"La hoguera de las vanidades"

Allá por los años ochenta supuso todo un éxito literario que trajo su secuela en el séptimo arte. La obra de de Tom Wolfe nos desvelaba las intrigas de los brókeres neoyorquinos, un mundo de locos radiografiado por el escáner cerebral del escritor que, presenta el dilema moral del gran capital, en la figura de unos cuantos personajes que van desde lo más alto a lo más bajo de la sociedad. Hoy debiera ser el libro de cabecera de todo político corrupto dispuesto a seguir mintiendo para no bajar su nivel de vida.

Siempre es lo mismo, vivir por encima de las posibilidades supone robar el pan de la boca a miles de personas. Y en ese mundo de miseria la Iglesia tiene una larga experiencia, porque se ocupa precisamente de los más débiles de la sociedad. La corresponsabilidad es una palabra evangélica, que indica el grado de implicación que nos debemos unos a otros. Ningún acto humano es ajeno a las repercusiones que de él se derivan. Las palabras del Papa en su reciente viaje a Portugal, asociadas al drama de la Iglesia evocado por el misterio de Fátima, nos llevan de nuevo al centro de la crisis. La sociedad está acostumbrada a la corrupción porque allí donde la vocación de servicio es la mayor garantía de autoridad moral, se esconde la vileza en todas sus formas. Una gran “hoguera de las vanidades” que recorre todos los estratos sociales.

Afortunadamente tenemos el remedio al alcance de todos, basta reconocer nuestros errores y exigir justicia allí donde se cuece la mentira. El caso del juez Garzón y la bajada de pantalones de Zapatero, me han recordado el libro de Tom Wolfe. Aunque ellos no tengan nada que ver con los yuppies y las finanzas, son en la actualidad dos líderes mediáticos atrapados en sus propias contradicciones, exactamente como el personaje del libro citado. Si en vez de hacer leña del árbol caído aprendemos de los errores, tendremos al menos la cabeza erguida con esa devaluada honestidad que parece ausentarse de nuestro mundo.

Y no muy atrás de esa doble moral están también aquellos que dejaron pasar los abusos del clero, como un mal menor, sin que pusiesen a sus autores en manos de la justicia. Equivocados por el temor al escándalo, cuando no hay mayor escándalo que el de la hipocresía. ¡Qué vergüenza contemplar cómo se miente ante la opinión pública!. Aunque el tema fundamental tal vez no sea “La hoguera de las vanidades”, sino la falta de escrúpulos y la ausencia de toda ética entre quienes nos representan.

Los pecados de la Iglesia, son como los pecados de la sociedad, nos atañen a todos. Es tiempo de rezar y tiempo de actuar. Es necesario que el cristiano salga a la escena social ofreciendo su valía: la honradez y la integridad son dos cualidades que definen a un cristiano. Aunque nos encontremos en el país de Rinconete y Cortadillo, la picaresca era la prenda del humilde en tiempos de Cervantes, no del villano. Sin embargo hoy los villanos son los nuevos pícaros que esquilman a los más necesitados, sin que nadie les ponga en su sitio.

En cualquier caso, el fracaso de estos dos líderes, uno político y otro judicial, demuestran que no todo vale, el tiempo pone siempre a cada uno en su lugar. Y si hay talla humana, indudablemente sabrán resurgir de sus cenizas. Porque esa es la cualidad del Ave Fénix, algo más que mitología, leyenda urbana que se agazapa en el refranero para sentenciar que “cuando una puerta se cierra otra se abre”.

Acerca de Carmen Bellver

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