Religión y cultura, el debate del velo

Allí donde se pone de acuerdo el socialismo y los obispos hay que recelar. Ese es el mensaje de Rosa Montero cuando habla del velo. Está dando la razón al Instituto que acordó en Consejo Escolar no permitir prendas en la cabeza. Y además deja caer la escuela laica, ajena a cualquier tipo de enseñanza religiosa, una reivindicación constante en el panorama del laicismo más casposo. Ese que pide quitar una cruz o una virgen en cualquier plaza o rincón. Ese laicismo que no tiene inconveniente en permitir minaretes o la hiyab. Una prenda que a cualquier feminista le repugna porque implica un pensamiento ajeno a la civilización occidental. Un pensamiento que considera bochornoso exhibir la cabeza o los brazos. Un pensamiento que recoge mucho de intolerancia y de machismo, pero que va calando como símbolo de identidad en las jóvenes inmigrantes del Magreb. Es una forma de enorgullecerse de la diferencia, no busca adaptase sino que retan a la sociedad. Nosotras somos diferentes, somos mucho mejores, vosotras estáis corruptas. Lo han dicho en mi blog y me sublevo porque los foros religiosos más progresistas le hacen la cama al islamismo. Todo es tolerancia, bondad, espacios comunes, Alianza de Civilizaciones o empanada gallega, ustedes eligen.

Es cierto que debemos acostumbrarnos a ver indumentarias diferentes y que esto forma parte de la pluralidad. A mí me parecen horteras las jóvenes góticas, pero no considero necesario prohibir que circulen vestidas de manera tétrica por los barrios de la villa. De la misma manera se entiende que no se prohíba el velo a una mujer que desea llevar la prenda en pleno mes de agosto, tapadita hasta el cuello y con mangas bien largas. Pero muy diferente es el debate en el campo educativo, ahí donde la futura Ley de Educación no encuentra consenso. Ahí donde la futura Ley de Libertad Religiosa tendrá que manifestarse en un sentido u otro. Si nos descuidamos podemos dejar pasar la oportunidad de establecer unos cauces de convivencia para lo que se nos viene encima, una población nacida en España cuyas raíces se encuentran fuera de nuestras fronteras. Una población que se opone a las señas de identidad de la cultura judeocristiana.

Estamos viviendo una invasión silente de mujeres que inducidas por sus costumbres, sus maridos, sus bemoles, desafían las modas y marcan su territorio. Pero la escuela es un espacio de educación donde precisamente se debe debatir que la igualdad es un derecho que está costando mucho conseguir a las mujeres del mundo occidental. Y nos duele ver como se incorporan signos aberrantes que no pueden permanecer ajenos al espacio común que todos construimos. La libertad se ha convertido en un arma de doble filo. Por una parte exige respeto a la diferencia, de otra puede ser responsable de futuros conflictos de intereses. Porque el Islam es algo más que una religión, tiene un código civil propio que se enfrenta a nuestras leyes.

Este debate no es ajeno a Europa, está en Francia, en Bélgica, en El Reino Unido. La Constitución Europea no ha querido reflejar las señas de identidad cristianas, porque sus legisladores cayeron en la trampa del laicismo. Soy consciente que no hay una solución factible, sin romper la baraja del juego común. Esto ha sucedido en otros tiempos, basta repasar la historia europea y sus invasiones durante determinados periodos. Ahora, sin embargo, tenemos mayor capacidad de prever cómo será la integración de esa población inmigrante. Les hemos ofrecido la nacionalidad, los servicios públicos, el derecho al voto. Pero ellos de manera sibilina están más por ampliar la esfera de actuación en la línea fundamentalista.

Ojalá me equivoque. No obstante, cuando se azuzan las señas de identidad de un pueblo, la reacción que nos muestra la historia no es la España de las tres culturas, sino la España que se ve obligada a elegir un camino para poder seguir adelante. La tolerancia es biunívoca, por qué no se quitan el velo y adoptan las señas de identidad de la mujer occidental. Cada cual que se responda a sí mismo, ahí radica el quid de la cuestión

Acerca de Carmen Bellver

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