La desmesura de comportamientos que rompen nuestros esquemas

Las parábolas de hoy sobre la misericordia divina me dejan sin palabras. No entiendo que se olviden de 99 ovejas para rescatar sólo una, en términos de eficacia eso es un error, nuestra lógica dejaría perder esa oveja descarriada y mantener al resto a buen recaudo. El mismo impacto me produce la parábola del hijo pródigo, un bala perdida que desperdicia la herencia de su padre, se puede entender la alegría cuando vuelve a casa, al fin y a postre un padre siempre es un padre, pero el feo que le hace al hijo mayor que ha permanecido fiel en la casa, es de aurora boreal. Una fiesta por todo lo alto que azuza la envidia de su hermano. Vamos que la desmesura que se nos presenta en estas actitudes hablan de un Dios que nunca deja de amar a sus hijos. De su paciencia infinita, de la desproporción entre el amor del Padre y nuestros cicateros comportamientos.

Lo bueno del evangelio de esta semana es que siempre se nos presenta la puerta abierta para el regreso, la reconciliación, el reencuentro. No hay reproches, hay una desproporcionada alegría que no tiene en cuenta las ofensas anteriores. Visto así podríamos pensar que ya tendremos tiempo de convertirnos, de arrepentirnos, de volver a la casa del padre. Pero esa no es la cuestión, sino que más bien muestra un camino que a nadie le convence, el del perdón sin condiciones. Porque nosotros también tenemos que ser padres que acogen a los demás, sea cual sea su comportamiento. Y eso se hace más cuesta arriba, nos damos cuenta que sólo Dios tiene esa capacidad infinita de misericordia. Nosotros medimos las ofensas, guardamos las puñaladas en el debe de nuestros recuerdos. Mantenemos erguidas las espadas y desde luego no vamos detrás de ninguna oveja descarriada, dispuestos a abandonar a los nuestros.

Y sin embargo los valores del Reino son así de sorprendentes. Rompen el esquema de nuestras estrechas miras humanas. Desbordan nuestras previsiones y medidas. En verdad debemos pedir al Padre que nos trasforme, porque nosotros es imposible que alcancemos con sólo nuestras fuerzas una actitud tan generosa de misericordia. Y si debemos dar testimonio de la Verdad por la que estamos cautivados, tendremos que presentar este trozo del Evangelio para convencer a los incrédulos de que Dios siempre nos está esperando con la puerta abierta.

Y ahora que estamos en tiempo de tribulación, donde Dios queda olvidado en las sacristías, abandonado por nuestra indiferencia. Es momento de afirmar que dar culto a Dios es la manera de agradecer sus atenciones con nosotros. Y en la oración y los sacramentos esperamos encontrar la fuerza para transformar nuestros cicateros comportamientos en los valores del Reino. Tal vez así, podamos construir una sociedad más justa y fraterna. Y volver a escuchar de aquellos que no nos comprenden que admiran como nos amamos.

La Iglesia es depositaria de la memoria de cientos de cristianos que antes que nosotros vivieron los mismos interrogantes. ¿Cuántas veces he de perdonar?. ¿Dónde tengo que poner el hasta aquí hemos llegado?. Y la verdad es que leyendo el Evangelio parece que Dios nos lleva en la palma de la mano. Es Él quien nos sigue a pesar de nuestras infidelidades, Él quien a poco que abramos los ojos nos deja sin palabras por su amor a fondo perdido. Y nos muestra el camino en cientos de versículos del Evangelio de la mano de Jesucristo que enseña que debemos amarnos unos a otros como Él nos amó, es decir hasta perder incluso nuestra vida. Celebremos la fiesta del reencuentro con el Padre, que no nos reprocha nada, siempre que decidamos volver a su casa.Feliz día del Señor.

Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a La desmesura de comportamientos que rompen nuestros esquemas

  1. El premio que hace Dios a los descarriados que retornan a Él solo se puede entender en que los buenos ya convertidos poseían de sobras este Premio por el solo hecho de permanecer fieles al amor de Dios, un premio permanente que en nada tiene que envidiar al festivo reencuentro del Padre con una oveja descarriada. Se entiende que la fiesta del reencuentro con el descarriado es la misma fiesta de la permanéncia del convertido, y por tanto el convertido no debería protestar.

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