El camino de la felicidad

Declarar que eres feliz, suena a grosería para muchos. Que eres feliz “a pesar de”; ya les consuela un poco, pero no a todos. Hay muchos que se quejan, no les importa lo que pasa a su alrededor, los otros también se lo pasan mal, pero a ellos les importan un rábano; lo cierto es que proclamar soy yo y mis circunstancias es lo que más les interesa. Así no hay consuelo. La empatía es la capacidad de ponerse en lugar de, aunque nunca podamos estar en su interior, es esa primera aproximación la que nos mueve para consolar al triste y animar al decaído. Salimos de nosotros mismos para regalar un poco de nuestro néctar oculto a los demás. Es el secreto del Evangelio, compartir con otros, bien sea bienes o talentos; ponerse en disposición de servicio, de manera alegre.

Ayer vi unas imágenes impresionantes: Españoles en el mundo, traía a la ventana de mi casa a un misionero en África. No tiene las comodidades que hay aquí, vive rodeado de miseria, pero era feliz. Se daba a los demás y ellos le correspondían. Parecía un chaval joven. Luego estaban los aventureros, dispuestos a sacrificar las comodidades de la vida occidental por visitar un país de miseria y disfrutar con excursiones que les hacen sangrar los pies. Somos así de raros. Pero hay gente que hace de ello su forma de vida, y parece que les va bien. La guía española valoraba al pueblo de Etiopía por su capacidad para hacer fiesta de manera sencilla. La celebración de final de año frente a una hoguera en mitad del desierto le parecía maravillosa porque estaba rodeada de gente que le hacía sentirse feliz.

Pues eso mismo me pasa a mí. No me puedo quejar y eso que ha llovido torrencialmente, pero ahora en este mismo momento, soy feliz. Me bastan mis tres libros de lectura, esta pasión por escribir, mi fe como hoja de ruta, mi familia, mis amigos, mis compañeros. Lo pongo todo en el pack y no me puedo quejar. Así que proclamo que estoy próxima a un estado de felicidad aunque algunos lo califiquen de ilusorio. Porque en cierto modo la felicidad es algo interior, es aceptar las cosas como son, saber adaptarse a las circunstancias y no renunciar a ser tú misma pase lo que pase. Esa armonía de dentro y de fuera, vale todo el oro del mundo.

Yo he encontrado la perla preciosa, que mira por donde es el Evangelio de hoy:

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.»Mateo 13, 44-46

La perla por la que vale la pena estar donde estoy. Libre para analizar las cosas, sin las servidumbres de tener a quien adular. Tengo un trabajo que consiste en ayudar a los demás, en enseñarles a ser más responsables. Y me gusta, porque me hace sentirme útil. Otra de las recetas de la felicidad. Encontrar que eres útil, que tu vida tiene un sentido. Dar gracias todos los días, es también una receta infalible. Cuando agradeces, sabes lo precaria que es la felicidad. Porque las tormentas vienen de improviso y mientras te zarandean no eres capaz de hacer otra cosa que intentar sobrevivir.

Pues bien. Hoy quiero dar gracias a la vida, por haber permitido sentir este rapto de felicidad. Debo de estar llena de endorfinas. Pura química que regula nuestro bienestar. Así de vulnerables somos, un pequeño desajuste en los neurotransmisores da al traste con nuestro estado de ánimo. Por ello vale la pena, saborear las cosas más sencillas como si fueran la primera vez que las realizas. La diversión consiste precisamente en esa capacidad de ilusionarse por lo que sea. Cuando desaparece ese impulso pionero, la gente decae como una flor mustia. Así que mejor, saber programar el día a día para ser felices. La receta, que tu organismo sea capaz de hacer florecer las endorfinas y la confianza en la Providencia.

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Acerca de Carmen Bellver

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