Mujeres crucificadas, algo más que una muestra fotográfica

Protestan por el oscurantismo de la religión. Son mujeres a las que se les crucifica. Es una bella muestra fotográfica que exhibe cuerpos estéticamente impecables, al menos en la foto que representa el titular de la noticia, donde se especifica que el artista quiere reivindicar la injusticia de las religiones hacia las mujeres. Está bien que se hable del oscurantismo de la religión con la mujer, porque el sistema patriarcal la ha tenido sujeta por el pie desde tiempo inmemorial. La mujer, sin embargo, ha conseguido por méritos propios hacerse un hueco en el mundo de los hombres. Y una echa en falta que la feminidad, esa parte exclusiva y reservada a la mujer, no haya mejorado las relaciones humanas. No se trata solo de conseguir un puesto de trabajo en igualdad de condiciones. Eso es imposible, aunque se quiera simular lo contrario. La mujer casada tiene una vocación a la maternidad y eso no lo puede suprimir ninguna normativa de igualdad. El varón es padre y su puesto tampoco se puede sustituir. Al margen de esas cualidades, es obvio que hay muchos puestos de trabajo en el que la mujer puede y debe acceder por méritos propios.

Lo que duele es que esto se utilice por un feminismo agresivo que nos convierte a las demás en poco menos que memas por no librar la misma batalla. No se trata de arrinconar a nadie contra las cuerdas. Un hombre no renuncia a la familia cuando tiene un trabajo. Una mujer, sin embargo no puede competir aunque lo quiera, salvo si renuncia a su maternidad. No hay horas para suplir la educación de los hijos, por mucha paridad que se desee. Pero está bien que se vaya educando a los más jóvenes a ser responsables de su parte de tarea en el hogar. Esto lo llevan en los genes los hijos de familia numerosa, que han tenido que ayudar a los más jóvenes. Pero hoy aspirar a una familia numerosa, es tanto como condenar a la mujer al hogar.

Y quiero aclarar que conozco muchas mujeres que están felices en su papel de madre y esposa y lo viven a conciencia. No sería justo considerarlas unas mantenidas porque el trabajo del hogar da para las veinticuatro horas del día, aunque afortunadamente las tareas hayan sido suavizadas gracias a todo tipo de electrodomésticos. Conocí un amante padre de familia que nunca quiso comprar una lavadora a su mujer, porque para eso se quedaba en casa, no vaya a sentirse ociosa, que trabaje.

Ahora bien en lo que corresponde a nuestra religión católica, es evidente que la mujer tiene reservado un papel en el que no cabe reivindicar la igualdad. Nadie se puede imaginar una papisa, por poner un caso. Y las ocurrencias de algunos absurdos capitostes de la curia han calificado el género femenino casi por debajo de la categoría de ser humano. Me puedo imaginar el futuro de muchas parroquias, con ausencia de mujeres porque se hartan de ser tratadas como menores de edad. Y no deja de tener culpa la estructura de la curia, donde hacer carrera, por llamarlo de manera mundana, está reservado a los monseñores.

Este lenguaje no tiene cabida desde la óptica de Jesús, en la cual prima el servicio, nunca el poder. Sin embargo, la estructura piramidal que se utiliza, lleva a preguntarse por qué la mujer sólo puede ser sacristana y no diaconisa, cuando prácticamente es lo único que les falta por hacer en las trastiendas de la sacristía. También nos preguntamos por qué no se puede acceder a un equilibrio de fuerzas, a la manera de las antiguas comunidades, donde se reorganice la situación. Si todo ello es debido a que las mujeres son seres pecaminosos como durante tantos siglos nos han interpretado exégetas misóginos. Ya va siendo hora de descubrir que la naturaleza del varón es en este terreno muy inferior al de la mujer. Lo dice la propia biología, así que o la Iglesia se pone las pilas o me temo que en un futuro próximo las contradicciones establecidas entre lo que es la sociedad y la Iglesia sean cada vez mayores.

Estoy segura que la revolución femenina tiene todavía que llegar a la Iglesia, y cada día es más palpable que se hace necesario ser coherentes con esa condición de igualdad que es de justicia, aunque sepamos todos que hay diferencia entre ser hombre o mujer. Yo creo que ahora podríamos estudiar la manera de beneficiar a la sociedad de esa parte de feminidad que ha estado tanto tiempo oculta en el sagrario del hogar. Se echa de menos ese rasgo y no hay que desaprovecharlo.

No puedo opinar de la muestra, porque tan sólo ha salido a la luz el titular. Pero me he permitido reflexionar sobre esa opresión que determinadas religiones imponen a la condición femenina, mucho más ahora que “totum revoltum” nos acerca a otras religiones de carácter medieval

Acerca de Carmen Bellver

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