Comunión a los siete años: desconcierto en la Iglesia

Según nos hace saber Religión Digital el Papa está dispuesto a adelantar la edad de comunión a los 7 años, siguiendo la idea propuesta por San PIO X. Eso nos hace pensar que la Iglesia no sabe cómo frenar la sangría de la secularización. El modernismo ha cambiado la sociedad y es muy difícil que se vuelva a tiempos pretéritos, donde la fe constituía una parte esencial en la mayoría de las familias. En ese sentido la Pastoral tendría que buscar maneras diferentes de asistir a los fieles. Cambiar el centro geográfico de los púlpitos, donde sólo acuden unos pocos, y salir a las ágoras públicas. Más o menos como en tiempos de Pedro y Pablo. Hoy la calle está en la televisión, en los medios de comunicación. Y aunque la fe se recibe con el encuentro personal con Cristo, también es verdad que éste puede producirse por rutas insospechadas.

No veo mal la comunión a los 7 años, excepto que me parece absurdo seguir el juego del sacramento social. Los responsables en haber promocionado ese desmadre de las comuniones, no son en primera instancia los padres, sino la misma Iglesia. Bastarían unas medidas más espirituales para que el rito se abandonase por la mayor parte de esa sociedad consumista que le importa un carajo la comunión. Como es obvio, esto asusta, parece que vamos a privar a las criaturas del don de la Eucaristía. Pero tal y como lo veo, es la misma concepción de la vida parroquial la que debe cambiar drásticamente. Reconozco que no poseo más que unas difusas intuiciones; la primera sobre el catecismo es convertir a éste en libro de cabecera familiar junto a los Evangelios. Catecismo que deberían recibir todos los padres y niños desde el mismo momento del bautismo.

No podemos olvidar que el primer error es administrar sacramentos como rito social. De esa manera el bautismo se vive como algo ajeno a la fe, aunque esté íntimamente relacionado con ella. Es obvio que a los padres cuando van a bautizar a sus hijos hay que facilitarles al menos unas ideas claras de la responsabilidad que entraña el recibir este sacramento. Y aunque es previsible que más de uno salga espantado, decantándose por un acto civil, eso no debe preocupar, porque lo prioritario no debe ser tener un cupo de bautizados, sino de creyentes.

Lo que sí debe estar presente en la Iglesia, es el cuidado de la fe de los fieles. Una fe que no se puede alimentar exclusivamente con la Eucaristía del domingo, sino que debe entrar en la familia y ocupar un espacio prioritario. Porque si no hacemos de la fe nuestro tesoro, para qué queremos los sacramentos. Nuestros progresistas abominan del Catecismo, pero cuando no se tiene vocación de teólogo el camino más sencillo para conocer la fe es el del Catecismo. Un tema que muchos olvidan es que este libro es de una profundidad accesible a la gente de la calle. Y además está relacionado con citas bíblicas y Encíclicas de los Santos Padres. Es por tanto una brújula en el camino que orienta hacia donde debe dirigirse nuestra fe.

Esto no es óbice para que existan escuelas de oración, pastoral juvenil o grupos de adultos. Pero sí es un buen sistema de dar a conocer la fe cuando el púlpito ha perdido la referencia primordial en la vida de nuestra sociedad. Sigo pensando que se debe salir a visitar a los feligreses, a conocerlos, a relacionarse con ellos. Y desde luego, a eso están llamados los sacerdotes, cuya formación en la predicación debe estar a la altura de los tiempos.

Igual que un artículo sintetiza una idea en un determinado número de líneas, los predicadores deben saber resumir en diez minutos aquello a lo que están llamados a anunciar. No clamemos al cielo por esta medida, ella por sí misma no servirá para nada, sino va acompañada de otras mucho más necesarias que la de variar la edad para tomar la primera comunión. En sus manos está, monseñores, saber dinamizar las parroquias haciendo salir a pie de calle a los predicadores, enseñando el Catecismo con celo pastoral, no como normas de obligado cumplimiento, sino más bien haciendo ver que el origen de dichas normas emana del mismo Evangelio.

Mostrar interés en expedir sacramentos tal y como hasta ahora se ha venido haciendo, está abocado al fracaso, porque falta el celo por llevar el Reino de Dios a los corazones. Falta el encuentro de los fieles con la Palabra de Dios, en sus mismas casas, dentro de sus familias. Son las familias las primeras trasmisoras de la fe y el sacerdote debe conocer la manera de llegar a cada hogar. Los restantes proyectos, planes pastorales, reuniones semanales, no sirven sin ese convencimiento personal de que lo que se lleva entre manos es la salvación de los demás

Acerca de Carmen Bellver

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