Monseñor, este marrón alquien se lo tiene que comer

Tomo la noticia tal y como nos llega. Muchas mujeres se sienten molestas por haber sido marginadas en los actos de beatificación de Fray Leopoldo en Granada. Son aquellas ministras de la eucaristía que reparten la comunión en sus parroquias sin mayor problema y a las que se les ha excluido de ese privilegio el día de la beatificación. Personalmente ya había observado que en las macro celebraciones, ninguna mujer sale a repartir la comunión. Sin embargo, sí se ha convertido en cosa normal que lean la primera lectura y las preces. De manera que podríamos decir que algo raro está pasando cuando esta anécdota se repite de forma puntual con ocasión de una Eucaristía televisada. Y desde luego en las que preside el mismo Benedicto XVI. Yo no sé qué tiene de cierto el que no puedan llevar el alba y que resulte poco estético que en un decorado de inmaculadas vestimentas aparezcan una o varias mujeres. Que no se les permita vestir el alba porque se considera ropa de varón es como para partirse de risa.

No tengo claro que sea culpa del arzobispo, aunque pudiera ser, en cuyo caso me parece justo que se dé a conocer la doble vara de medir de algunos prelados. O aceptamos que la mujer puede dar la comunión acompañando al mismísimo Papa, o estamos reproduciendo una medida machista que esconde de modo cicatero la posibilidad de que alguien imagine a la mujer como sacerdote. Es evidente que no les parecen estéticamente recomendables en una celebración con cierta pompa. Pero no hay mejor reacción que la de normalizar lo que ya se realiza en casi todas las parroquias. Y querer esconder a estas mujeres porque no pueden revestirse del alba, es vergonzoso y pacato, lo diga el arzobispo o lo imponga el organizador de dicha beatificación.

Estamos en un siglo en el que la Iglesia no puede tener como menor de edad a la mujer. Ellos verán lo que hacen, pero desde luego van camino de convertirse en la única institución junto con la de los radicales islamistas, que segregan a las mujeres por motivos que nadie termina de entender. Me da igual que Jesucristo se encarnase en un hombre y que eligiera exclusivamente a doce varones. Al lado iban siempre las mujeres. Es evidente que el siglo I tenía unas características sociológicas y que el siglo XXI se reviste de otras muy diferentes. Yo no voy a entrar en la polémica del sacerdocio para la mujer. Sí creo, en cambio que debe medirse bien cierta paridad en determinados órganos de gobierno de la Iglesia. Porque el anonadamiento de la mujer es muy evidente en la institución. Viene bien que recordemos que en la Edad Media ya hubo alguna religiosa que supo poner a cada uno en su lugar. Me estoy refiriendo a Santa Hildegarda, cuya vida queda reflejada en la película Visión, donde se reproduce los tics del machismo visceral de los clérigos.

En un mundo donde la igualdad no puede ser exigida, como es el caso de la Iglesia católica; si puede, en cambio, hablarse de fraternidad y de justicia. La misma que mostró el rostro amable de Cristo preparando la comida para sus discípulos y aceptando que le siguieran mujeres. La misma que hace posible el debate intelectual entre teólogos y teólogas. Y que además debe permitir en su caso cierta libertad de decisión en los conventos o monasterios.

Pero ahora estamos refiriéndonos a una medida que es anacrónica y que merece una respuesta que no sea la del mutis por el foro. Estas mujeres que han sido relegadas por no poder vestir el alba que sí se permite a los laicos varones, merecen algo más que un desplante, porque son ellas las que día a día trabajan al lado de su párroco; y en las que muchas veces recae el buen funcionamiento de la parroquia. Este marrón alguien se lo tiene que comer, ustedes verán monseñores.

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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Una respuesta a Monseñor, este marrón alquien se lo tiene que comer

  1. Interesante su blog, Carmen. Saludos.

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