Sólo nos queda la objección de conciencia, luchemos por ella

Hay apuestas cuyo resultado conocemos de antemano, se llevan los ases bajo la manga, y se juega con la baza ganada. Esa parece ser la situación que se plantea hoy con el referéndum sobre el aborto y la propuesta para que el rey no firme la nueva Ley. Creo que muchos son conscientes del terrible error que entrañan ambas posiciones. Hoy el mismo Juan Manuel de Prada se hace eco en un brillante artículo, señalando que no podemos poner al albur de la mayoría determinados principios morales. Algunos son innegociables desde el mismo momento que abandonan el decálogo que se mantuvo como referencia en la jurisprudencia durante miles de años.

Dejar en manos de una sociedad anestesiada la decisión de considerar un derecho el aborto, es arriesgarse a que finalmente no exista ninguna voz que pueda levantarse, ni tan siquiera solicitando la objeción de conciencia. Hay situaciones que tocan la fibra antropológica del ser humano y casuísticas cuyas excepciones deben contemplarse. La ley puede errar en manos de mentes amorfas que desconocen los principios básicos del ser humano. Es tan evidente esta postura que durante siglos pervivió la esclavitud sin que nadie excepto unos pocos alzasen su voz de denuncia. Pasaron siglos antes que pudiese llegar un presidente de raza negra al poder.

Un rey que se obliga a sancionar las leyes que aprueba un Parlamento, puesto en el brete de optar por principios personales o religiosos, se encontraría a menudo fuera de la legitimidad. Tal vez algunos están buscando precisamente eliminar la autoridad moral del monarca para señalar con el dedo a otros, con finalidades nada claras. De la misma manera que se pide un referéndum como si el resultado legitimase asesinar a niños indefensos. Creo haber leído dos opiniones muy bien meditadas sobre este dislate y en ambos casos, siendo como son partidarios pro-vida, no desean ese referéndum que podría legitimar el derecho al aborto, porque conllevaría la obligación de someterse a la Ley sin objeciones morales. No seamos ignenuos, la educación en manos abortistas durante más de veinticinco años deja muy marcada una sociedad.

Hoy son niñas de diez y doce años las que entran en la rueda del aborto. Personas inmaduras y no aptas para asumir una maternidad, a las que sus tutores legales o el mismo Estado puede inducir a suprimir la vida apelando a la compasión. El mal encuentra siempre los atajos para ir un poco más lejos todavía. Así los jóvenes presionan a las niñas a mantener relaciones como si esa actitud fuera lo natural. De esta manera lo que debiera ser libertad y consciencia pura, termina por convertirse en un chantaje emocional de cuyas consecuencias todos se desentienden. O bien las partes que deciden están mediatizadas por la cultura de la muerte.
Por tanto un referéndum y una negativa del rey, solo complicarían las cosas.

Ninguno de los dos caminos es posible. Y no pongamos como ejemplo el caso de Balduino, nuestro rey tiene de santo lo que yo, que es bien poco. Y de religioso me temo que va ajustado. Si la Constitución contemplase la objeción de conciencia, podríamos tener una puerta abierta. Pero eso no evitaría la modificación ideológica de ciertas asignaturas que tocan de modo transversal el tema de la reproducción, donde es obligatorio dar a conocer los métodos anticonceptivos. Ese es el camino que está tomando el gobierno. La Ley del aborto lleva pareja la de reproducción y quiere colarse en educación en manos de personal sanitario.

Es un tema que existe ya en la escuela, donde se realizan cursos de educación vial por parte de agentes municipales. Por ese camino va la actual ley. Una vez se convierta en una cuestión de salud pública, no habrá nada que hacer. Los homosexuales tomaron la escuela de mano de psicólogos y pedagogos hasta llegar a conseguir una sociedad que acepta como normal que se llame matrimonio a la unión de dos seres con independencia de su sexo. Está toda la pirámide medida y pesada. El cretinismo irá en aumento y sólo Dios sabe cuándo será posible volver al sentido común. Pero eso señores no lo consigue ningún referéndum

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Acerca de Carmen Bellver

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