Por favor, que no nos olviden

Aprender a silenciar la mente y reposar la mirada en cada uno de los acontecimientos que nos envuelven, requiere una preparación metódica. La vida moderna en cambio nos lleva hacia el consumo banal de noticias, de chismes, de SMS, de email. Y todo a un ritmo vertiginoso. Lo decía al principio de tener el blog, Internet obliga a trabajar en tiempo récord, su capacidad de acelerar la vida de manera frenética no se había dado nunca. Las agencias de noticias viven pendientes de ofrecer nuevos datos y el consumidor, sigue compulsivamente rastreando en su móvil o en su PC. Cuando encuentras gente que no está enganchada te llama la atención que puedan demorarse en responder un email más de siete días. Eso en tiempo virtual es una eternidad, siete días fueron necesarios para la creación del mundo según la Biblia. El siete es un número redondo, corresponde a toda una semana. Y hoy en una semana suceden muchas cosas.
El caso es que nadie repara que en el pasado los viajes duraban meses y las noticias tardaban en llegar toda una travesía. La gente estaba acostumbrada a recordar a los suyos y orar por ellos, para que siguieran bien de salud de alma y cuerpo. La distancia aumentaba el fuego del corazón por aquel ser que vivía a miles de kilómetros de distancia y a quien tal vez nunca volviésemos a ver. Todo eso se ha esfumado. Hoy basta una cámara web para poder gozar de la presencia de una persona a miles de kilómetros. Y no digamos lo fácil que es marcar un número y que la voz de nuestro interlocutor suene tan próxima como si estuviera dentro de la misma habitación. De manera que nos sentimos conectados las veinticuatro horas del día. Nadie es ya ajeno a nuestro control.

El caso es que siendo como son unos inventos maravillosos, tienen un problema real que algunos expertos no dejan de señalar. El problema es que terminemos por vacunar nuestra sensibilidad, que a fuerza de saber tanto nada termine de importarnos. Y la realidad es tan grandiosa que hay que coger por los pelos las señales para que podamos pensar un poco en aquello a lo que apenas proporcionamos unos segundos de atención.

En mi retina sigue vigente el drama del desierto de Atacama con sus treinta y tres mineros atrapados a casi un kilómetro bajo tierra. Mantener en condiciones óptimas a esas personas que van a estar aisladas durante meses de sus familiares, es casi una epopeya que sólo podríamos imaginar en la pantalla grande, como una película de tragedias humanitarias. Y allí están, implorantes los familiares al pie de la mina, e implorantes los mineros que deben encontrar fuerzas para sobrevivir. La suerte de nuestro tiempo es que podemos ver la boca negra del refugio minero y escuchar las voces de sus atribulados moradores. Rezar por salir con bien de una dificultad es un acto de fe que no debemos olvidar jamás. Pedir fuerzas, ánimo, coraje, lo que sea, viene bien. Y confiar en que otros suplican por nosotros, también es un bálsamo en muchas pruebas.

Por eso hoy recordaba a los mineros de Atacama y a la viuda iraní Sakineh Ashtiani, condenada a ser lapidada por adulterio. Y apoyada por las organizaciones humanitarias de países lejanos. Para ella la única esperanza es el clamor que Occidente puede levantar con su caso, un clamor que paralice una ejecución. Para los mineros de Atacama la esperanza se encuentra en que las máquinas trabajen día y noche para que pronto puedan ser rescatados. En ambos casos sus vidas quedan proyectadas por los medios y son como vecinos de escalera a quienes vamos encontrando día a día en nuestro picoteo ávido de noticias. Vale la pena parar un poco y ponerse en la piel de esas sufridas víctimas. Dejando reposar nuestra retina en sus imágenes, para que no se desvanezcan de nuestra memoria durante el tiempo que dura su liberación. Seguro que ellos en su interior están clamando: Por favor, que no nos olviden.

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Acerca de Carmen Bellver

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