Los talibanes de la cruz

Hay respuestas cívicas que merecen destacarse. Es conmovedor que toda la asociación de padres de un centro se oponga a la retirada de los crucifijos en sus aulas. Digo que conmueve, porque esa efervescencia de perseguir las cruces, la llevamos viviendo los últimos treinta y cinco años con el apocado silencio de la mayoría. Es lícito que se festejen en el centro las fechas más señaladas del calendario. Pero algunos se han esforzado mucho por suprimir el Belén en la escuela, los crucifijos y todo lo que tenga un marcado carácter religioso. Por eso resulta altamente significativo que se haya dado una reacción cívica a la contra. Es decir, oponerse al único personaje del centro que quiere imponer sus criterios a la mayoría. Estamos hablando de un colegio en Almendralejo, en un centro que reivindica su derecho a ser diferente, ahora que tantos, incluidos muchos que se llaman creyentes, deciden amoldarse a la laicidad.

Hasta que este país no vea natural el respeto a la religión en la vida pública, sin que se rasgue las vestiduras, estaremos reproduciendo los males del pasado. El trauma de la guerra incivil aletea como un fantasma por nuestra sociedad. Y lo hace en momentos muy puntuales y significativos. Somos tan tolerantes que permitimos el acoso y derribo de lo propio para dar gusto a las minorías. Así que el padre de Almendralejo pide la retirada del crucifijo en la escuela, por coherencia atea y por ganas de dar la batalla de los símbolos. Ahora que ya hemos hecho la Transición, se vuelve a abrir la caja de los truenos. El nacionalcatolicismo creó un complejo en la sociedad creyente. Y el miedo a los sables hizo prudentes a quienes reivindicaban una sociedad laica. Pero todo eso ha pasado por el túnel del tiempo y las cosas van cambiando.

Estos mismos individuos son capaces de abrir cuentas para sufragar mezquitas, porque la sociedad es plural; y está bien que convivamos dentro del marco de un Estado aconfesional. Pero es de mentecatos rechazar las propias raíces por temor a no cumplir escrupulosamente la separación de la Iglesia y el Estado. Hay cosas que no se pueden cortar a la ligera, aunque muchos se hayan esforzado en estos últimos años por quitarse la caspa religiosa, incluidos los religiosos y sacerdotes que adoptaron el espíritu de este mundo para fomentar el coleguismo. El resultado ha sido una mayor implicación en la sociedad de los más necesitados, y una pérdida del sentido trascendente.

Tendremos que reinventar el espíritu misionero y salir pregonando nuestras raíces a pesar de molestar al vecino. Lo digo porque ser católico no es un virus mortal, ni un estigma virulento. Sentir el corazón y la razón latir a un mismo ritmo, es la mayor felicidad que cualquier ser humano pueda poseer. Y afortunadamente quienes creemos en Cristo, gozamos de una sensibilidad especial hacia nuestra sociedad. Me gusta pensar que hoy quien encuentra un monedero y lo deposita sin abrirlo ni sustraer lo que hay en su interior, tiene la señal de la cruz en su corazón. Enseñar estas cosas era propio de un tiempo que se nos ha ido sin nostalgia. Se correspondía con una sociedad cristiana. Y no está de más recordar esas cualidades que algunos echamos en falta.

Las buenas costumbres provienen de una moral y una ética cristiana, respetuosa con las diferencias, pero también firme en sus convicciones. Por eso los padres y madres de Almendralejo nos dan una lección sublime de coherencia. No están por transigir al pensamiento dominante y eso les honra. Someter a votación las decisiones y que la mayoría se posicione del lado de la cruz, es casi un milagro en nuestros tiempos. Y desde luego no debería de molestar a quienes no comparten nuestra fe. Y no se esfuercen en justificar lo cicatero. Una cruz no puede molestar a nadie, es el símbolo del altruismo y la entrega pacífica por amor. Representa la fe de millones de almas. Quienes llevan al Tribunal estas cosas sufren la misma fiebre de los talibanes derribando las estatuas que simbolizaban una cultura milenaria.

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Acerca de Carmen Bellver

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