Proscritos por el sistema

Estamos a un paso del Adviento, ese tiempo litúrgico que precede a la Navidad y que se identifica con la Esperanza por la llegada del Salvador. Hoy como preludio de esa llegada celebramos a Cristo Rey. Y las lecturas del Evangelio nos muestran a Jesús en la cruz, dialogando con el buen ladrón, prometiéndole que estarían juntos en el Paraíso.

Es paradójico que para celebrar el reinado de Dios, su trono se reduzca a una cruz símbolo de la ignominia y del anonadamiento total. Pero la realidad es que el verdadero triunfo sobreviene con la resurrección, donde la muerte es vencida y con ella el sentido de nuestra existencia no queda limitado a un ciclo de vida humano. Me gusta resaltar que la realeza de nuestro Dios consiste en el servicio a la humanidad. Ese ejemplo subvierte los valores relativistas y utilitarios de nuestra sociedad paganizada. En el servicio al hombre, quedan siempre en pie los valores humanitarios. Lo digo porque la deriva actual de la sociedad nos lleva de nuevo al anonadamiento de Dios. Se ha suprimido su presencia de la vida social y de las leyes. Hoy es posible asesinar de manera legal a un ser que no cumple los requisitos necesarios para ser querido por la sociedad. Estamos a un paso de convertir la eufemística “muerte digna” en la puerta donde cabe el abandono de un ser humano que ha perdido valor para la sociedad. Lo importante es que la ciencia estaba al servicio del hombre para mejorar sus condiciones. Ahora, en cambio, parece que se ha convertido en señora y dueña de nuestra vida.

Me gusta la imagen de un Dios que clama “hoy estarás conmigo en el Paraíso” y lo hace desde el potro de tortura que muestra la indignidad del ser humano capaz de aniquilar a otro ser humano. Lo hace para demostrar que la injusticia no tiene la última palabra, que la esperanza forma parte de los valores del Reino, porque aquí en la tierra desgraciadamente son más los que están abandonados a su suerte, que cuidados por sus hermanos. Y esa paradoja nos muestra un Dios que se encarna para ser uno más entre nosotros, para no dejarnos abandonados al mal. De manera que año tras año esta celebración litúrgica de Cristo Rey nos habla no de tronos y dominaciones, sino de las víctimas de ese sistema social que los humanos no sabemos organizar de acuerdo con los valores del servicio y de la entrega generosa.

Realmente volvemos a necesitar una evangelización en esta sociedad alejada de Dios, dispuesta a cualquier aberración en nombre de un progreso ficticio que por el contrario, nos convierte a todos en posibles víctimas del sistema. Se hace necesario humanizar la economía y la salud, pero humanizarla sin perder de vista la mirada de Dios, que es el único que ama a todo individuo tal y como ha sido creado. Humanizar significa no subvertir el orden natural de los acontecimientos. La dignidad del ser humano existe desde el momento de su nacimiento. Y esa dignidad no puede ser eliminada por conveniencias o intereses personales. La muerte digna, lo es cuando se procede con cuidados paliativos a mantener la vida en manos de Dios con la ayuda de los hombres, hasta que la naturaleza cumpla su ciclo. Va siendo peligroso dedicarse al sector sanitario y mantener una libertad de conciencia. Pudiera ser que los cristianos tengamos que ser proscritos de este sistema por defender la vida por encima de consideraciones personales.

Le pedimos a Cristo, clavado en la cruz, que también nosotros podamos estar en el Paraíso, porque le reconocemos como Señor de nuestras vidas. Un Rey anonadado por los poderes mundanos que triunfará a su manera, sin grandes ejércitos ni poderoso mensajeros, más bien todo lo contrario, lo hará con cada hombre y mujer que sabe ponerse en sus manos y confiar en su misericordia. Al mismo tiempo que trabaja por un mundo más justo y más humano. Que Él nos acompañe y sea nuestro guía en la oscuridad.

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Acerca de Carmen Bellver

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