No vamos a quemar el Corán, aunque en Pakistán no lleguen las ayudas a los cristianos

Hay que reconocer que tiene su puntito que un pastor evangélico lance la propuesta de la quema pública del Corán en el aniversario del 11 de Septiembre. Es evidente que el señor se juega los bigotes por mucho que su iniciativa haya provocado el rechazo del resto de confesiones religiosas. Porque su oposición al Islam va contra el derecho a la libertad religiosa, eso hay que explicarlo. Visto con esa aséptica perspectiva y la sensatez que demanda una buena convivencia, es obvio que no se puede quemar en público el Corán. Aunque tampoco se deben suprimir las ayudas a los cristianos de Pakistán, como de hecho está sucediendo; ni mucho menos admitir relaciones comerciales con países que de facto no permiten la libertad religiosa. Y esto debería estar escrito en todos los organismos internacionales.

Lo digo porque la esquizofrenia política admite la globalización de la información, y contraviene los más elementales derechos de reciprocidad. Porque es evidente que el Islam juega con Occidente y su tolerancia, la utiliza en beneficio propio y además hiere donde más duele. Si no fuera así, no tendría sentido buscar edificar una mezquita al lado de donde otros coleguillas destruyeron las Torres Gemelas, aunque sólo sea por mera deferencia y sensibilidad. Y también es cierto que unos islamistas radicales no deben condicionar al Islam democrático. ¿Pero existe ese islamismo?. ¿Existe un islam donde la mujer pueda defenderse de ser lapidada?. ¿Existe un Islam donde se pueda proclamar la Palabra de Dios sin ser quemados a lo Juana de Arco?. ¿O más bien, a medida que aumenta la población islámica, sus seguidores se radicalizan más, allí donde se encuentren?.

Estamos en una situación donde a los organismos internacionales, contaminados por el laicismo radical, les importa un carajo el hecho religioso; es más denuncian que la fe es un pozo de conflictos sociales. Y lo hacen tomando como referencia el Islam, donde el terrorismo internacional tiene en jaque a la sociedad occidental. Y esa baza se está jugando delante de nuestras narices. Una baza que debilita la sociedad occidental y multicultural. La famosa Alianza de Civilizaciones abandera una sociedad plural, pero esconde su deseo de relegar las religiones a un rincón exótico dentro de la sociedad. Es obvio que se está construyendo una sociedad de espaldas a Dios. Y utilizarán el Islam como ariete para deshacer la sociedad cristiana.

Dudo mucho que en la actualidad exista un estado confesional en todo Occidente, pero no sucede lo mismo en Oriente o Asia, donde también tienen diferentes visiones de una misma fe; sin embargo, se sienten como una piña frente al resto del mundo. Y eso es lo que ha perdido la sociedad occidental, sus raíces.

En nuestro caso podemos mostrarnos unidos con un equipo deportivo, nada más. El resto se ha desvanecido, no hay un sentir común. Lo cual es peligrosísimo porque nos transforma en seres capaces de ser contaminados por cualquier creencia que sirva para aglutinar ese inconsciente colectivo que toda sociedad tiene. De esa manera los extremos se agudizan. Hoy es posible encontrar dentro del mismo país nacionalidades que actúan de facto como elementos contrarios a la unidad de la nación. Se ha trabajado para relativizar los valores que configuran a la persona y a la célula social que es la familia. Creando a su vez otras realidades que están al margen de la cultura que hemos conocido durante miles de años.

La democracia está en crisis, yo diría que en peligro de desaparecer bajo el único poder que sigue manteniendo las riendas. El poder económico que permite hacer y deshacer Estados, leyes e incluso la fe de los países. Y quienes lo manejan parece que no creen en ningún dios. Si Occidente no es capaz de levantarse de su letargo, reivindicar sus valores y demostrar que el humanismo cristiano enriquece a la sociedad y la vertebra, mucho me temo que estemos llegando a la agonía de una civilización. La fe no es una cuestión decorativa o personal, implica a toda la sociedad y se adentra en sus raíces. Si estamos cortando las nuestras, veremos caer la copa de los árboles. Dios no lo quiera.

Acerca de Carmen Bellver

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