El teutón imbatible: Benedicto XVI

Cuentan las crónicas que el Papa Ratzinger a principios del siglo XXI conmocionó a los fieles con sus reformas. Lo que algunos titulaban el día de su proclamación como un papado de transición, epígrafe que recae de manera inmediata sobre un Papa ya anciano con pocas posibilidades de maniobra, se transformó en un Papado convulso, lleno de crisis resueltas con mano firme. Lo cierto es que Benedicto XVI, conocedor de los entresijos de la curia y de los avatares del Concilio Vaticano II, estaba realizando un cambio paradigmático. Se abrían los brazos a otras confesiones, sí, pero remarcando el carácter universal del catolicismo y entronizando su primacía frente a otros credos. Eran tiempos oscuros de terrorismo islamista, de migraciones masivas que transformaron Europa en un continente multiétnico con una población envejecida cuyo relevo generacional se realizaba, casi de manera exclusiva, por la población inmigrante.

Y el anciano pontífice de sensibilidad casi enfermiza, mostró la sabiduría de Salomón en cada uno de sus movimientos y la bondad de su corazón, incapaz de condenas pero marcando los puntos sobre las íes. Fue él quien tuvo claro que se abría una crisis sin precedentes sobre el catolicismo europeo. Una crisis en la que quien perdía era la propia civilización occidental, confundida con reclamos hedonistas y leyes absurdas que debilitaban la base de la sociedad, atacando a su unidad más fundamental: la familia.

El cambio afectó a toda la sociedad, ya no se consideraba un matrimonio la unión de un hombre y una mujer. Esa palabra de manera absurda había mutado hasta aceptar a las uniones homosexuales; a su vez se permitía la adopción de cualquier niño a una pareja de cualquier sexo que decidiera hacerse cargo de su educación y mantenimiento. La confusión llegó a tal extremo que en los colegios se enseñaba desde muy temprana edad que la homosexualidad era una manifestación tan natural como la heterosexualidad. Pues bien, a esta revolución social se enfrentaba la palabra del anciano pontífice para remarcar que la sociedad estaba entrando en un camino peligroso.

La vida en manos de especuladores con pátina de galenos, había sido devaluada hasta el extremo de que cualquier joven podía decidir suprimir al hijo que llevaba en sus entrañas, con absoluta normalidad, sin ningún atisbo de conciencia sobre lo que se estaba realizando. De esa manera los embriones congelados, también pasaban a ser objeto de manipulaciones sin que ninguna ley defendiera sus derechos. La vida, se había quebrado rindiéndose ante los manipuladores de la ciencia sin moral. Los experimentos de laboratorio cada vez estaban más cerca de suponer enormes ganancias a las farmacéuticas, que a su vez manejaban la salud de los ciudadanos con criterios de rentabilidad muy lejos del juramento de Hipócrates.

Sólo la Santa Sede se atrevía a oponerse en los organismos internacionales, que vendidos a las multinacionales, aprobaban leyes cuestionables, ya que no respetaban ni la salud ni la libertad del individuo. De esta manera las píldoras postcoitales se legalizaron para ser vendidas en los establecimientos comerciales sin receta médica, perjudicando seriamente la salud de todas las jóvenes que tuvieran un embarazo no deseado. Mientras se llevaba a cabo un adoctrinamiento hedonista de la población, la Iglesia seguía hablando de la castidad y de la familia como recinto sagrado. Del sexo como don para la formación de la vida y de la contención como paso a la purificación de los sentidos que todo cristiano debía conocer y practicar si era fiel a su fe. Las voces de un determinado sector de la Iglesia se lanzaban contra el anciano Pontífice por considerar que la educación sexual católica era inhumana y además estigmatizaba al tercer sexo, cuyo lobby ya había tomado acceso a todos los puestos de poder, para evitar ser señalados como seres con una moral cuestionable.

Sin embargo, en el continente de la esperanza, las medidas de contención y fidelidad en la familia habían conseguido disminuir las infecciones del SIDA con mucho mayor éxito que en las zonas donde se había masificado la utilización del preservativo como método profiláctico para evitar contagios. Las palabras del Santo Padre resultaban proféticas. Una vida familiar sana con una educación en la fe, originaba menos contagios que una familia educada en la promiscuidad aunque usara preservativos.

Había eso sí, un tema que en aquel comienzo del siglo XXI afectaba de manera negativa a la Santa Sede. Se trataba del papel de la mujer en la Iglesia, no se había conseguido alcanzar el sacerdocio femenino pero existía una teología feminista. Se intentaba recuperar la memoria de determinadas figuras femeninas que habían tenido importancia en la antigüedad, pero no consiguieron contentar a la población femenina, que se veía sometida a la autoridad del varón. No obstante, ese tema no podía resolverlo un Pontífice con más de ochenta años, necesitaba de otra mirada que hubiera sido educada en la complementariedad de los sexos.

Quedaba en herencia la suciedad de una Iglesia compuesta por pecadores de todo tipo y condición que habían hundido la mirada del Pontífice avergonzado por el escándalo de la pederastia. Sin embargo, fueron sus medidas las que consiguieron levantar del lodo a la Iglesia. Una Iglesia debilitada por la avanzada edad de sus sacerdotes y con escasa presencia en la sociedad, pero mucho más pura y vital, compuesta por gente con claras convicciones religiosas que no heredaban una fe, sino que la alimentaban con sus obras.

De esta manera nació la leyenda del teutón imbatible, el pontífice de principios del siglo XXI, señalado como “La gloria del olivo”, y conocido como Benedicto XVI.

P.D: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

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