Debates sin sentido

Metidos de lleno en una crisis económica y social cuyo futuro sombrío nos persigue de manera implacable, no obstante hay voces animosas que vislumbran una luz al final del túnel. El ser humano sabe salir siempre a flote, está bendecido, no me canso de repetirlo. Puede lanzarse al abismo y crear monstruosidades, pero en algún momento el péndulo oscila de manera natural y todo regresa al cauce adecuado.

Yo sólo puedo añadir que mantengo firme la fe en Dios que me hace esperar lo mejor, aún en situaciones críticas. Por eso creo que la actitud del Parlamento Europeo que toma el derecho al aborto y la retirada de los crucifijos como un tema candente de debate, es una especie de despertador. Creo que la situación actual está sacudiendo la conciencia dormida, aletargada durante generaciones. Aquí acuden inmigrantes de todo el mundo y la tasa de natalidad es de las más bajas, sólo crece la de la inmigración. Sin embargo, el debate suicida es considerar el aborto un derecho, sin proteger la maternidad y la conciliación de la vida laboral y familiar.

A poco que se piense, vemos que la política social de los gobiernos progresistas, está estancada en lo económico, no puede ofrecer contrapartidas que favorezcan a las clases más necesitadas; las consecuencias son evidentes al escuchar un discurso que sobrevuela siempre en círculo: laicismo, derecho al aborto, matrimonio homosexuales, y adoctrinamiento social. Supongo que a los parados les debe de sonar a cuento chino esta demagogia que en nada soluciona su llegada a fin de mes. Pero viene bien ofrecerles servicios públicos que les hagan entender que gracias al Estado pueden sobrevivir. Si esto no les parece un sarcasmo grotesco es porque todos los días se encargan de publicitar las bondades del sistema.

Pues bien, mientras unos llaman progreso a la disolución de la vida, otros afirmamos que esta lacra del aborto está destruyendo nuestro futuro. Hoy hablaba el Gobierno de aumentar la edad para alcanzar la jubilación. No es una broma, el Estado de bienestar hace aguas, en parte porque no hay relevo generacional. Y sin embargo, ante esos hechos constatables, la demagogia parlamentaria se estanca en debatir sobre el crucifijo en los espacios públicos. ¿Tendremos ahora que demoler las cruces de los caminos?. ¿Molestará a alguien el Cristo de Velázquez en el Prado?.

Mientras el Estado de bienestar parece esfumarse por una dictadura económica que busca aumentar la productividad, generando desigualdades sociales insalvables, los creyentes conocemos por las fuentes originarias del cristianismo que la solución pasa por compartir con generosidad los recursos, en limitar el consumo, en educar para la solidaridad y el compromiso. En amar y cuidar lo que nos rodea. Educar para la vida es un designio de Dios, cuidar de los más necesitados un servicio a la justicia. Formamos una cadena cuyos eslabones no pueden romperse.

Pero algunos se empeñan en lo contrario en un contrasentido que hace modificar leyes a capricho. Cuando el hombre tiene la tentación de erigirse por encima del bien y del mal, termina por caer en un precipicio; afortunadamente sabemos que otros vendrán detrás para rescatar aquello que hemos roto creyendo en el progreso, cuando íbamos precisamente en dirección contraria.

Progreso no es ganancia de cuentas corrientes, sino bienestar puesto a disposición de la sociedad. Y mucho respeto a lo que otros construyeron. Respeto que algunos han dilapidado gastando la herencia de sus padres.

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Acerca de Carmen Bellver

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