Cristianos por el socialismo o por lo que sea

No quieren reconocerlo pero cristianos por el socialismo padece una especie de esquizofrenia, de un lado mantiene el impulso de la fe en sus genes, de otro aboga por la sana laicidad y hace de puente entre toda la disidencia del catolicismo oficial. Y digo catolicismo oficial porque es el que bendice el Papa, el otro catolicismo, el de los despistados que caen en las Redes Cristianas, es el del “contrato todo mejor”. Y es que después de hacer la escabechina que realizaron en el 36-39, el socialismo del puño y la rosa, se convirtió en socialdemocracia y todo el mundo tenía un proyecto mejor para España y muchas ganas de llevarlo adelante. Por esa época la Teología de la Liberación llenaba las bibliotecas de las parroquias y los movimientos revolucionarios convulsionaban América Latina.

Han bastado unas décadas para descubrir que el mundo ha cambiado, pero sigue existiendo un abismo entre ricos y pobres. Por lo demás, la mayoría de quienes basaron su fe en la justicia social, terminaron por abandonar los hábitos o las parroquias, hartos de lidiar contra el mundo. Y es que ya nos dijo Jesús que los amigos del mundo eran más listos que los hijos de la luz. A éstos últimos les toca la más dura como siempre. Total que ahora, perdidos con los vaivenes de la globalización se han ido agrupando: cristianos por el socialismo; gays y lesbianas por el matrimonio canónico, la adopción y bautismo de hijos; amantes de las etnias en peligro de extinción, justificando los patinazos de Evo Morales; e idealistas de cualquier pelaje que afortunadamente siguen soñando un mundo mejor, ojalá alguien acierte algún día en hacerles caso, porque de los sueños también se alimenta el mundo.

De momento las relaciones con la Iglesia están en buenas manos, un vasco con denominación de origen el Sr. Jáuregui se encargará de suavizar la inquina desatada sobre la venida del Papa, que tantos ríos de tinta está haciendo correr. Los que abogaban por la reforma de la Ley de Libertad Religiosa, seguirán pidiendo que a las sectas se les trate con la misma deferencia que al catolicismo, si es posible, fuera del manto protector del Estado, o al menos en igualdad de condiciones. De ahí que existan subvenciones bajo el amparo de Pluralismo y Convivencia, para fomentar esa sana laicidad que permite el hecho religioso, se trate de católicos o adoradores de los mapuches, haciendo acopio de un equilibrio que resulta más bien malabarismos sobre el trapecio en doble salto mortal.

Visto lo visto, ese éxodo de jóvenes cristianos expulsados a los pies de las ONG o asociaciones alternativas y solidarias de toda índole, que abandonan la vida parroquial, porque el rostro de Dios está en el de los hermanos y la oración o la misa son cosas de beatos y meapilas. Estos jóvenes, digo, terminarán vagando por el desierto de la vida a la espera de su Moisés. Por eso la jerarquía sigue insistiendo en la pastoral catequética, en un intento por educar en la fe a los jóvenes de hoy día, que desconocen todo sobre la fe de sus padres. En parte porque éstos últimos abominaron del nacionalcatolicismo. Esa escasa cultura religiosa les hace aptos para la abducción por parte de sectas y gurús de toda índole.

Es de esperar que ahora tras esa larga agonía del postconcilio, la fe vuelva a ser un encuentro con Cristo y con los hermanos, así al alimón. Porque cuando se separa una cosa de otra, el sucedáneo está asegurado y el abandono también. Hoy los cristianos no tienen que ser socialistas, sino cristianos; y desde luego escuchar el soplo del Espíritu no nos convierte en zahorís de lo sagrado. Por eso con la correspondiente crítica constructiva debemos ponernos justos a trabajar en un mundo mejor, sin perder el interés por ser también un poco mejores. Digo yo, que algo tendremos que decir a esos jóvenes de Pokemón antes de que se pierdan en la ciénaga del egoísmo edulcorado como derecho. Ahora de esas cosas se ocupan los Ministros, hace años de la educación de los jóvenes se ocupaban los padres. Pero es que los tiempos cambian una barbaridad

Acerca de Carmen Bellver

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