Católicos, menos pero más auténticos

No crean ustedes que desconfío de las estadísticas. No es eso, pero cuando se utilizan para argumentar a favor de otro tipo de Iglesia mi piloto de alarma se enciende. Por eso al leer a Juan José Tamayo, reclamar una vez más el cambio de rumbo de la jerarquía, en base a la disminución alarmante de creyentes practicantes, he pensado automáticamente que sigue estando al servicio de la propaganda. Casi añado del régimen, con ese tufillo retro que el mismo utiliza al enjuiciar algunas situaciones.

La práctica religiosa según dice ha disminuido del 21% hace una década al 13%. En torno a ¼ parte de la población española se declara no creyente o atea, casi el doble que diez años atrás. Eso puede significar que algo se ha hecho rematadamente mal. Porque seguimos teniendo presencia en la educación con numerosos colegios concertados regidos por religiosos y las clases de religión serán malísimas, pero están presentes en la vida educativa. Sin embargo, para nuestro catedrático de las tres religiones en la Universidad Carlos III, el cristianismo que pervive en España es cultural o sociológico, exclusivamente para los actos sociales, de bautismos, comuniones, bodas y funerales.

Eso sucede cuando por una parte se critica la religión estatal y de otra se le quiere dar a la religión el papel de cohesionadora de la vida social. En una sociedad plural y laica, es normal que descienda el número de creyentes, porque éstos lo son por convicción, no por costumbre. Y lo cierto es que la Iglesia debería cuidar más el anuncio del Evangelio. No para descafeinarlo como se presupone de la lectura del Sr. Tamayo, sino para promocionar el sentido de una vida que llama a la plenitud. El camino del cristiano es largo y difícil, supone entrar de lleno en numerosas contradicciones. Porque no se está con el mundo, sino más bien a favor del Reino, de una sociedad donde los valores sean el faro que nos llevan a obrar.

Y eso supone entrar en el número reducido de los testigos de Cristo a quienes el Evangelio no promete precisamente una vida cómoda y sencilla, sino más bien la oposición de la sociedad. Entonces sucede lo que sucede, que la juventud ha sido educada para el goce hedonista, la irresponsabilidad o como mucho para la solidaridad, pero sin compromiso. Hoy es difícil encontrar parejas que crean en una vida en común hasta la eternidad. Todo se rompe con el tiempo. De manera que la banalidad ocupa la mayor parte del espectro social.

No es un problema de lenguaje, sino de convicciones. No es que la Iglesia se aleje de la sociedad, más bien es la sociedad la que nunca se puede juntar con la Iglesia. Porque son dos polos opuestos. Nadie que viva por un Reino que no es de este mundo, puede encajar con los contravalores que desde los púlpitos mediáticos se pregonan a voces. Nadie que ponga el derecho a la vida por encima de sus propias comodidades, puede resignarse a una sociedad que admite eliminar al ser más débil a capricho de la interesada.

Es imposible que quien pase una noche de Adoración al Santísimo, pueda encajar con una sociedad que discurre a golpe de botellón para finalizar en una bacanal. Hacer que encaje ese modo de vida con la contención y responsabilidad del cristiano, tiene que chocar. Por eso Juan José Tamayo está equivocado. Basta leer el Evangelio y seguir su ruta a través de la historia. Una comunidad pequeña consiguió ser la religión oficial de un Imperio en decadencia y siguió presente en la sociedad durante miles de años, hasta que llegó la Edad Moderna opuesta a Dios de manera tajante. Entonces devino la sociedad laicista que vive de espaldas a lo trascendente. Así que cuando se construye una sociedad sobre esos pilares, es lógico que los creyentes disminuyan en número y sean poco significativos para la sociedad.

Pero el Evangelio sigue siendo el mismo ahora que en el siglo I. Y lo quiera o no el Sr. Tamayo, tiene que chocar con una sociedad anestesiada, donde lo que cuenta es seguir la corriente para no ser estigmatizado. Porque precisamente lo que Juan José Tamayo declara anacrónico es el buque insignia de la fe. La Iglesia es prudente y suele discernir qué es lo que perdura y qué es lo que corresponde al signo de los tiempos. Por eso, se opone a la manipulación de embriones y a la ingeniería genética. No se opone a la modernidad, sino al utilitarismo de la vida en manos de quienes consideran a ésta como un negocio.

La Iglesia no puede evitar la venta de armas, pero sí denunciar a los países que utilizan su industria bélica atizando conflictos allí donde no los había. El Sr. Tamayo, debería poner sus conocimientos al servicio de la fe, no de la modernidad. Parece que no ha comprendido cuál es la perla por la que vale la pena dejar todo lo demás

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Acerca de Carmen Bellver

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