Más allá de la justicia se abre la puerta del perdón

Estamos viviendo unos momentos curiosos. La sociedad exige justicia, todo ser humano lo demanda. Muy dentro de nosotros seguimos la antigua ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. No obstante hemos construido un marco de convivencia para protegernos del mal. Porque existe dentro de nosotros la capacidad de herir a los demás. Por eso desde ciento de generaciones atrás, sabemos que robar es un delito, o matar, o miles de señales que tenemos puestas como en el pasado remoto se recogió en el código de Hammurabi. Lo que nos explica Jesús supera el marco de la justicia. Y esto solo es posible porque ve nuestro corazón, ve la globalidad, no sólo el acto punible. De esa manera nos presenta el Evangelio de hoy una muestra más de la mirada de Dios frente al mundo.
Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»
Lo primero que llama la atención es que la Ley exige un castigo para la adúltera. Una Ley injusta que no parece medir por el mismo rasero al varón. Aquellos que están dispuestos a cumplir la ley somos también todos nosotros que juzgamos a los demás según las normas de la época, ni más ni menos que como en tiempos de Jesús. Me llama la atención que la adúltera se muestra avergonzada y en silencio, espera su sentencia. Y mira por donde, Jesús sale por peteneras. Les exige mirarse por dentro, y nadie se encuentra libre de culpa. Así es como podemos entender la aventura de la confesión ante el Señor
.
Mirar nuestro interior y si no encontramos de qué arrepentirnos, a lo mejor es que nos sentimos mejor que otros pecadores públicos. Y entonces Dios va a sorprendernos perdonando el delito, aunque no encubra la falta. Porque no le dice a la adúltera que no ha hecho nada, sino “En adelante no peques más”. Existe por tanto el pecado a los ojos de Dios. Existen las normas que se resumen en amar a los demás como a nosotros mismos. Pero es que a veces no sabemos amar el don que tenemos, la suerte de estar vivos, la esperanza que nos desborda frente a las contrariedades de la vida. No pecar es vivir según la voluntad de Dios. Algo difícil que no tiene nada que ver con el puritanismo, ni los corsés. Si no con la libertad de ser hijos de Dios.
Saberse pecador es gozar de la gracia del perdón. Y eso supone nacer a una Vida Nueva. La adúltera se siente revivir por dentro. Le han salvado la vida que estaba condenada a muerte. Pero el delito existe y Jesús no lo abole por muy demencial que nos parezca a nosotros. La justicia y la ley de Dios son rutas para enseñarnos a ser libres por dentro, libres de nuestras codicias y ambiciones, de nuestros egoísmos y vanos orgullos. De manera que también todos nos podemos identificar con la adúltera y frente a Dios ser perdonados gratuitamente. Pero eso sí con un objetivo claro, no pecar más. No volver por la senda equivocada.
Que la Cuaresma nos sirva por tanto para reconocer aquello que nos aparta del amor a nuestros hermanos y nos hace ver exclusivamente sus pecados, y no su interioridad como la ve Jesús. Y que esto no se entienda como que hay que pasar por alto el delito, sino que más allá de la justicia siempre se encuentra abierta la puerta del perdón.
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Acerca de Carmen Bellver

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