Mujeres en la Iglesia

Ayer tenía que haber escrito sobre la mujer, que para eso era el día señalado, pero tuve ocupaciones más urgentes que atender. No es que una no sienta la imperiosa necesidad de ser feminista. Motivos sobran. Pero en un país donde se pide abortar por tener derecho a nuestro cuerpo, se aguanta mal estar en ese rincón del gremio. Yo cada día lo llevo peor, me sobra la Ministra de Igual-dá porque estoy en contra de la cuota por discriminación positiva. A mí lo que me pide el cuerpo es enviar a su casa a las mujeres florero, pero las que curran de ocho a doce de la noche, mis respetos. Los mismos que para sus correspondientes parejas.

Claro que el tema se complica cuando hablamos de la Iglesia, donde las mujeres pintan mucho pero mandan poco. Y ya se sabe que la tonadilla de que todo es servicio importa un pimiento cuando tú dices a otro lo que hay que hacer; pero cuando eso te lo dicen a ti, cuesta un montón creerse lo del servicio. Sobre todo porque después de ser uno cardenal no se le vuelve al servicio de una parroquia para que sirva, sino que lo jubilan como emérito. Tampoco conozco ningún obispo que deje de ser tal cosa para volver al servicio. Entre otras cosas porque entienden que su cargo es un servicio. Así cualquiera.

De manera que yo ando en un mar de dudas con esto del feminismo sin pasarse que es tanto como jugar al siete y medio. Pero no me muerdo la lengua si les digo a los señores de las Conferencias Episcopales que eso de usar a las mujeres como administrativas o secretarias, siempre ha estado muy mal visto. La mujer además de ama de casa, también es válida para tener voz y voto en una sociedad que se ha blindado. Y si no ven venir las orejas al lobo es que andan muy desnortados. Lo de la igualdad de género es poca cosa comparada con la realidad actual. Hoy una mujer trabaja para que ningún hombre la tenga como consentida, también por vocación o por necesidad, pero no olvidan que el fondo del armario está llenó de retales de las abuelas.

Una mira las fotos desgastadas de aquellas señoras de negro con cuarenta y poco que ya eran ancianas y no puede dejar de comparar. El resultado es evidente, la libertad ha hecho más fuerte a la mujer y no está dispuesta a renunciar a ella. Eso aunque sea un correcaminos donde los hijos, la economía de la casa, el trabajo, el ocio, todo tiene un espacio milimetrado y es posible llegar, aunque canse. Luego están aquellas otras que buscan hacer carrera como sea, dando codazos si es preciso, pero de esas no quería tratar aquí. Porque son mero calco del varón exitoso. Y a mí me gusta que haya distinción.

Hablar de la mujer en la Iglesia es un compromiso en este blog. Aunque les suba la bilirrubina. No pertenezco a ningún grupo de la Iglesia, salvo a la parroquia de mi zona, no voy a pedir el sacerdocio femenino, aunque no entienda las razones teológicas que se han construido para garantizar tal entuerto. Me importa bien poco si hubo o no diaconisas en los primeros tiempos. Yo vivo en el siglo XXI en una sociedad occidental donde apenas ayer la mujer no tenía voto ni podía comprarse una vivienda sin la autorización de su marido. Y a eso sí que ninguna estamos dispuestas a volver.

Somos autónomas y responsables, tenemos además el don de la maternidad, y necesitamos también que en la Iglesia se cuente con nosotras para algo que no sea exclusivamente la catequesis. Hoy la imagen de decenas de mitrados blindados en sus cargos, es muy poco atractiva. Hace una cuantas generaciones se entendía la ausencia de mujeres en puestos destacables, casi siempre somos nosotras las que cargamos con la responsabilidad familiar, cortando las alas a cualquier tipo de promoción social. Pero eso debe cambiar, está cambiando y la Iglesia frente a lo que no es ideología de género no puede cerrarse en banda. Son custodios de un mensaje que vino a abolir cualquier distinción que no fuera la común, la que todos conocemos.¡Mujeres, va por vosotras!.

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Acerca de Carmen Bellver

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