Caminar supone que saldrán callos en los pies

Benedicto XVI ha lanzado la propuesta de una nueva evangelización en Europa. El eclipse de Dios se deja notar en todos los aspectos socioculturales. Y ahora viene lo importante, cómo se puede llevar a cabo dicha evangelización, sin resultar anacrónicos a los habitantes de este milenio. Dios está presente en toda la humanidad, con diferentes rasgos, sin duda; su hálito nos acompaña desde el inicio del mundo. Sin embargo, ya no hablamos de Él, ni le hacemos partícipe de nuestros impulsos más íntimos, en definitiva de nuestra vida. No ponemos en sus manos las empresas que iniciamos, ni siquiera nos preocupa que los hijos sean educados en la fe de nuestros mayores. Cada vez hay menos bautizos y toma fuerza la mascarada del bautizo civil, un nuevo individuo que se adhiere a la “polis”, pero no un hijo de Dios en cuyo fuero interno comienza a brillar el soplo de la fe.

Nos dicen los medios que son pocos los alumnos de bachillerato que optan por la asignatura de religión. No obstante, son muchos quienes tienen sed de Dios. Un Dios que de sentido a su existencia, es alguien mucha más importante de lo que nos podemos imaginar. Es un Dios que está del lado del hombre, a su favor, siempre y en cualquier circunstancia, que es nuestro aliado; en definitiva una fuerza capaz de llevarnos a los más nobles compromisos. Cuando el hombre intenta sostenerse a sí mismo, titubea, y termina por sucumbir impotente. Pero hay muchos ejemplos de ese mismo hombre revestido de la fuerza de la fe, que no teme ninguna adversidad, porque se considera en manos de Dios y sabe que su vida tiene una finalidad. Ni siquiera teme a la muerte, compañera inseparable del ser humano, porque asume que le espera una vida inmortal.

Hablar de Dios da pudor, miedo, la gente recurre como mucho a cierta superchería en momentos malos. No es extraño que existan adivinos que llenan los múltiples interrogantes de la vida, en una extraña adherencia a las energías positivas. Cuando no hay mayor positividad que la fe para hacer que todo resplandezca lleno de una luz apacible. Claro, que nuestra fe también sufre de sus noches oscuras, de esos momentos en los que todo parece perder sentido. Getsemaní forma parte del camino. Jesús oró para que si era posible se apartase de Él el cáliz amargo de la crucifixión. Esa es la parte peliaguda, la que más molesta. Una fe que hace sangrar interiormente, al menos, es una fe que duele. Y no estamos por la labor de sufrir, ni siquiera unos minutos.

La fe merengada, la del Dios amor y misericordioso, forma parte de la fe sangrienta; es como la cara de una misma moneda: lo blanco y lo negro, lo amable y lo doloroso. Ley de vida, aunque a algunos les vaya mejor que a otros. Y durante cierto tiempo se ha querido arrinconar a ese Dios que exige una entrega incondicional a su causa. Que es nuestra misma causa. Que exige, dar la cara en determinados momentos, aún a riesgo de que te rompan la nariz. Y todo gracias a su misma fuerza, esa fuerza que se genera en la oración constante, como una letanía que nos acompaña desde el alba hasta el ocaso.

La oración del corazón es casi como el Magníficat, un darlo todo. Porque la vida, en sí misma ya es una suerte de lotería. Tenemos más probabilidades de no ser que de ser. Pensando en porcentajes científicos. Así que cuando recibimos el regalo de la existencia, comienza una aventura que nos va a acompañar hasta el fin. Justo en ese punto donde se abrirá para nosotros la plenitud. Visto así, conviene explicar que es mucho más lo que ofrecemos que aquello de lo que nos privamos. Porque a fin de cuentas el sentido de la vida, nos hace felices, aunque el hecho de caminar ya supone que nos saldrá algún callo en los pies

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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2 respuestas a Caminar supone que saldrán callos en los pies

  1. Hola Carmen, Así que la evangelizacion tambien evoluciona, estoy muy deacuerdo con este tema… debemos reconocer que la fe no se nos viene del aire, si no que se nos transmite por nuestra familia o por alguna persona en especial.Bendiciones

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  2. Así es Daniel. Bendiciones también para tí.

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