Cristianismo y poder, según Tamayo

Nuestro revolucionario oficial y oficioso Juan Tamayo, ha hecho un análisis en el que establece la relación entre el cristianismo y el poder, que es para caerse de espaldas. Hace un recorrido impresionante por la historia de la Iglesia, que serviría como guión para montar una película entre los histórico y lo fantástico, que recuerda mucho a aquel éxito que resultó ser La Misión. Pues bien, siguiendo la estela de estos misioneros de frontera que revolucionaron el continente americano, nuestro catedrático de la Carlos III, rescata en un remake genial a fray Bartolomé de las Casas y Camilo Torres, al ministro Lugo y los jesuitas de las reducciones de Paraguay, y así en un revoltijo saltarín de siglo en siglo, para llamar a la revolución con tal ímpetu que le permite unir a Castro con Leonard Boff. Si además pone como contrapeso de tan noble plantel a Juan Pablo II, la digestión por fuerza se tiene que cortar.

Para loar la teología de la liberación, saca a relucir dos hechos que nada tienen que ver con algunos fenómenos que surgieron al amparo de aquella teología, que ha sido asumida por la historia. No podemos comparar la labor que realizaron los jesuitas en Paraguay, con el guerrillero que abandonó el sacerdocio para saltar al monte. Por muy nobles que fueran sus ideales de entonces, por muy fashion que resulte mezclar la revolución con la Iglesia. Lo cierto es que aquellos hechos no se pueden sacar de su contexto. Y cada uno de ellos merece un capítulo aparte.

Pero intentado aclarar ese panfleto propagandístico de una Iglesia que se ha inventado este señor, podríamos decir que afortunadamente tenemos a fray Bartolomé de las Casas para demostrar que muchas voces de la Iglesia mediaron en una conquista que en otros territorios fue absolutamente perniciosa para la población local. Rescatando al sacerdote dominico Antonio Montesinos, que denunció a los encomenderos acusándoles de estar en pecado mortal; así como al obispo Vasco de Quiroga, que condenó la guerra de conquista y la esclavización de los indios, y llevó a cabo una loable experiencia de educación de indígenas que tenía su base en el mestizaje, lo único que muestra es la ingente labor de unos esforzados creyentes.

También redescubrimos el término intercultural en los misioneros jesuitas del Paraguay. Y eso no debe llevarnos a caer en militancias maniqueas, donde se pierde el norte de qué es lo más importante. Porque se ha visto a posterioridad que es el mundo quien trasforma los corazones y hace que el abandono de la fe y la corrupción de las ideas campe por sus fueros. No hacía falta tal panegírico para desear suerte al presidente Lugo, que no es modelo para nadie, y a quien le salen los hijos por los meñiques de las manos, mientras abandona gustoso su condición clerical para recostarse en los salones del poder, aunque diga que es para servir a los pobres.

Pero sin lugar a dudas yo rescataría una frase que subraya su apasionado y panfletario artículo mostrando la raíz de sus intenciones: “Tras la descripción de algunas de las experiencias de ejercicio liberador del poder en América latina, no faltará gente que piense que la religión sigue siendo opio del pueblo, como escribiera Marx cuando tenía 25 años en su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, haciéndose eco de una opinión muy generalizada en su época. Y quizás no les falte razón a quienes así piensan”.

Sin duda esa opinión tan difundida por la inteligencia izquierdista, muestra claramente que la raíz de la fe de Juan Tamayo se hunde en el socialismo del Sr. Zapatero, que es un socialismo de salón, con ribetes cínicos. Porque alguien que congela los salarios de los trabajadores y perdona los errores de los banqueros, no puede ser ni obrero, ni socialista. Más o menos como nuestro Sr. Tamayo cuando intenta aparentar ser católico y disidente de la jerarquía, dispuesto a romper con el Vaticano actual, para inventarse una religión a la carta que lance al estrellato su arrianismo, al que está muy apegado.

Para ese viaje no hacían falta esas alforjas. Pero considero notable que haya olvidado a monseñor Romero y los jesuitas del Salvador. Es una buena señal para la causa de quienes de verdad sirvieron a los pobres y fueron hijos fieles de la Iglesia católica.

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