Los monstruos del sexo

El tema me repugna, los pederastas son una especie anómala que sacude a la sociedad de tanto en tanto. Especialmente ahora están candentes los temas de la Iglesia que como toda institución tiene miembros corruptos y corruptores. Lo malo es que el colectivo está quedando por los suelos y hay que ser honestos, son muchos más quienes trabajan a favor de los desfavorecidos que quienes abusan de su confianza. La lascivia es un problema en todo tiempo y lugar. Especialmente cuando la sociedad relaja sus códigos. Si hoy es posible en determinados países, casar a una niña de nueve años con un anciano de ochenta, no nos extrañemos que existan paraísos para pedófilos.

No es por echar capotes, cada cual que asuma sus actos, el pederasta a la cárcel y si es posible lo más lejos de los niños para tratar de solucionar su problema, su anormalidad. Pero no me digan que no escuece saber que la mayor parte de los actos vergonzosos con menores suceden en la propia familia. Un británico de cincuenta y siete años abusó de sus hijas durante treinta. La noticia está en primera página, es uno de esos monstruos que esta sociedad crea a pesar de todos los filtros que se puedan poner en el camino.

Hechos puntuales como éste no ponen en duda la honorabilidad de cientos de padres de familias. La institución más antigua de la humanidad, sigue siendo la mejor base para una sana educación. La familia no es cuestionada pese a existir sádicos y monstruos como el de Sheffield. Los vecinos se interrogan, las asistentas sociales, los educadores, todas las instituciones que debieron proteger a esas niñas, fracasaron. Es evidente que estos seres pervertidos poseen una personalidad bipolar que les hace aparecer ante los demás como personas normales, que sin embargo en lo oculto esconden una metamorfosis escalofriante.

Y la Iglesia que trata de defender a los más débiles y desvalidos de la sociedad, que durante su historia milenaria ha creado cientos de instituciones para educar a los menores, de pronto destapa la alcantarilla inmunda que esconden determinadas caras beatíficas y todos nos sentimos un poco estafados. Porque en las personas que hacen voto de castidad se da un plus de integridad que no permite suponer que su mente esconda hipócritamente una doble vida, o que se aprovechen de la situación de poder sobre los menores. De manera que los escándalos de la Iglesia nos salpican a todos los fieles. Abren una puerta hacia la sospecha y la suspicacia, que será difícil cerrar.

Sin embargo la imagen del sacerdote o el religioso no puede ser vituperada una y otra vez por cientos de titulares, debe tratarse de la misma manera que el monstruo de Sheffield. Estos casos son porcentajes mínimos dentro de una sociedad que engloba todo tipo de personalidades. La Iglesia tendrá que establecer filtros para que los abusadores se detecten antes de que terminen en el banquillo de acusados. Pero la sociedad también tendrá que ocuparse de recuperar a esas personas afectadas de un trastorno perverso. Y esa es la clave del error más común dentro de la institución religiosa. Pensar que un arrepentido está rehabilitado. Hay enfermedades que exigen tratamiento a lo largo de toda la vida, porque se hacen crónicas. Y en una sociedad pansexual donde hasta los anuncios tienen su carga erótica, es obvio que se hace difícil la rehabilitación de estos individuos.

El caso de este monstruo no es más que un episodio lamentable que se repite de modo recurrente. Y no es cierto que el celibato fomente este tipo de perversiones, más bien obedece a personalidades trastornadas que deben detectarse a tiempo. Aunque a veces trascurren muchos años hasta que por desgracia salen a la luz estos casos. Ese padre de familia abusó de sus hijas durante treinta años. Un episodio tan escandaloso como el caso Maciel. La diferencia es que uno era padre de familia y el otro padre de una congregación religiosa. Pero entre ambos existe un vínculo que debe ser objeto de estudio para la ciencia

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Acerca de Carmen Bellver

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