De mayor quiero ser como el Sr. Oliart

Si abrimos la ventana de Internet el mundo vive en plena crispación. Es inevitable caer en el desánimo, tanta injusticia, tanta corrupción, tanta guerra. De manera que lo inmediato es bajar a la calle, pasear por la ciudad y reconocer que la vida sigue imbatible; la gente ríe, come, trabaja, está completamente encajada en la rueda y de pronto te convences que no hay mal que cien años dure.
Quiero decir que las crisis son cada vez un espacio más común. La primera con la que tropiezas te deja cierto poso agrio, pero a medida que vas cumpliendo, deja de sorprenderte el vértigo de la vida. Y lo digo en un sentido filosófico, porque la vida siempre sorprende en cualquier esquina y a deshoras. Pero lo cierto es que las crisis se superan. Es bueno que se sepa. Tanta crispación en los medios, tanta corrupción, tan agrias polémicas son humo que se desvanece de un día para otro.

Lo cierto es que para coger perspectiva es mejor la distancia. Desapasionarse un poco y respirar con pausa. Estoy convencida que la ideología que sacude a la sociedad occidental es como un sarampión, algo por lo que hay que pasar para comprender muchas cosas y reconocer errores de bulto, gordos.
De manera que cuando analizamos estos últimos veinticinco años comprendemos que la sociedad globalizada está demandando nuevas reglas de juego; entendemos que ya no funciona la maquinaria, que se ha quedado obsoleta y hay que hacer ajustes. Uno de los más importantes, sin lugar a dudas es la de dar paso al voluntariado de mayores. He leído un soberbio artículo de Juan Cruz sobre Alberto Oliart, abogado, poeta, memorialista, político y miembro de la generación de Carlos Barral, que ha sido nombrado, a los 81 años, presidente de la Corporación RTVE. Y me ha parecido genial que se pueda estar en activo a la edad en que las neuronas ya se han fundido para la mayoría.
Lo digo porque al igual que el mismo Juan Cruz, yo también fui de las que ya no daba el perfil para el cargo. Que sucede exactamente cuando se te pasa el arroz, algo que una mujer nota cuando ya no le llaman señorita y se convierte en señora. Pero fíjate que al igual que Juan Cruz yo me reinventé en otra profesión. Y tengo la pretensión de vivir una jubilación activa.
Como ejemplo de lo que cito hemos tenido en Religión Digital a La Cigüeña de la Torre, un emérito de altura que sigue clavando su afilado pico en quien se ponga por delante. Eso quiere decir que la edad en algunos casos sirve para dar lo mejor de uno mismo a pleno rendimiento, liberados de compromisos miedosos, que en otra época sellaban la boca no fuera a ser que nos dieran una patada en el trasero. Lo primero es la familia y por ella se hace lo que sea, incluso callar.
Pero una vez has cumplido todos los trámites y sueltas lastre, nada hay mejor que ofrecer la experiencia para quien viene detrás. Esa labor meritoria que se reservaba a los consejeros áulicos, es ahora puesta al servicio del bien común, sólo por el placer de ser útil. Que es el mayor gozo que puede encontrar una persona a cierta edad. Por eso una aspira a ser como el Sr. Oliart a sus años. Tener cabeza, fuerza y ganas para seguir aportando aunque sólo sea un granito de arena

Acerca de Carmen Bellver

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