simple y poética manera de contar cuentos para niños. Y no es cierto, a través de la historia sabemos bien que Dios hecho hombre pasó sirviendo a gente adinerada y pobres de solemnidad, sin excluir a nadie. Y lo hizo de una manera sencilla, tan simple y natural que muchos no lo reconocieron. Y así suceden las cosas de Dios, de puntillas, de manera inesperada. Sólo hay que reconocer su presencia y entonces aparece la adoración y el agradecimiento ante un acontecimiento significativo.

Los Reyes Magos de Oriente, de fuera, de la lejanía, supieron interpretar que algo estaba pasando: un acontecimiento prodigioso: el nacimiento del Rey de reyes, un rey cuya corona sería de espinas y que se empeña en aparecer siempre entre lo más sencillo.

Incienso, oro y mirra, significativos presentes que debemos explicar a nuestros niños, llenos de sencillez e inocencia. Y que viene bien para limitar los regalos a un número no excesivo.

Me quedo con esos tres reyes como hombres de fe que supieron ver en lo humilde la grandeza del mayor acontecimiento de la humanidad. Y que sigamos adorando en lo pequeño la grandeza de la manifestación de Dios con nosotros.

Un regalo, un presente, un detalle que no necesariamente debe ser un objeto material, es lo que nos traen estos tres reyes magos escrutadores de los signos, atentos a las señales y dispuestos a recorrer el mundo para ver con sus ojos la maravilla de un niño envuelto en pañales.

Manifestación de Dios al mundo de una manera globalizada, total, desconcertante. Y así lo viviremos celebrando con ese roscón de reyes la dulzura de una Navidad que se nos va apagando lentamente, para dejar paso al rastro de ese Niño Dios en la lectura de cada día. Que la felicidad que envuelve a los niños estos días, nos haga reconocer en ellos el rostro de todo lo bueno, de la solidaridad, de la generosidad, de la fraternidad. Feliz Epifanía.

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Jornada Mundial por la Paz

Celebramos hoy el día de Santa María, Madre de Dios y desde hace años en palabras del Papa Francisco: “La Iglesia nos hace contemplar la maternidad de María como icono de la paz“. También elevamos plegarias en la Jornada por la Paz en el mundo. Una paz que no parece comprender el mensaje de fraternidad y de humanidad que se proclama hoy desde todos los púlpitos.

Por desgracia tenemos que lamentar otro atentado terrorista en Turquía. Y ya es un hecho que vivimos una tercera guerra mundial sui géneris, con otros parámetros a los que nos habían acostumbrado las anteriores guerras mundiales. Hoy las fronteras se diluyen y los enemigos de la paz se desvanecen en el marasmo de las calles sin saber dónde o cuándo volverán a golpear.

Nuestros dirigentes políticos nos previenen, pero también nos animan a no dejarnos aterrorizar por el miedo y quedarnos paralizados. Hemos celebrado la Navidad, con otro golpe certero del nuevo método terrorista en Berlín. Aunque afortunadamente no nos hemos dejado amilanar por el miedo. Salimos a la calle, nos mezclamos en los mercadillos, celebramos carreras de todo tipo, seguimos viviendo la alegría de unas fechas que nadie puede empañar, por mucho que lo intenten.

Somos conscientes de que hay muchas zonas donde la paz es un bien efímero, zonas que no están en guerra pero en las que se desata la violencia con toda su crueldad. Por eso es más urgente que nunca convocar a todos a la oración por la paz. Que las plegarias se eleven en todos los rincones de la Tierra, y que los miembros de cada religión hagan uso de esta fecha señalada para rogar por un hogar común donde la violencia no abra en portada los titulares o las televisiones.

La violencia se solapa en lo recóndito de los corazones y puede disparar el resorte de la ira hasta la muerte. El odio se camufla como la propia sombra del individuo hasta hacerle estallar inmolándose fanáticamente. Lo escuchamos y lo oímos en tantas ocasiones que es como lluvia fina que no cala en lo interior, que se desliza suave por fuera y nos hace indiferentes al dolor ajeno.

Hoy es la fecha en la que la Jornada Mundial por la Paz no une a todos en la búsqueda de ese cambio de los corazones y no tengo mejor oración que la atribuida al mismo San Francisco para que juntos elevemos nuestro ruego:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.

Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.

Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

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Nacidos de Dios: Feliz 2017

Ya estamos a punto de esa despedida multitudinaria de la caída de un calendario, para dar paso al brindis festivo que recibe un Año Nuevo repleto de buenos deseos y sueños a veces inalcanzables. Pero eso es lo de menos, lo que cuenta es sentir por un momento el toque de las campanadas y atragantarse con nuestras usuales uvas. Luego llega el momento novedoso, ahora ya es obligado, de enviar la felicitación tecnológica a ser posible graciosa y ocurrente.

Y algunos se olvidan que en esa noche de festival contínuo hay hospitales con gente trabajando; policías que patrullan las calles; trenes que circulan de un lugar a otro; aviones que nos sobrevuelan; taxistas disponibles; bomberos de guardia y tantos otros oficios que no tienen festivos y que con suerte puede que realicen el brindis a deshoras, pero con la mejor de las sonrisas en su rostro.

Los hay que ya no soportan este carnavalesco tránsito del calendario y aguantarán el tipo hasta las doce por aquello de no empezar mal el 2017, pero una vez cumplido el ritual se deslizarán suavemente entre las sábanas arrebujados con el edredón. No olvidemos las residencias de ancianos y por aquello de que todavía los hay con peor suerte, no dejemos de elevar una plegaría por los sin techo que se guarecen bajo un puente cubiertos de cartones y restos de periódicos.

En este día señalado de la noche de San Silvestre surge la vida con alegría en los paritorios y se apagan algunos ojos para siempre, renacerán a la Vida Nueva si creen en ella y si acogen ese salvavidas que nuestro Dios misericordioso siempre lanza a última hora.

Es tiempo de hacer balance, tiempo de nuevos propósitos, tiempo rutinario sin más que se deslizarán por nuestros dedos en un soplo de serpentina. Y el cielo volverá a iluminarse en muchas ciudades para dar un toque de mágico espectáculo que suba nuestra adrenalina y nos deje las endorfinas a tope. La felicidad para algunos es cuestión de química, pero lo cierto es que suele tener que ver más con el día a día y como lo solemos afrontar, pese a que caigan chuzos de punta.

Y leeremos a Juan 1,10-13 “En el Verbo había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.”
Y ya finalizo deseando a todos los lectores y quienes pasen por aquí un Feliz Año 2017.

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Los Santos Inocentes: entrañas de sus entrañas

Celebraremos mañana Los Santos Inocentes, esa matanza cruel de niños, que nos recuerda a todos los masacrados de este mundo sacrificados por la guerra o peor aún por la falta del respeto a la vida. El aborto, esa lacra abismal que siega sin piedad a miles de vidas, se ha convertido en un derecho incuestionable. La tragedia de miles de madres, que antaño recurrían al aborto por decenas de motivos, se trivializa hoy sin parangón con el pasado. La protección del nasciturus está hoy impregnada por esa banalidad del mal que nos convierte en ejecutores sin conciencia.

Lo cierto es que hay una industria de la muerte, los fetos, son restos utilizados por el comercio de la cosmética. Y ante la frivolidad con la que se lleva a abortar fetos humanos sin ningún tipo de escrúpulo ni piedad, una se pregunta si no estaremos convirtiéndonos en una sociedad deshumanizada más preocupada por el derecho de los animales que de las personas. La vida es respetable en todos los sentidos desde el comienzo hasta su ocaso. Pero esa banalidad del mal publicitada en tantas ocasiones por los medios, nos lleva a sacrificar vidas que no encuentran sentido para su existencia y desean la muerte. O vidas que desean la vida y no ven la luz despedazadas en lucrativas clínicas abortivas.

Son muchos que han llegado hasta la repugnancia al ver el crimen abominable del aborto y hoy promueven la vida en todos los sentidos. Como el paso de la tinieblas a la luz hay conversiones de personas que han participado de ese negocio y se les han caído las escamas de los ojos para alumbrar en toda la crueldad la muerte de un inocente.

Mañana es uno de los días en que decenas de personas se congregan frente a esas clínicas espoleando la conciencia de quienes están allí dentro. No hay derecho al aborto, por mucho que lo pregone la ley. La primera defensa del ser humano es respetar el derecho a la vida, trivializar este asunto nos está llevando hacia la eutanasia y hacia numerosas jóvenes que arrastran todas su vida un sentimiento de culpabilidad o sencillamente se extraen la vida como si fuera un apéndice innecesario.

Defender el derecho a la vida es concienciar al mundo de que miles de seres inocentes están siendo masacrados con el beneplácito de una sociedad que cierra los ojos al abismo del mal. Que como en la soluciones nazis aceptan sin más cumplir su papel sin escrúpulos. Y no todo lo que permiten las leyes son en justicia un bien para la humanidad, demasiado sabemos como la triquiñuelas de los poderosos trabajan para medrar en las legislaciones al amparo de una justicia que como bien se representa lleva una venda en los ojos y una balanza que no siempre se inclina del lado justo.

En esta octava de la Navidad, oremos por las víctimas inocentes de la industria de la muerte, oremos por las madres arrastradas hacia el asesinato frío y despiadado de sus propios hijos, entrañas de sus entrañas.

No juzgamos las circunstancias ajenas, sólo hablamos de que la alegría de una nuevo ser es siempre una esperanza abierta para la humanidad. Miles de niños no abortados pero que estuvieron a punto de serlo, agradecen el don de la vida y la valentía de sus madres. Nosotros nos arrodillamos ante el Niño Dios, indefenso que tuvo que huir protegido por sus padres, para salvar la vida.

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