Saramago, el ateo impertinente

No está bien cargar las tintas contra alguien después de muerto. No puede defenderse. Pero no me resisto a hacer la lectura del óbito de Saramago, premio Nobel, sí, como muchos otros que hoy nadie recuerda. He leído algo de él, no toda su obra, porque para eso el autor tiene que arrastrarme literalmente a su mundo, cosa que Saramago no consiguió con todo su brillante currículum. Sí sé que era un hombre comprometido con las causas de los débiles y otras, que más vale ignorar. El intelectual puede terminar firmando cualquier cosa, los artistas, los escritores, son reclamados para adherirse a las causas más dispares. Pueden estar un día firmando un manifiesto a favor de Haití y al siguiente tomando un daikiri en una terraza de Hawái, sin el menor rubor. Léase Penélope Cruz y su pareja Bardem. Así se pueden apadrinar todas las obras benéficas que se desee, lejos del mundanal ruido y con foto de portada en Hola.

Ese tipo de manifiestos me pone de los nervios. Y la gloria de Saramago se queda en cenizas al lado de Fernando Pessoa, desconocido a lo largo de una vida gris que finalizó prematuramente a los 47 años. Me pregunto si Saramago resistirá los avatares del tiempo para ocupar la gloria del Parnaso dentro de dos o tres décadas. Lo digo porque hay notables premios Nobel olvidados, no en su país obviamente, allí tienen su calle y su propio museo, como nuestro Juan Ramón Jiménez, pero no así Jacinto Benavente, premio Nobel en 1.922, desconocido por la mayor parte de la población con una cultura LOGSE. Hay que llegar a estudiar letras para conocer al dramaturgo que tuvo en vida el mismo prestigio que hoy se le atribuye a Saramago.

No puedo dejar de reconocer con ironía que algunos literatos mueren con honores de Estado, sin que ello impida que se desvanezcan sus obras en la noche de los tiempos. No es el caso de Benavente que como dramaturgo ha sido repuesto en numerosas ocasiones, pero es curioso que siendo como fue, amigo de la Unión Soviética, sobreviviese en el régimen de Franco con bastante soltura. Los manifiestos de Saramago van por ahí, firmas a favor de la Cuba Castrista y comunismo sin arrepentimiento de los Gulags estalinistas. Libros que atacan directamente la fe de los sencillos y que son elevados al Olimpo por los cantores de la izquierda pacata. Y un retiro paradisiaco elucubrando sobre los pobres del mundo mientras el azul turquesa del Atlántico te acaricia los pies.

Estoy con el Vaticano, no podemos olvidar que se alaba a quien ha escrito contra la Iglesia, desde su condición de ateo y anticlerical, por muy premio Nobel que uno sea. Como si los premios ofreciesen garantías de calidad o de bondad “per se”. Podemos rescatar miles de nombres que estuvieron olvidados en vida y cuyas obras han influido notablemente en la historia de la literatura. ¿Es este el caso de Saramago?. No lo sé, creo en cambio que merece el reconocimiento que se le da, por haberse hecho a sí mismo. Por haber salido al mundo desde una aldea rural y ganar la partida. Por ser consecuente y exilarse en Lanzarote. Pero seamos también consecuentes nosotros, nos puso a parir. No entendía que nadie pudiera tener fe y eso es suficiente para que le ofrezcamos una misa por su eterno descanso. Sin necesidad de alabarlo con lisonjas de humanismos ateos que destacan hondamente en esta casa. Algunos se derriten con la solidaridad de pluma y papel, mientras olvidan que en Cáritas se espera sus dádivas en el anonimato, sin ruido de manifiesto, ni foto de portada en un mitin. Y es que en el fondo muchos olvidan que en la sencillez del día a día es donde se libran las grandes batallas. Descanse en paz Saramago y que Dios le tenga a buen recaudo.

Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a Saramago, el ateo impertinente

  1. Anonymous dijo:

    Tras adjudicar un Nobel de la Paz a un terrorista como Arafat, ¿por qué no un Nobel de Literatura a este comunista millonario que ha sabido dar formato de libro al aburrimiento más soporífero (menudo tostón, en serio)?.

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