No, al dios del mercado y sí, al Dios de la vida

Cuando estamos contemplando la hermosa torre del estado de bienestar agrietarse por los cuatro costados, es conveniente lanzar un SOS al mundo. Sin Dios, sin amor, el universo está perdido. Sólo podemos superar las crisis con esa conversión interior que nos hace volver la vista hacia los más necesitados. Crear subsidios y ayudas para los más débiles y respetar las normas para que la corrupción, el pecado, desaparezca bajo la misericordia del buen Dios.

Y es que las relaciones humanas cuando olvidan a Dios, dejan de lado la misericordia, primero yo y los otros que se apañen. Esa subcultura deshace la confianza que nos debemos unos a otros. Por eso es tan difícil remontar las crisis, porque algunos no están dispuestos a renunciar a su pequeña porción de beneficios. Midiendo los negocios por la rentabilidad, el éxito está asegurado, pero por el camino perdemos la humanidad, la sensibilidad con aquellos que no poseen tantos recursos para salir a flote. Por eso la socialdemocracia parecía la solución más humana. Pagar impuestos para que existan unos servicios públicos, es decir para que la educación, la sanidad, la justicia, etc., estén al alcance de todos y no sólo de quien se lo pueda costear a precio de oro.

Pero ahora estamos viendo que no se ha jugado con manos limpias. Que existen los chanchullos, que es algo peor que la picaresca porque allí está el si tú me das, yo te doy; si tú consientes, yo te ofrezco. La letra pequeña no aparece en esos contratos y algunos políticos vendieron humo. Y como al final todo se sabe, ahora aflora la porquería, los agujeros, los desfalcos, la hecatombe. Y las matemáticas estaban claras desde el principio: no gastar más de lo que se tiene, ajustarse al presupuesto, contabilizar todas las partidas, racionalizar los gastos.

Pues bien, parece que esas pequeñas recetas de las abuelas que conocieron las penurias de una posguerra penosa, alargada por el conflicto mundial, deben volver a ponerse encima de la mesa. El consumismo desaforado, el tíralo y me compro otro, carece de sentido, es un pecado contra los miles de hambrientos del mundo. Como es pecado el que los avaros financieros estén dispuestos a exportar sus negocios a países sin control sindical, de manera que sea fácil explotar al trabajador y ganar el doble. Ese dumping económico es la moneda de la ruindad moral.

La corresponsabilidad y la doctrina social de la Iglesia, consideran la honradez el único sistema posible en el trato con el hermano. Cuando se le quiere engañar, todos perdemos, porque del rey de la mentira sólo se pueden esperar desgracias, más pronto o más tarde el castillo de naipes se viene abajo. Y eso es lo que ahora sucede, más allá de las teorías económicas que los especialistas manejan. Confiar en que después de las vacas flacas vienen los años de bonanza, no deja de ser un sueño. Si el sistema no sabe funcionar con reajustes puntuales, la economía globalizada nos pone a todos en peligro.

Y quienes sufren esas condiciones serán siempre los más débiles. Por eso sobran ya tantas palabras, tantos brindis al sol para el 0’7% a los más desfavorecidos. Tantas cumbres mundiales para erradicar la pobreza. La realidad es que se abre una sima entre los más ricos y los más necesitados y esa sima la hemos sufrido con una emigración masiva que buscaba unas mejores condiciones de vida.

Tal vez no exista ningún responsable para pedirle cuenta. Puede que todos en una pequeña proporción hayamos caído en esa idiocia que considera como suyo lo que es de todos. Que no respeta los derechos alcanzados con tanto sudor y se considera dueño de aquello que es un bien público.

La sociedad de bienestar puede mantenerse, siempre que cada uno, de manera individual sea honrado y aporte su cuota en proporción a sus ingresos. Pero no puede ser que siempre paguen los mismos y otros huyan con sus negocios redondos a paraísos que no les piden cuenta de nada. En definitiva el pecado estructural sólo puede ser sanado con una conversión personal. No al dios del mercado y sí, al Dios de la vida

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Acerca de Carmen Bellver

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